¿Son los argentinos racistas? Lo que la historia realmente nos enseña
- Roberto Arnaiz
- 24 jul
- 11 min de lectura
Cada cierto tiempo reaparece una afirmación que parece instalarse con sorprendente facilidad: los argentinos son un pueblo racista. Basta una discusión en las redes sociales, una declaración desafortunada o una polémica deportiva para que esa sentencia vuelva a repetirse como si describiera un rasgo permanente de nuestra identidad nacional. Sin embargo, rara vez quienes la sostienen se detienen a formular la pregunta verdaderamente importante: ¿qué dice la historia?
Ninguna sociedad está completamente libre de la discriminación, y la Argentina tampoco constituye una excepción. Existen conductas racistas que deben ser condenadas con la misma firmeza con que se rechazan en cualquier otro país. Pero reconocer esa realidad no autoriza a concluir que el racismo haya sido el fundamento del proyecto político e institucional iniciado con la Revolución de Mayo. Esa afirmación solo puede sostenerse —o refutarse— a partir de las fuentes.
Ese es, precisamente, el oficio del historiador. No trabaja con impresiones, consignas ni percepciones moldeadas por la coyuntura, sino con documentos, contextos y procesos. Su tarea consiste en reconstruir los hechos, comprender las decisiones de sus protagonistas y distinguir entre los prejuicios propios de una época y las ideas que orientaron la organización de un Estado.
Desde esa perspectiva, la cuestión cambia por completo. El verdadero interrogante ya no es si en la Argentina existieron —o existen— expresiones discriminatorias, algo presente, en mayor o menor medida, en todas las sociedades. La pregunta decisiva es otra: ¿sobre qué valores comenzaron a construir el nuevo Estado quienes impulsaron la Revolución de Mayo y la Independencia?
Responderla exige regresar al escenario en el que nació la Argentina. Solo comprendiendo aquel mundo es posible apreciar el alcance de las decisiones que adoptaron sus primeros dirigentes.
El mundo en el que nació la Argentina
A comienzos del siglo XIX, la igualdad jurídica estaba lejos de ser una realidad aceptada por la mayor parte del mundo. Ese fue el escenario en el que los revolucionarios de Mayo comenzaron a imaginar una nueva organización política para las Provincias Unidas del Río de la Plata.
En la América española regía un sistema de castas que establecía diferencias entre peninsulares, criollos, mestizos, indígenas y afrodescendientes. La posición social, el acceso a determinados cargos y buena parte de la vida pública continuaban condicionados por el nacimiento. Esa situación no era una excepción. Gran Bretaña había desempeñado un papel decisivo en el comercio atlántico de esclavos; Francia, pese a proclamar los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, conservó durante décadas un vasto imperio colonial; y Estados Unidos mantuvo la esclavitud hasta 1865, seguida por un prolongado régimen de segregación racial.
Recordar este panorama no busca desacreditar a otras naciones. Su propósito es mucho más simple: comprender el mundo en el que surgió la Argentina. Solo desde esa perspectiva es posible valorar el alcance de las decisiones adoptadas por quienes impulsaron la Revolución y la Independencia.
Lejos de reproducir sin cambios las estructuras heredadas del Antiguo Régimen, los dirigentes revolucionarios comenzaron a delinear un modelo político diferente. La legitimidad del nuevo Estado ya no debía descansar en el linaje ni en los privilegios tradicionales, sino en una concepción que, con el tiempo, encontraría su expresión más acabada en la igualdad ante la ley.
Ese cambio no se produjo de un día para otro. Comenzó a construirse de manera gradual y encontró sus primeras manifestaciones en las reformas impulsadas durante los años de la Revolución.
Belgrano: cuando las ideas se hicieron hechos
Las convicciones adquieren su verdadero valor cuando se reflejan en los actos. En Manuel Belgrano esa correspondencia fue una constante a lo largo de su vida pública.
El Ejército del Norte reunió a hombres y mujeres de procedencias muy diversas. Criollos, mestizos, indígenas y afrodescendientes marcharon y combatieron bajo una misma bandera, unidos por un objetivo que trascendía cualquier diferencia de origen. Aquella experiencia no eliminó de inmediato las desigualdades heredadas del período colonial, pero anticipó una manera distinta de concebir la comunidad política que comenzaba a nacer.
