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Tom: el perro que ladró en Malvinas y quedó ladrando en la eternidad

Actualizado: 11 jul


¿Un perro en Malvinas?Parece una leyenda de fogón, de esas que se cuentan en voz baja.Pero no. Es real. Se llamaba Tom.Y llegó en un Hércules, envuelto en lana, escondido entre camperas, con el hocico apenas asomando entre el miedo y el frío.Fue un polizón del alma, un amigo sin palabras en medio del ruido de los cañones.


¿Te causa gracia? No debería.Porque ese perro sin nombre, sin papeles, sin bandera… hizo más por sus compañeros que muchos jefes con charreteras relucientes.


Era un perro callejero, nacido y criado en una base militar. Sin raza, sin dueño, sin más futuro que las migas de los soldados.Pero esa mañana, cuando el Cabo Primero Omar Liborio, del Grupo de Artillería 101, juntaba camperas en Junín para partir al sur, Tom se le cruzó. Lo hizo tropezar. Una, dos, tres veces.


La tercera, Liborio no lo patea ni lo espanta. Lo alza.Y le dice:—“Estás jodiendo, entonces venís con nosotros a Malvinas.”


Lo sube al camión.Cuando el soldado Cepeda lo ve, pregunta:—“¿Y eso, mi Cabo Primero? ¿Cómo se llama el perro?”Liborio contesta entre risas:—“Desde hoy se llama Tom, porque vamos al Teatro de Operaciones Malvinas.”


Liborio no lo sabía entonces, pero ese gesto —el de alzar al perro que lo hacía tropezar— fue el acto más humano de toda la guerra.Porque al llevar a Tom, se llevó un pedazo de ternura al infierno.


En Santa Cruz esperó junto a los soldados. Luego, voló en un Hércules hasta las islas.Desembarcaron en la zona del aeropuerto y cerca de Monte Kent, donde defendían posiciones de artillería antiaérea.


Al principio lo escondían en bolsos, camperas, entre sacos. Pero pronto se ganó el corazón de todos. Y algo más: se convirtió en centinela.


“Muchas veces su instinto canino presintió los bombardeos aéreos antes que se gritara la alarma, lo cual manifestaba con ladridos que ya conocíamos”, diría Liborio.


Nadie le dio un arma.Pero se convirtió en soldado igual. No necesitó jura de bandera ni órdenes escritas. Le bastó el instinto, el afecto y esa cosa sagrada que tienen los animales para quedarse cuando todos quieren irse.


Tom ladraba antes que los radares. Detectaba los Sea Harrier cuando todavía eran punto invisible en el cielo. Y eso salvó vidas.


Compartía la comida.Los soldados le cosieron un abrigo con gorros de lana y bufandas.En las horas bajas, se acercaba al que estaba hundido. Le movía la cola.Como diciendo:—Aguantá, hermano. Todavía no perdimos.


Cuando había alerta roja de bombardeo naval, Tom era el primero en salir del refugio a buscar a los más alejados.Y el último en entrar a cubrirse.


Y entonces vino el final.


Un bombardeo. El estruendo.El cielo roto en pedazos.Tom ladró. Como siempre.

Pero esta vez una esquirla lo alcanzó.Cayó entre el humo y los gritos.Lo buscamos entre piedras y fuego.Y cuando lo encontramos, estaba ahí.Tendido sobre una piedra. Con los ojos enormes.Como si todavía estuviera cuidando.


Lo envolvimos con una manta. Una de esas tejidas por las madres para sus hijos.Y aunque nadie dijo nada, todos supimos que algo irremplazable se había ido con él.


“Allí quedó para siempre nuestro cañón y el mejor testigo de esta guerra, nuestro querido perro Tom. Allá en la fría turba malvinera él es otro bastión argentino, junto a los soldados que dieron su vida por la Patria”, dijo Liborio.


Tom no fue un perro. Fue un compañero.Fue soldado.Y fue héroe.


Pero la historia no terminó ahí.


El 1º de junio de 2014, en Ascensión, partido de General Arenales, provincia de Buenos Aires, se inauguró un monumento a Tom.


Es de bronce.Está sentado sobre una piedra, como solía hacerlo en el frente, con la mirada firme, apuntando al horizonte.A su lado, un casco.Y una cruz. No lleva galones.Pero lleva algo más grande: la memoria de un país agradecido.


También hay una réplica en el Museo de Malvinas, en Buenos Aires.


Porque si vamos a recordar, recordemos bien.A todos.Hasta al que no usó botas, pero nunca dejó de estar en primera línea.


Tom no tenía bandera.Pero murió como un soldado.Y en cada guerra que olvidamos, él ladra.Para que recordemos lo que vale la vida.


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