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¿Por qué Fray Justo Santa María de Oro fue llamado el "Padre de la República Argentina"?



La inscripción de su tumba conserva una de las claves para comprender el gran debate político que siguió a la Independencia


Quienes visitan la Catedral de San Juan suelen detenerse frente a una inscripción que invita a reflexionar.


Sobre el sepulcro de Fray Justo Santa María de Oro puede leerse:


"Primer Obispo de Cuyo. Diputado al Congreso de Tucumán. Padre de la República Argentina."


Los dos primeros títulos no sorprenden. Integró el Congreso que declaró la Independencia y, años más tarde, fue el primer obispo de la Diócesis de Cuyo, la primera creada por la Santa Sede en el territorio de las Provincias Unidas después de la emancipación.

Pero el tercero despierta una pregunta inevitable.

 

¿Por qué la memoria de San Juan decidió recordarlo como el "Padre de la República Argentina"?

La respuesta no se encuentra en una batalla ni en una campaña militar.

Está en uno de los debates políticos más trascendentes del Congreso de Tucumán.

 

Después de la Independencia quedaba una decisión aún más difícil

El 9 de julio de 1816 las Provincias Unidas rompieron definitivamente sus vínculos con la monarquía española.

Sin embargo, la Independencia no resolvía por sí sola la organización del nuevo país.

Todavía era necesario decidir cómo debía gobernarse.

En este punto conviene hacer una aclaración que suele pasarse por alto.

En Tucumán se debatía la forma de gobierno: si las Provincias Unidas debían organizarse como una monarquía constitucional o como una república.

No se discutía todavía la forma de Estado, es decir, si la organización nacional sería unitaria o federal. Ese debate recorrería gran parte del siglo XIX y solo encontraría una solución estable con la Constitución de 1853.

Distinguir ambos planos resulta fundamental para comprender el papel desempeñado por Santa María de Oro.

 

La propuesta de Belgrano

El 6 de julio de 1816, durante una sesión secreta, Manuel Belgrano informó a los diputados sobre el panorama europeo.

Después de su misión diplomática había llegado a una conclusión clara: tras la caída de Napoleón, las monarquías volvían a dominar el escenario internacional y las nuevas repúblicas despertaban escasa simpatía entre las grandes potencias.

Frente a esa realidad propuso establecer una monarquía constitucional, encabezada por un descendiente de los incas y con capital en el Cuzco.

Lejos de significar un regreso al absolutismo, la iniciativa buscaba combinar instituciones representativas con una figura capaz de otorgar estabilidad política, facilitar el reconocimiento internacional y reivindicar la tradición americana.

La propuesta abrió un intenso debate entre los congresales.

 

La pregunta que cambió la discusión

Cuando el 15 de julio comenzó el tratamiento de esa cuestión, Fray Justo Santa María de Oro pidió la palabra.

Su intervención fue extraordinaria porque modificó completamente el eje del debate.

Mientras muchos discutían cuál era la forma de gobierno más conveniente, el fraile planteó un interrogante previo.

 

¿Quién tenía derecho a decidirla?

Su pensamiento ha sido resumido por la tradición histórica en una frase que expresa con claridad el núcleo de su posición:

"Nosotros hemos sido elegidos por el pueblo para organizar el Estado. ¿Quiénes somos nosotros para poner una cabeza coronada? Que sean los pueblos quienes decidan quiénes los gobiernan."

Más allá de la formulación exacta, el sentido de su intervención resulta indiscutible.

Los diputados habían recibido el mandato de organizar el nuevo Estado.

No de imponer una corona sin consultar previamente a las provincias que representaban.

Aquella observación alteró el curso de la discusión.

No se proclamó la República.

Tampoco quedó descartada definitivamente la monarquía.

Lo que ocurrió fue algo diferente.

El Congreso evitó adoptar una decisión definitiva sobre una cuestión que Santa María de Oro consideraba reservada a la voluntad de los pueblos.

 

Mucho más que un opositor de la monarquía

Con frecuencia la historiografía presenta al fraile sanjuanino como el hombre que frustró el proyecto monárquico de Belgrano.

Esa interpretación resulta insuficiente.

Su mayor aporte no consistió en rechazar una determinada forma de gobierno.

Consistió en defender un principio que hoy consideramos inseparable de toda tradición republicana: la legitimidad del poder nace del consentimiento de la comunidad política.

Belgrano buscaba la alternativa que consideraba más adecuada para asegurar la supervivencia internacional de las Provincias Unidas.

Santa María de Oro recordó que ninguna solución sería legítima si no contaba con la aceptación de los pueblos.

Esa diferencia explica la trascendencia de su intervención.

 

Una vida al servicio de la Nación

Aquella actuación en el Congreso fue solo uno de los capítulos de una trayectoria excepcional.

Nacido en San Juan en 1772, ingresó muy joven en la Orden de Predicadores y completó su formación en Chile, donde obtuvo el doctorado en Teología.

Su sólida preparación intelectual, unida al dominio de varios idiomas, le permitió desempeñar un destacado papel dentro de la Iglesia.

Durante los preparativos del Ejército de los Andes colaboró estrechamente con José de San Martín. Aportó recursos de la orden dominica, facilitó contactos en Chile y apoyó una empresa que necesitaba mucho más que soldados: requería información, organización y una extensa red de colaboradores.

Elegido diputado por San Juan, participó activamente en el Congreso de Tucumán y, años más tarde, desarrolló una intensa labor pastoral.

En 1834 fue nombrado primer obispo de la Diócesis de Cuyo, la primera creada por la Santa Sede en la Argentina independiente, hecho que explica otro de los títulos grabados en su sepulcro.

También promovió la creación de un establecimiento destinado a la educación de niñas, una iniciativa extraordinariamente avanzada para su tiempo y que sería continuada por su sobrino segundo, Domingo Faustino Sarmiento.

 

El sentido de un homenaje

Fray Justo Santa María de Oro falleció el 19 de octubre de 1836.

Con el paso de los años, San Juan decidió resumir toda su trayectoria en una sencilla inscripción.

"Primer Obispo de Cuyo. Diputado al Congreso de Tucumán. Padre de la República Argentina."

No se trata de afirmar que él fundó por sí solo la República.

Tampoco que el Congreso de Tucumán resolvió definitivamente esa cuestión en julio de 1816.

El homenaje reconoce algo mucho más profundo.

En el momento en que la Nación comenzaba a organizarse, recordó que los representantes podían conducir el proceso político, pero no atribuirse el derecho de decidir quién gobernaría sin consultar antes a quienes les habían otorgado ese mandato.

Defendió la soberanía de los pueblos como fundamento de la legitimidad política.

Y ese principio continúa siendo, más de dos siglos después, uno de los pilares esenciales de toda república.


Quizá esa sea la verdadera explicación de un título que todavía hoy despierta curiosidad.

Porque, cuando todos discutían cuál debía ser la forma de gobierno, Fray Justo Santa María de Oro preguntó quién tenía derecho a elegirla.


Y esa diferencia fue suficiente para que la memoria de su provincia lo inmortalizara como el "Padre de la República Argentina".



 
 
 

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