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Belgrano y el marqués de Yavi: el encuentro que sostuvo la Revolución y del que nadie habla

 

Primera parte: la retirada que cambió la batalla


La mañana del 20 de febrero de 1813 encontró a Salta bajo la amenaza de una batalla decisiva. El ejército realista de Pío Tristán ocupaba posiciones defensivas y confiaba en detener el avance de las fuerzas llegadas desde Tucumán. Manuel Belgrano sabía que una derrota podía abrir nuevamente el camino hacia el sur y comprometer la continuidad de la Revolución.


La victoria obtenida en Tucumán cinco meses antes había permitido contener la invasión, pero no había eliminado el peligro. Los realistas conservaban tropas experimentadas, armamento y comunicaciones con el Alto Perú. Belgrano, en cambio, conducía un ejército formado en medio de la emergencia, con recursos limitados y soldados procedentes de regiones y sectores sociales diversos.


La batalla de Salta no enfrentaría solamente a dos fuerzas militares. En ambos bandos combatían hombres nacidos en las mismas provincias, vinculados por relaciones familiares, económicas y personales. La guerra comenzaba a dividir comunidades enteras y obligaba a elegir entre la fidelidad a la Corona y una Revolución cuyo resultado todavía era incierto.


Entre los oficiales subordinados a Pío Tristán se encontraba el coronel Juan José Fernández Campero. Estaba a cargo de la caballería salteña incorporada al dispositivo realista y ocupaba una posición de importancia dentro del orden colonial.


Campero era el cuarto marqués del Valle de Tojo, aunque la memoria histórica lo conservaría como marqués de Yavi. Sus dominios se extendían sobre una región estratégica que comunicaba la Puna con Tarija, Tupiza y el Alto Perú. Su autoridad no dependía únicamente del título: contaba con propiedades, recursos y una amplia red de relaciones.


A diferencia de otros oficiales realistas, no podía considerar la guerra como un conflicto distante. En sus tierras circulaban mensajeros, arrieros, partidas armadas y noticias sobre el avance revolucionario. Cada movimiento afectaba a sus hombres, sus bienes y las comunidades vinculadas con el marquesado.


Su posición resultaba incómoda. La monarquía reconocía sus privilegios y legitimaba su autoridad, pero buena parte de sus relaciones familiares y territoriales lo acercaba a quienes apoyaban la causa americana. Permanecer junto a los realistas ofrecía seguridad inmediata; abandonarlos podía costarle el patrimonio, la libertad y la vida.


Durante meses había observado el desarrollo de los acontecimientos. La prudencia le permitía ganar tiempo, pero no podía protegerlo indefinidamente. El avance de Belgrano hacia Salta convirtió aquella ambigüedad en una decisión urgente.


Cuando comenzó la batalla, Campero ocupó su lugar dentro del dispositivo de Pío Tristán. Bajo sus órdenes estaba la caballería salteña, integrada por hombres que conocían el terreno y cuyos vínculos con la población hacían difícil separar la obediencia militar de las lealtades locales.


El combate se extendió entre disparos, cargas y movimientos difíciles de controlar. El humo reducía la visibilidad y las órdenes llegaban con retraso. En medio de aquella confusión, cada jefe debía decidir con información incompleta.


Campero recibió la orden de actuar. Aquel era el momento en que debía demostrar su fidelidad al ejército realista.


Sin embargo, no avanzó.


Ordenó a la caballería retirarse del campo.


La maniobra dejó expuesto un sector de las fuerzas de Tristán y facilitó el avance patriota. No decidió por sí sola el resultado de la batalla, pero debilitó el dispositivo realista en un momento crítico. Belgrano mencionaría después en su parte el «movimiento retrógrado» de la caballería enemiga.


Para quienes observaban desde las líneas patriotas, aquella retirada planteaba un interrogante. Podía ser consecuencia del desorden, una maniobra destinada a reagrupar a los jinetes o la señal de una ruptura deliberada.


