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La Filosofía de lo Cotidiano

Ni Platón, ni Aristóteles; vos y yo


¿Quién tiene tiempo para filosofar sobre el destino del universo mientras el reloj nos grita que llegamos tarde al trabajo y la factura de la luz acecha sobre la mesa como un verdugo medieval? Nadie. Y, sin embargo, todos lo hacemos. Claro, no lo llamamos "filosofía", porque eso suena a cosa de griegos calvos envueltos en sábanas hablando del ser mientras beben vino. Pero allí estamos, en el bondi atestado, preguntándonos si la vida tiene algún sentido mientras una señora nos clava el codo en las costillas. Esa es la filosofía de lo cotidiano, el arte de intentar entender algo en medio del caos de la existencia.


Los filósofos de biblioteca hablan de preguntas trascendentales, de sistemas éticos y metafísicas imposibles. Nosotros, los que lidiamos con despertadores malditos, salarios magros y vecinos que parecen ensayar bailes de rap a las tres de la madrugada, filosofamos con las tripas. No discutimos sobre si existe o no una verdad absoluta; discutimos sobre si comprar leche en oferta nos hace buenos estrategas o simples miserables. No buscamos el fundamento último del ser; buscamos el fundamento de por qué el ascensor siempre se rompe cuando llevamos bolsas llenas de supermercado. Esa es nuestra metafísica, y no necesitamos a Kant para confirmarlo.


¿Es absurdo vivir así, entre minucias y preocupaciones? Puede ser, pero el absurdo no es algo que nos asuste. Hemos hecho las paces con él porque lo encontramos en cada rincón. Está en el jefe que nos exige eficiencia mientras se rasca la panza en su oficina. Está en el noticiero que dedica más tiempo a los romances de un cantante que al desastre ecológico que podría tragarnos a todos. Está en la pelea épica por un lugar en la cola del banco. Vivimos inmersos en el absurdo, y quizás por eso lo hemos aprendido a tolerar como quien tolera un perro que ladra toda la noche: con resignación y, si tenemos suerte, con un poco de humor.


La filosofía de lo cotidiano es también la filosofía de las pequeñas victorias. Es esa sensación de heroísmo que nos embarga cuando logramos encontrar un billete arrugado en el fondo del bolsillo justo a tiempo para el uber, o cuando logramos cocinar algo decente con los restos olvidados del refrigerador. Es la gloria de entrar en casa después de un día infernal y sacarse los zapatos, como si uno se estuviera despojando de las cadenas de la existencia misma. No necesitamos trofeos ni discursos para celebrar estas conquistas; nos basta con ese momento íntimo de satisfacción que no aparece en las redes sociales, pero que es más real que cualquier "me gusta".


Y si hablamos de lo cotidiano, no podemos ignorar el amor, esa guerra constante entre el deseo y la rutina. ¿Qué otra cosa es el amor sino un ejercicio de filosofía diaria? Nos enamoramos creyendo en promesas eternas, pero luego debemos enfrentarnos a la cruda realidad de compartir el baño, soportar los ronquidos y decidir quién saca la basura. El amor, como la vida, está lleno de contradicciones: queremos libertad, pero también compañía; queremos pasión, pero nos tranquiliza la monotonía. Filosofar sobre el amor no es preguntarse qué es; es preguntarse cómo sobrevivimos a él.


Por supuesto, la filosofía de lo cotidiano también tiene sus miserias, porque no todo en la vida puede ser motivo de risas sardónicas. Está el cansancio, ese enemigo invisible que se mete en los huesos y convierte cada movimiento en una hazaña. Está la sensación de que todo esfuerzo es inútil, de que por más que corramos siempre estaremos dos pasos atrás. Y está la duda, esa compañera inseparable que nos susurra al oído que quizás estamos equivocados, que quizás hay algo mejor, algo que nunca encontraremos. Pero incluso en esas miserias hay algo filosófico, porque nos obligan a enfrentarnos con nuestras propias limitaciones y a descubrir si tenemos la fortaleza para seguir adelante.


Lo cotidiano no tiene grandes revelaciones ni respuestas definitivas. Es un flujo constante de preguntas insignificantes que, al final del día, son las que definen nuestras vidas. ¿Qué vamos a cenar? ¿Por qué me saludó raro el vecino? ¿Está bien que me dé tanta felicidad encontrar el pantalón que creía perdido? Cada una de estas preguntas es un recordatorio de que la vida no se compone de momentos épicos, sino de una sucesión interminable de detalles aparentemente triviales que, juntos, forman algo parecido a una existencia.


Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en filósofos amateurs. No leemos tratados ni escribimos manifiestos, pero reflexionamos mientras esperamos el semáforo o hacemos fila en la caja del supermercado. No buscamos la inmortalidad del alma, pero buscamos el placer efímero de una siesta en un domingo lluvioso. No nos obsesionamos con la perfección, porque sabemos que lo perfecto es el enemigo de lo humano, y lo humano es todo lo que tenemos. La filosofía de lo cotidiano no necesita nombres rimbombantes ni citas en latín. Es una filosofía de supervivencia, de adaptación, de encontrar belleza en lo pequeño y sentido en lo absurdo.


En un mundo que nos exige ser productivos, exitosos y eternamente felices, filosofar sobre lo cotidiano es un acto de resistencia. Es negarse a aceptar que la vida debe ser espectacular para ser significativa. Es reivindicar el derecho a ser mediocre, a fallar, a no saber qué hacer con nuestra existencia. Porque, al final, lo único que sabemos con certeza es que estamos aquí, atrapados entre el pasado y el futuro, tratando de encontrar algún sentido en el presente. Y si eso no es filosofía, entonces ¿qué lo es?


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