FANGIO, EL CAMPEÓN QUE SECUESTRÓ LA REVOLUCIÓN
- Roberto Arnaiz
- 7 abr
- 3 Min. de lectura
A Fangio lo secuestraron con una pistola en la espalda y una disculpa en la boca. Así empezó su noche más insólita. Era 23 de febrero de 1958, un domingo tibio en La Habana, y el Chueco había vuelto del circuito con el cuerpo empapado en aceite y sudor. Había hecho el mejor tiempo de clasificación, pero ya notaba que la Maserati que manejaba andaba como una carreta desbalanceada. “Cinco centímetros de diferencia entre una trocha y la otra”, dijo, como quien anuncia que un dios griego cojea.
Estaba en el lobby del hotel Lincoln, peinado, perfumado, charlando con sus mecánicos, cuando entró un flaco con campera de cuero y mirada urgente. “Don Juan, soy del Movimiento 26 de Julio. Usted tiene que venir conmigo. Si alguno se mueve, las consecuencias serán para usted”. Así, sin levantar la voz, con el respeto de quien secuestra a un prócer y no a un corredor. Fangio pensó que su custodio iba a sacar el arma, que habría tiros y él se tiraría al piso como en las películas. Pero el custodio no se movió. Ni pestañeó.
Caminaron unos treinta metros hasta una esquina. Un Plymouth negro modelo ‘47 esperaba con el motor encendido. Fangio lo reconoció de reojo, porque los autos también se leen. Subió. Adentro, un chofer y un pibe con una ametralladora. “Señor Fangio —dijo el de la ametralladora—, nos resulta penoso causarle este disgusto. Pero no tema, no le haremos daño”. Así lo raptaron: con disculpas, con modales, como si en vez de secuestrar a un campeón lo invitaran a una charla sobre marxismo con café y bizcochos.
No lo vendaron. No lo ataron. Lo llevaron primero a una casa de acceso estrecho, escalera de incendios, paredes gastadas. Una mujer le pidió un autógrafo para su hijo. Fangio lo firmó con trazo firme: “Juan Manuel Fangio, 23 de febrero de 1958”. Luego lo trasladaron a El Vedado, barrio fino, con olor a perfume caro y revolución contenida. En el fondo de la casa, le sirvieron papas fritas con huevo, y comió en una mesa larga, entre fusiles apoyados en las paredes y militantes de barba recortada.
“Felicítenlo al que me secuestró: lo hizo muy bien”, les dijo. Y rompió la tensión como quien abre una puerta cerrada con dinamita. El Chueco no estaba asustado. Estaba curioso. Dormía custodiado, sí, pero no como rehén, sino como huésped ilustre de una causa ajena.
A la mañana siguiente, desayunó pan con manteca, café negro y noticias. En los diarios estaba su foto. En la tele, la carrera que él debía correr. El francés Maurice Trintignant se subió a su Maserati y no llegó lejos. El cubano Armando García Cifuentes, en una Ferrari, perdió el control y se metió en el público. Murieron seis. Más de treinta heridos. Un desastre con olor a sangre y goma quemada. Fangio, sereno, les dijo: “A lo mejor ustedes me hicieron un favor”.
Pero ahora había un problema. ¿Cómo lo liberaban sin que los fusilaran por el camino? Fangio sugirió algo simple y lógico: “Déjenme en la Embajada Argentina”. Así fue. La noche siguiente, lo llevaron tres miembros del Movimiento: Faustino Pérez, Edma Montenegro y el chofer, Arnold Rodríguez Camps. Armas ocultas, tensión medida. Antes de dejarlo, lo entrevistó un periodista mexicano, Manuel Camín, en un departamento frente al mar.
“Se ve que estas personas de la lucha son gente de bien”, dijo Fangio. “Lo único que lamento es no haber corrido. Pero si esto sirvió para algo, como argentino estoy satisfecho”.
El 31 de diciembre de 1958, Batista huyó. Fidel y los suyos entraron triunfantes en La Habana. Faustino Pérez invitó a Fangio a la ceremonia de asunción, pero el campeón no volvió. No en ese momento. Volvió en 1981, como presidente honorario de Mercedes-Benz. Lo recibió Pérez, ya ministro. Y Fidel Castro le dio un abrazo, pidió disculpas y lo declaró huésped de honor. Almorzaron juntos en la misma casa donde una vez le sirvieron papas fritas y huevo entre revolucionarios nerviosos.
Cuando Fangio murió en 1995, a los 84 años, su féretro recibió coronas de flores de todo el mundo. Pero dos destacaron entre todas: una decía “Fidel Castro”. La otra: “Movimiento 26 de Julio”.
Porque hay secuestros que no se olvidan. Y hay tipos que, hasta secuestrados, siguen siendo campeones.






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