María Remedios del Valle constituye uno de los ejemplos más elocuentes de esa transformación. Integró el Ejército del Norte, asistió a los heridos, combatió cuando las circunstancias lo exigieron y soportó el cautiverio y las torturas impuestas por los realistas sin abandonar la causa de la independencia. En reconocimiento a esa trayectoria, Belgrano impulsó el otorgamiento del grado de Capitana, una decisión que trascendía el homenaje personal para afirmar que el mérito y el servicio a la patria debían prevalecer sobre el origen o la condición social.
La misma concepción se advierte en su relación con Juana Azurduy. Tras conocer su actuación en el Alto Perú, Belgrano promovió su nombramiento como Teniente Coronel. Aquel reconocimiento, excepcional para la época, no respondió a privilegios ni a títulos, sino al valor demostrado en el campo de batalla. En una sociedad todavía condicionada por las jerarquías coloniales, la decisión expresaba una idea profundamente innovadora: el servicio a la patria podía convertirse en el verdadero fundamento del reconocimiento público.
Esa mirada también se reflejó en el Congreso de Tucumán. En julio de 1816, Belgrano propuso establecer una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de la dinastía incaica. La iniciativa obedecía a razones políticas, diplomáticas y estratégicas, pero encerraba además un mensaje de enorme trascendencia simbólica. La máxima autoridad del nuevo Estado podía recaer en un representante de los pueblos originarios, una posibilidad impensable dentro del orden colonial que acababa de dejarse atrás.
Su preocupación por la educación completó esa visión. Convencido de que la libertad solo podía consolidarse mediante la instrucción, promovió la creación de escuelas y sostuvo que el progreso de las Provincias Unidas dependía menos de los privilegios heredados que de la formación de ciudadanos capaces de servir al bien común mediante el estudio, el trabajo y la virtud.
Como todo hombre de comienzos del siglo XIX, Belgrano compartió muchas de las limitaciones de su tiempo. Precisamente por eso sus decisiones adquieren un significado aún mayor. No fue un personaje aislado de su época, sino uno de quienes más contribuyeron a transformarla. Su legado no reside únicamente en haber creado la bandera argentina, sino también en haber ayudado a instalar una idea de Nación en la que el mérito, la educación y el compromiso con la patria comenzaban a imponerse sobre las antiguas diferencias de nacimiento.
San Martín: una patria por encima de las diferencias
Si Manuel Belgrano expresó esa visión en el Ejército del Norte, José de San Martín la proyectó sobre la mayor empresa militar de la emancipación sudamericana. La organización del Ejército de los Andes no solo constituyó una extraordinaria hazaña estratégica, sino también un ejemplo de integración al servicio de un objetivo común.
Bajo su conducción marcharon criollos, mestizos, indígenas, afrodescendientes e incluso europeos que habían abrazado la causa americana. Más allá de sus diferencias de origen, todos compartían un mismo compromiso: asegurar la independencia de América. En aquella empresa, el mérito, la disciplina y la capacidad resultaban mucho más importantes que el nacimiento o la condición social.
Entre quienes participaron de esa gesta se encontraba Josefa Tenorio, una mujer afrodescendiente esclavizada en Mendoza que decidió incorporarse al ejército libertador. La tradición histórica la recuerda sirviendo bajo las órdenes de Juan Gregorio de Las Heras y vinculada al porte de una de las banderas durante la campaña. Finalizada la guerra, reclamó la libertad prometida a quienes habían combatido por la emancipación, recordándonos que el anhelo de servir a la patria podía imponerse incluso a las más duras condiciones de la esclavitud.
También sobresale Martina Chapanay, cuya labor como baqueana y mensajera resultó fundamental para el desplazamiento de las fuerzas patriotas a través de los difíciles caminos cuyanos. Su participación demuestra que el éxito de la campaña no dependió únicamente de los grandes comandantes, sino también del aporte silencioso de hombres y mujeres que pusieron su conocimiento, su esfuerzo y su vida al servicio de la independencia.
La figura de Bernardo de Monteagudo completa ese panorama. De ascendencia africana, se convirtió en uno de los intelectuales más influyentes de la emancipación y colaboró estrechamente con San Martín y, más tarde, con Simón Bolívar. Su trayectoria evidencia que el talento y la capacidad podían abrirse camino en un proceso revolucionario que necesitaba reunir voluntades antes que reproducir las antiguas jerarquías coloniales.