Campero conocía el riesgo. Si Belgrano era derrotado, los realistas interpretarían su conducta como una traición. Si vencía, tampoco tenía garantizado ser recibido como aliado. Había abandonado su posición, pero todavía no había demostrado qué causa estaba dispuesto a defender.


La batalla continuó. Las fuerzas patriotas presionaron sobre las posiciones enemigas y terminaron por quebrar su resistencia. Pío Tristán debió capitular. Salta quedó en manos de Belgrano y el avance realista hacia el sur fue detenido.


La victoria tuvo una importancia que excedía el campo de combate. Confirmaba que Tucumán no había sido un episodio aislado, fortalecía la autoridad de la Revolución y permitía proyectar una nueva campaña hacia el Alto Perú. También dejaba al descubierto las divisiones internas del ejército vencido.


Belgrano no se entregó a las celebraciones. Debía atender a los heridos, organizar a los prisioneros, recuperar armamento y evitar que la tropa confundiera el triunfo con el derecho al saqueo. La capitulación concedida a Tristán buscó impedir una matanza y reducir el deseo de venganza.


Tres días después, el campamento patriota todavía conservaba las marcas de la lucha. Los médicos atendían a quienes habían sobrevivido, los herreros reparaban las armas dañadas y los escribientes registraban hombres, animales y provisiones. La victoria no había terminado con el trabajo: lo había vuelto más urgente.


Belgrano recorría ese movimiento con la sobriedad de quien sabía que un triunfo podía diluirse si no era acompañado por organización y disciplina. Ganar Salta había sido difícil; convertir aquella victoria en una ventaja duradera podía resultar todavía más complejo.

Entre los informes recibidos, uno reclamó especialmente su atención.


Eustaquio Díaz Vélez se presentó para comunicarle lo sucedido con la caballería salteña. Había observado su retirada y conocía la identidad del jefe que había impartido la orden.

—Era el coronel Fernández Campero —explicó—. El marqués de Yavi.


Belgrano conocía el nombre. Sabía que Campero no era un oficial menor, sino uno de los hombres con mayor influencia en la región situada entre Jujuy y el Alto Perú. Sus dominios podían proporcionar caballos, alimentos y refugios. Sus relaciones alcanzaban poblaciones por donde necesariamente deberían marchar los ejércitos.


La retirada adquiría así otra dimensión. Si había sido deliberada, no representaba solamente la decisión de un coronel. Podía significar que una parte importante de la sociedad de la Puna comenzaba a abandonar la obediencia al rey.


Belgrano pidió a Díaz Vélez que relatara cada detalle. Quiso saber dónde se encontraba la caballería, en qué momento había iniciado el movimiento y si había recibido alguna orden visible de Tristán. No buscaba confirmar una sospecha favorable, sino comprender una conducta que podía ocultar tanto una adhesión como una maniobra oportunista.


Díaz Vélez explicó lo que había observado. Campero había retirado a sus hombres cuando todavía podía intervenir. No parecía una fuga provocada por el pánico. La caballería se había apartado bajo el mando de su jefe y sin presentar combate.


Belgrano guardó silencio.


Necesitaba conocer las razones de aquella decisión. Un hombre que acababa de romper con los realistas podía convertirse en un aliado indispensable, pero también podía cambiar nuevamente de posición si la fortuna militar se modificaba.


Campero conocía los caminos, las aguadas y los pasos de montaña. Tenía ascendiente sobre hombres capaces de combatir y podía movilizar recursos en una región donde las columnas patriotas dependerían de la colaboración local. Despreciar aquella posibilidad habría sido un error; aceptarla sin comprobar sus intenciones, una imprudencia.


Belgrano no deseaba enviarle una felicitación ni ofrecerle un cargo. Antes de confiarle cualquier responsabilidad, quería mirarlo a los ojos, escuchar su explicación y determinar si la retirada había nacido del miedo, del cálculo o de una convicción política.


