El día después en Venezuela: un país atrapado en su propia sombra
- Roberto Arnaiz
- 11 ene
- 2 Min. de lectura
El amanecer sobre Caracas no trae luz, solo un cansancio que se adhiere al alma, como una niebla que nunca termina de disiparse. Nicolás Maduro ha asumido nuevamente el poder, y en las calles se siente un silencio tan denso como el aire previo a una tormenta. Las paredes murmuran con grafitis desgastados: “¡Libertad!”, gritan, pero sus ecos parecen morir en el óxido de una ciudad que ha aprendido a respirar desesperanza.
El régimen celebra con fanfarronería vacía, desfilando triunfos mientras el país se hunde en su propia miseria. Hablan de estabilidad como si la gasolina fluyera, como si las luces no se apagaran durante días, como si los niños fueran a clases con la regularidad que solo los discursos oficiales imaginan. "El pueblo ha hablado", rugen los altavoces, mientras en las esquinas los vendedores improvisan sermones, no de fe, sino de supervivencia, ofreciendo migajas a un pueblo que se aferra a lo que puede, porque hasta el aire parece un lujo que se raciona.
El mercado negro bulle con la vida que las calles oficiales han perdido. Aquí, el hambre no solo vende; devora. El dólar corre de mano en mano, riéndose del bolívar, que yace en los bolsillos como un fantasma, una reliquia de un tiempo que nadie se atreve a recordar. "Todo sigue igual", dicen los más resignados, pero no es cierto. El país no es estático; se encoje, se pliega sobre sí mismo, como un papel viejo que el fuego amenaza con consumir.
Mientras tanto, Maduro, con su bigote rígido y su promesa hueca de progreso, sigue lanzando palabras cargadas de soberbia e insensibilidad. Promete estabilidad, futuro, pero sus palabras son tan vacías como las estanterías de los supermercados, tan desgastadas como los zapatos de los que empujan carros oxidados, buscando en la basura algo que pueda pasar por esperanza. Esos no esperan milagros; solo esperan que la vida pase lo bastante rápido como para no sentir el dolor.
¿De qué están hechas las cadenas que atan a un país a su tragedia? No son de hierro ni de fuego. Son de miedo, de costumbre, de un hábito aprendido de conformarse con lo que duele menos. Nadie aquí espera un salvador, porque ya saben que los salvadores son espejismos que se venden baratos y se pagan caros.
En Miraflores, los edificios brillan con una opulencia grotesca, como un escenario falso donde se decide el futuro de un pueblo que hace tiempo dejó de creer en promesas. Pero no importa. Mañana será otro día, y el pueblo, ese animal herido pero indomable, encontrará una manera de salir adelante. Porque aquí, en esta tierra de espejos rotos y sueños quebrados, la supervivencia no es solo una necesidad: es un acto de rebelión, un arte que no sabe de rendiciones.






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