El Ejército de los Andes fue, en ese sentido, mucho más que una fuerza militar. Representó una comunidad organizada alrededor de un ideal compartido, donde personas de procedencias muy distintas encontraron un lugar en función de su compromiso con la causa de la libertad. Esa forma de conducir no eliminó todas las desigualdades de su tiempo, pero expresó con claridad una idea que atravesó buena parte de la emancipación americana: la construcción de la nueva patria exigía sumar capacidades, no perpetuar diferencias de origen.
La construcción de una Nación
Las trayectorias de Manuel Belgrano y José de San Martín no fueron hechos aislados. Ambos expresaron una transformación mucho más profunda: el nacimiento de una nueva idea de Nación.
La Revolución de Mayo inició un cambio que fue mucho más allá de la ruptura con España. También comenzó a cuestionar un orden social basado en el nacimiento y los privilegios. De manera gradual, la legitimidad del nuevo Estado dejó de apoyarse en las jerarquías heredadas para orientarse hacia principios de igualdad jurídica y ciudadanía.
Una de las primeras manifestaciones de ese proceso fue la Asamblea del Año XIII. La abolición de los títulos de nobleza, la supresión de instituciones propias del Antiguo Régimen y la libertad de vientres señalaron el rumbo que empezaba a adoptar la Revolución. Aunque aquellas medidas no eliminaron de inmediato las desigualdades existentes, establecieron un principio novedoso: el nacimiento ya no debía determinar el lugar que una persona ocuparía dentro de la comunidad política.
Las guerras de la Independencia trasladaron esas ideas al campo de batalla. En los ejércitos patriotas combatieron hombres y mujeres de orígenes muy diversos, unidos por una causa común. Belgrano y San Martín comprendieron que la fortaleza del nuevo país dependería de integrar capacidades antes que de reproducir las antiguas jerarquías coloniales.
Ese camino continuó con la organización institucional de la República. La Constitución de 1853 consagró la igualdad ante la ley y proclamó, desde su Preámbulo, la voluntad de asegurar los beneficios de la libertad "para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". No era una expresión retórica. Definía un proyecto político que concebía a la Nación como una comunidad abierta, fundada en la ciudadanía y no en el origen.
Las décadas siguientes ofrecieron la mejor prueba de ese proyecto. Millones de inmigrantes llegaron desde Europa, el antiguo Imperio Otomano y los países vecinos. Más tarde se incorporaron comunidades provenientes de otras regiones del mundo, enriqueciendo la vida económica, social y cultural del país. La escuela pública, las instituciones republicanas, el servicio militar y la vida cívica contribuyeron a integrar esa diversidad bajo un mismo marco jurídico y una identidad nacional compartida.
Ello no significa que la Argentina estuviera libre de conflictos, prejuicios o discriminación. Como toda sociedad, conoció injusticias y episodios de xenofobia. La diferencia radica en que esas conductas nunca se transformaron en el fundamento jurídico del Estado. La legislación argentina no estableció distintas categorías de ciudadanos según su origen étnico ni organizó la vida pública sobre criterios raciales.
Ese recorrido explica una de las características más singulares de la historia argentina. La Nación no se construyó sobre una identidad étnica homogénea, sino sobre la integración progresiva de personas de procedencias muy distintas bajo un mismo sistema de derechos, deberes e instituciones.
Comprender ese proceso resulta indispensable para analizar los debates actuales. Solo observando la trayectoria completa es posible responder con rigor a la pregunta que dio origen a este ensayo: si ese fue el proyecto político que inspiró la construcción del país, ¿por qué persiste la idea de que los argentinos constituyen un pueblo esencialmente racista?
Cuando los prejuicios reemplazan a la historia
¿Cómo llegó a instalarse la idea de que los argentinos constituyen un pueblo esencialmente racista? La respuesta no puede encontrarse en un episodio aislado ni en una explicación única. Como ocurre con todo proceso histórico, intervienen múltiples factores que solo adquieren sentido cuando se analizan en conjunto.
Uno de ellos es la tendencia a interpretar la composición demográfica actual del país como si fuera el resultado exclusivo de una política de exclusión. Sin embargo, esa realidad solo puede comprenderse a la luz de un proceso de más de dos siglos marcado por las guerras de la Independencia, las epidemias del siglo XIX, el mestizaje y las sucesivas corrientes inmigratorias. Reducir esa evolución a una única causa significa simplificar la historia hasta volverla irreconocible.