Díaz Vélez terminó el informe y aguardó la respuesta.


Belgrano volvió la mirada hacia el mapa extendido sobre la mesa. Al norte de Salta aparecían Jujuy, la Quebrada de Humahuaca, Yavi y los caminos que ascendían hacia el Alto Perú. Sobre el papel eran apenas nombres y líneas. En la guerra que se aproximaba, podían decidir la supervivencia de su ejército.


Entonces impartió una orden breve:

—Tráiganmelo.

 

Segunda parte: confianza en su gente


Campero llegó acompañado por una pequeña escolta. No había solicitado la entrevista ni sabía qué pretendía el vencedor de Salta. Fue conducido hasta una tienda sencilla, donde Belgrano lo esperaba ante una mesa cubierta de partes y mapas.


Frente a frente quedaron dos hombres procedentes de mundos diferentes: un abogado convertido por la Revolución en general y un aristócrata que acababa de romper con el ejército al que pertenecía.


No hubo ceremonias cortesanas.

—¿Por qué retiró la caballería?


Campero sabía que su respuesta podía definir su destino. Todavía era el coronel que había combatido bajo las órdenes de Pío Tristán. Podía ser tratado como enemigo, desertor u oportunista deseoso de acercarse al vencedor.

—Porque continuar junto a Tristán habría significado combatir contra una causa que también pertenece a estas tierras.


Belgrano no modificó el gesto.

—Pudo haberlo decidido antes.


—Pude —reconoció Campero—. Pero una decisión de esta naturaleza no compromete solamente a quien la toma.


Detrás de él estaban sus hombres, su familia y las comunidades vinculadas a sus dominios. Romper con la Corona significaba arriesgar su posición, sus propiedades y la seguridad de quienes dependían de su protección. Si los realistas recuperaban el territorio, sería considerado un traidor.


Explicó que la guerra había llegado a la Puna mucho antes que los ejércitos. Las noticias circulaban entre comerciantes, sacerdotes, arrieros y viajeros. En los caminos se observaban los movimientos de las tropas; en las casas se discutían los avances revolucionarios, y en los pueblos comenzaba a decidirse qué autoridad debía ser obedecida.


Durante meses había esperado. Necesitaba conocer la fuerza de la Revolución y la disposición de las comunidades. La batalla de Salta puso fin a aquella prudencia.


—Llega un momento en que esperar deja de ser cautela y se convierte en una forma de ayudar al enemigo.


Belgrano se acercó a la entrada de la tienda. Afuera, soldados de distintas procedencias compartían las tareas y las raciones. Las victorias de Tucumán y Salta no habían resuelto las carencias, pero la tropa conservaba su cohesión.

—Muchos creen que las guerras se deciden únicamente con ejércitos.


Campero observó el campamento.

—Los ejércitos ganan las batallas. Las guerras las sostienen los pueblos.


La respuesta cambió el tono del encuentro. Belgrano regresó a la mesa y le indicó que se acercara. Sobre el mapa aparecían Salta, Jujuy, la Quebrada de Humahuaca y las rutas que ascendían hacia Yavi, Tupiza, Tarija y Potosí.

—Dígame qué falta aquí.


Campero estudió el papel. Los principales accidentes estaban representados, pero el dibujo no contenía aquello que determinaba una marcha por la Puna.

—Los mapas muestran caminos, pueblos y ríos. Lo que no muestran es cómo viven esos caminos.


Señaló una de las rutas. La línea no indicaba dónde encontrar agua, qué senderos podían atravesarse después de una tormenta ni cuáles conducían hacia una quebrada sin salida. Tampoco mostraba las casas donde una partida podía refugiarse o los sitios desde los cuales era posible vigilar al enemigo.


Los caminos vivían en la memoria de quienes los recorrían. Los arrieros conocían las distancias entre las aguadas; los pastores advertían movimientos extraños; las comunidades sabían dónde ocultar animales y provisiones. Sin esa ayuda, una columna podía seguir correctamente el mapa y perderse en la inmensidad.


