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Las élites extractivas y el país que Belgrano quiso evitar

Hay personajes que nunca aparecen en las fotografías oficiales, pero sobreviven a todos los gobiernos. No fundan escuelas, no levantan empresas ni dejan obras que perduren. Sin embargo, siempre están cerca de quien firma un decreto o decide un nombramiento. Los presidentes pasan, los ministros cambian y ellos continúan recorriendo los mismos pasillos con la tranquilidad de quien conoce cada puerta y cada despacho.


Mientras leía Por qué fracasan las naciones, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, era imposible no pensar en esos personajes. El libro propone una idea tan sencilla como profunda: los países no prosperan por casualidad ni fracasan por falta de recursos. Su destino depende, en gran medida, de las reglas con las que organizan la vida política, económica y social.


Los autores distinguen dos modelos. El primero crea oportunidades, protege el trabajo, garantiza la igualdad ante la ley y permite que cualquier persona pueda progresar gracias a su esfuerzo. El segundo concentra las decisiones en manos de unos pocos, transforma el Estado en una fuente de beneficios particulares y desalienta la iniciativa de quienes producen.


A esas estructuras las denominan instituciones extractivas. El problema no es únicamente la corrupción. Es una forma de ejercer el poder donde el interés general queda subordinado a los beneficios de una minoría. Con el tiempo, ese mecanismo deja de ser una excepción y termina convirtiéndose en una costumbre.


Entonces aparecen los habitantes del pasillo. Son expertos en influencias, recomendaciones y favores. No necesitan crear riqueza porque aprendieron a vivir de la riqueza que generan otros. Su capital no es el conocimiento ni la innovación; es la cercanía con quienes toman decisiones.


La Argentina conoce demasiado bien esa lógica. A lo largo de su historia surgieron funcionarios que hicieron del cargo una profesión permanente, dirigentes que confundieron representación con propiedad y empresarios que crecieron al amparo de privilegios antes que de la competencia. Los nombres cambian, pero el mecanismo permanece.


Mientras tanto, millones de argentinos sostienen el país con su esfuerzo cotidiano. El productor enfrenta las incertidumbres del clima y del mercado. El comerciante abre su negocio antes del amanecer. El profesional dedica años a formarse. El emprendedor arriesga sus ahorros detrás de una idea. Todos ellos crean valor antes de recibir una recompensa.


Esa diferencia explica buena parte de nuestros fracasos. Cuando el éxito depende del mérito, la sociedad avanza. Cuando depende de la influencia, la confianza desaparece y la inversión se retrae. Poco a poco, el talento deja de ser el camino para progresar y comienza a ser reemplazado por la búsqueda de contactos.


Acemoglu y Robinson invitan a mirar más allá de los nombres propios. Las personas pasan; las reglas permanecen. Allí reside la verdadera discusión. Una sociedad puede reemplazar a un gobernante, pero si conserva los mismos incentivos terminará obteniendo resultados similares.


Mucho antes de que esa teoría fuera formulada, Manuel Belgrano había llegado a una conclusión parecida. Desde el Consulado defendió la educación, el comercio, la agricultura y la industria porque comprendía que una nación se fortalece cuando amplía las oportunidades de sus ciudadanos. Nunca concibió la función pública como un camino hacia el enriquecimiento personal.


Su conducta fue coherente con sus ideas. Después de las victorias de Tucumán y Salta recibió una importante recompensa económica y decidió destinarla a la construcción de escuelas. Mientras otros buscaban honores o cargos, Belgrano pensaba en formar generaciones capaces de producir más y vivir mejor.


Allí aparece el verdadero contraste. De un lado están quienes utilizan el Estado para conservar posiciones de privilegio. Del otro, quienes entienden que la autoridad solo tiene sentido cuando sirve para crear condiciones de progreso. Belgrano pertenece a esta última tradición. Su legado no fue solamente una bandera; fue una manera de comprender la responsabilidad pública.


Por qué fracasan las naciones ofrece una explicación moderna para un problema que la Argentina conoce desde hace mucho tiempo. Los países no se empobrecen porque carezcan de recursos, sino porque permiten que grupos reducidos capturen las decisiones y orienten el Estado hacia sus propios intereses.


Belgrano imaginó exactamente lo contrario. Soñó con una República donde el trabajo valiera más que el favor, donde la educación abriera caminos y donde el mérito ocupara el lugar del privilegio. Dos siglos después, esa sigue siendo una de las discusiones más importantes para el futuro de la Argentina.



 
 
 

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