A ello se suma un fenómeno característico de nuestro tiempo. Las redes sociales amplifican los hechos más extremos y transforman episodios individuales en retratos de sociedades enteras. Una conducta discriminatoria —siempre condenable— puede adquirir en pocas horas una difusión mundial y terminar proyectando una imagen que no refleja necesariamente la trayectoria histórica de un país.
Existe, además, un problema historiográfico frecuente: analizar el pasado con categorías propias del presente. Belgrano, San Martín y los protagonistas de la Revolución no pensaban con los parámetros del siglo XXI. No se trata de ignorar las limitaciones de su época, sino de valorar el alcance de las transformaciones que impulsaron dentro del mundo en que les tocó actuar. Juzgarlos únicamente con criterios actuales conduce, casi siempre, a conclusiones incompletas.
Por eso, la cuestión central no consiste en preguntarse si la Argentina conoció episodios de discriminación. La respuesta es evidente: los conoció, como prácticamente todas las naciones. La verdadera pregunta es otra: ¿qué modelo de país buscaron construir quienes sentaron las bases de la Nación?
Las fuentes ofrecen una respuesta consistente. Desde la Revolución de Mayo comenzó a consolidarse un proyecto político orientado a reemplazar los privilegios heredados por un orden sustentado en la ley, el mérito y la incorporación de todos aquellos dispuestos a integrar una misma comunidad nacional. Ese ideal nunca se alcanzó de manera perfecta, pero marcó el rumbo de la organización institucional argentina.
Quizá el mayor error consista en pedirle a la historia que confirme un prejuicio. El trabajo del historiador persigue exactamente lo contrario: someter los prejuicios a la prueba de las fuentes. Y cuando los documentos hablan en su contexto, las simplificaciones suelen ser las primeras en perder sustento.
La enseñanza de la historia
La historia no existe para confirmar creencias, sino para ponerlas a prueba.
Reducir a un pueblo entero a una sola característica resulta tan simplificador como afirmar que existe una nación completamente libre de discriminación. Ambas posiciones reemplazan el análisis por estereotipos y la complejidad por respuestas fáciles.
El recorrido realizado a lo largo de estas páginas permite observar una realidad diferente. Desde la Revolución de Mayo, las reformas impulsadas durante la emancipación, la actuación de Belgrano y San Martín, la organización constitucional y la incorporación de millones de inmigrantes puede seguirse una misma línea de continuidad: la construcción de un país que procuró sustituir los privilegios heredados por un orden sustentado en la ley, la ciudadanía y una pertenencia nacional compartida.
Ese ideal nunca se alcanzó plenamente. La Argentina conoció injusticias, discriminaciones y profundas contradicciones, como las han conocido todas las sociedades. Pero esos episodios, por sí solos, no explican el sentido de un proceso histórico que se desarrolló durante más de dos siglos.
Las fuentes muestran una realidad mucho más compleja que la ofrecida por los lugares comunes. No describen una Nación organizada sobre la segregación racial, sino un proyecto político que, con avances y retrocesos, buscó ampliar la igualdad ante la ley e integrar a personas de orígenes diversos dentro de una misma comunidad nacional.
Esa es, probablemente, la principal enseñanza que deja nuestra historia. No invita a negar los errores del pasado ni a idealizar a sus protagonistas. Invita a comprenderlos en su contexto y a valorar la dirección que imprimieron a la construcción del país. Porque las sociedades no se definen únicamente por sus contradicciones, sino también por los principios que procuran convertir en instituciones.
Por eso, la pregunta inicial admite una respuesta más matizada que los estereotipos habituales. La historia argentina registra episodios de discriminación, como ocurre en prácticamente todas las naciones. Sin embargo, las fuentes también muestran que el proyecto político nacido con la Revolución de Mayo y consolidado en las décadas siguientes no se edificó sobre una concepción racial del Estado, sino sobre la aspiración —siempre imperfecta, pero constante— de construir una comunidad fundada en la igualdad jurídica y la ciudadanía.
Porque la historia no está para absolver ni para condenar. Está para comprender. Y cuando las fuentes hablan con claridad, los prejuicios suelen ser las primeras certezas que comienzan a desmoronarse.




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