Belgrano, el hombre que quiso que supiéramos leer
- Roberto Arnaiz
- 16 mar
- 4 Min. de lectura
Si Manuel Belgrano resucitara hoy y viera lo que hemos hecho con su sueño, tal vez se pondría a llorar. O tal vez haría lo que siempre hizo: arremangarse y volver a empezar. Pero lo más probable es que, en un país donde las escuelas se caen a pedazos mientras se multiplican los casinos, lo llamarían “utópico”, le dirían que “no hay presupuesto” y lo mandarían a su casa con una palmadita en la espalda.
Belgrano no peleó solamente con fusiles. Peleó con palabras. Peleó con ideas. Peleó contra la mugre de la ignorancia, esa que hace que la gente repita cualquier pavada con la misma seriedad con la que un burócrata firma un papel que no entiende. Y ojo, que esta enfermedad no es nueva. Ya en 1798, desde el Consulado, insistía en que la educación debía ser estatal, gratuita y obligatoria. No porque le gustara la burocracia, sino porque sabía que un pueblo ignorante es fácil de engañar, de explotar y de someter.
Piénselo bien: cuando en 1810 escribió en el Correo de Comercio que sin educación no se podía esperar ni trabajo, ni honradez, ni orden, estaba diciendo algo que todavía hoy debería colgarse en la puerta de cada ministerio de educación como si fuera un cartel de “Prohibido Fumar”. Lo dijo sin rodeos:
"¿Cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que haya copia de ciudadanos honrados, que las virtudes ahuyenten los vicios, y que el Gobierno reciba el fruto de sus cuidados, si no hay enseñanza, y si la ignorancia va pasando de generación en generación con mayores y más grandes aumentos?"
El problema es que su pregunta sigue vigente. ¿O acaso no seguimos viendo a generaciones enteras pasar por la escuela como turistas en un museo, sin llevarse más que una vaga impresión de lo que vieron? ¿Cuántos leen un libro de punta a punta sin mirar el celular cada cinco minutos? ¿Cuántos pueden escribir sin recurrir a un corrector automático? ¿Cuántos saben la diferencia entre un impuesto y un arancel, o entre una dictadura y una democracia?
Belgrano sabía que sin educación no hay futuro, solo un presente que se repite como un disco rayado, cada vez con más interferencia y menos música. Y él no era de los que se quedaban en la queja. Después de la batalla de Salta, la Asamblea del Año XIII quiso premiarlo con un sable con guarnición de oro y cuarenta mil pesos en propiedades fiscales. Póngase en la piel de cualquier político de hoy: con esa suma, se compran un par de departamentos, un auto de lujo y se van de vacaciones a Europa. Pero Belgrano hizo lo que nadie hace cuando le ponen dinero en la mano: lo rechazó. No solo lo rechazó, sino que lo donó para construir cuatro escuelas. Y lo explicó sin titubeos:
"Ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensarse con dineros sin degradarlos."
Cada vez que alguien dice que “la educación no es una prioridad” está cavando la tumba del país con una pala de oro. Porque un chico sin educación es un adulto sin futuro, y un adulto sin futuro es un boleto gratis para los demagogos de siempre.
Mientras los políticos debaten si hay que “ajustar el gasto educativo”, los techos de las escuelas se desploman y los alumnos aprenden matemáticas contando los agujeros en las paredes. Pero claro, siempre hay plata para asesores que no asesoran y campañas que duran más que los gobiernos.
Si Belgrano viviera hoy, lo invitarían a un acto con políticos de sonrisa de plástico. Le pondrían una medalla de lata al pecho, le sacarían una foto para redes sociales y después lo mandarían a su casa con un café tibio en un vaso de plástico. "Gracias por todo, don Manuel, ahora déjenos seguir destruyendo lo que usted construyó."
Eso sí, seguro después inaugurarían una estatua en su honor. Porque este país ama a sus próceres… siempre y cuando estén muertos y no puedan exigir que se cumplan sus ideas.
El colmo de la ironía es que hoy la cara de Belgrano está en los billetes. Murió en la miseria, pero su rostro de papel sigue circulando entre los mismos que jamás harían lo que él hizo. Lo usan para pagar discursos sobre la importancia de la educación, mientras los pibes siguen sin bancos, sin libros y sin futuro.
Este país no necesita más estatuas de Belgrano. Necesita más Belgranos de carne y hueso. Pero claro, los Belgranos no se fabrican en oficinas públicas ni en discursos vacíos. Se fabrican en las escuelas. Y si las dejamos caer a pedazos, no esperemos otra cosa que un futuro donde los únicos que sepan leer sean los mismos de siempre: los que firman los decretos que te condenan a la ignorancia. Porque al final, no es que no haya plata para educación, es que la ignorancia siempre fue el mejor negocio de los poderosos.






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