—Ningún ejército combate solo —concluyó Campero.


Belgrano comprendió el valor del hombre que tenía delante. El coronel no ofrecía únicamente su experiencia militar. Poseía conocimientos y relaciones extendidos sobre una región decisiva para las comunicaciones con el Alto Perú.


Sus propiedades y su influencia podían proporcionar caballos, alimentos, mensajeros y refugios. También permitían vigilar los pasos utilizados por las fuerzas llegadas desde el Perú. La Puna podía convertirse en una retaguardia patriota o continuar facilitando el avance realista.


—¿Qué está dispuesto a entregar?


—Lo que resulte necesario.


—Eso es demasiado sencillo.


Campero guardó silencio antes de responder.

—Mis hombres, mis recursos y cuanto conozco de estas tierras. No puedo prometerle una victoria, pero puedo impedir que su ejército marche a ciegas.


Belgrano no aceptó inmediatamente el ofrecimiento. Las adhesiones producidas después de una derrota debían demostrarse con acciones. Tampoco podía entregar una responsabilidad estratégica a un hombre cuyo compromiso aún no había sido probado.

—Permanecerá algunos días con nosotros. Quiero que conozca este ejército antes de que el ejército lo conozca a usted.


Durante las jornadas siguientes, Campero recorrió el campamento y conversó con oficiales y soldados. Encontró una fuerza diferente de las formaciones regulares de la monarquía. Allí convivían hombres llegados desde Buenos Aires, Tucumán, Salta y Jujuy, reunidos por una causa que todavía buscaba su forma política.


Las desigualdades no habían desaparecido. Criollos, mestizos, indígenas, afrodescendientes y europeos ocupaban posiciones diferentes dentro de aquella sociedad. Sin embargo, compartían las marchas, las privaciones y una disciplina común.


También observó la conducta del general. Belgrano revisaba los informes, visitaba a los heridos y exigía que los oficiales respondieran por los actos de sus subordinados. No consideraba que la victoria autorizara el saqueo ni que la población pudiera ser tratada como parte del botín.


La capitulación concedida a Pío Tristán respondía a esa concepción. Había procurado evitar una matanza y contener las venganzas. La guerra debía servir a un proyecto político, no transformarse en una violencia sin finalidad.


Una tarde, mientras presenciaban la distribución de alimentos, Campero expresó aquello que había comenzado a comprender:

—Esperaba encontrar un ejército. He encontrado un pueblo armado.


—Los ejércitos del rey tenían súbditos —respondió Belgrano—. Nosotros necesitamos ciudadanos.


La autoridad revolucionaria no podía justificarse únicamente mediante el nacimiento, el apellido o la fidelidad a un soberano. Debía sostenerse en el mérito, la disciplina y el servicio a una causa común.


Aquella idea alcanzaba directamente a Campero. Había heredado un título y una posición privilegiada, pero nada de eso le garantizaba un lugar entre los patriotas. Si quería incorporarse, tendría que demostrar su utilidad y aceptar una autoridad que ya no procedía de la monarquía.


Días después, Belgrano volvió a convocarlo. Esta vez no lo recibió como al oficial realista que debía explicar su conducta. Había comenzado a imaginar una misión para él.


Extendió el mapa y señaló la región situada al norte de Jujuy. Allí estaban las rutas que Campero conocía, los recursos que podía movilizar y las poblaciones cuya colaboración resultaría indispensable.


Antes de comunicarle su decisión, formuló una última pregunta:

¿Qué necesitamos para ganar esta guerra?


Campero contempló el mapa. Podía haber mencionado fusiles, municiones, caballos, alimentos o nuevos soldados. Todo hacía falta. Las fuerzas patriotas operaban lejos de sus principales centros de abastecimiento y se internarían en una región difícil de controlar.


Pero ninguno de esos recursos garantizaba la victoria.


Confianza en su gente.



 
 
 

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