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Cuando la vida nos sienta juntos

 

Hoy quiero contarles una historia.


Anoche fuimos a cenar con toda la familia a Simple, en Costa del Este. El nombre no podría ser más justo. Cuando uno cruza la puerta, algo se aquieta por dentro. Como si el ruido del mundo quedara afuera.


Su dueño es Gustavo. Lo conocemos desde hace más de veinte años. Es de esos hombres que no solo abren restaurantes: construyen experiencias y dejan huella en las personas. A lo largo de su vida llevó su cocina por distintos lugares del mundo, siempre con nombres que decían algo más que una marca: Prana, Buda Bar, El Ángel. Cada nombre una etapa. Cada etapa una filosofía. Siempre la misma esencia: trabajo serio, pasión y principios.


Hace muchos años, Gustavo fue el primer jefe de mi hija María. Y no es un detalle menor. Cuando ella daba sus primeros pasos, él le abrió una puerta. Le dio su primer trabajo. Pero más importante aún, le dio confianza. Le enseñó que el trabajo se honra y que los valores no se negocian. María lo adora. Y yo, como padre, nunca olvido eso.


Anoche nos esperaba con un menú que no era solo comida: era dedicación.


De entrada, llegaron almejas frescas, berenjenas al escabeche y una chambota servida con pan pita casero, tibio, recién hecho. Sabores honestos, sin artificio, de esos que no necesitan exageración.


El plato principal fue un pequeño homenaje al mar y a la cocina con identidad: lisa a la vasca, con ese equilibrio perfecto entre sencillez y carácter; agnolotis de espinaca y cheddar, cremosos y reconfortantes; y agnolotis de lenguado, delicados, casi susurrados al paladar.


Y el cierre fue una caricia: espuma de manzana con crema de sambayón y trufas de tiramisú. Dulce, liviano, elegante. Como debe terminar una noche que se quiere recordar.


Pero lo más importante no estaba en los platos.


Estaba en las miradas. En ver a mi hija sentada a la mesa con quien fue su primer jefe, ahora amigo de la vida. En confirmar que el tiempo pasa, pero los gestos quedan. Que los hombres de principios siguen siendo faros silenciosos.


Y mientras brindábamos, pensé algo simple: gracias, hermano. Gracias a la vida, que nos da la posibilidad de vivir estos momentos. Porque al final no se trata solo de lo que logramos, sino de con quién compartimos el camino.


Una mesa.Una hija que creció.Un amigo fiel a sus valores.Y la certeza de que lo verdaderamente importante no se compra: se construye.


Anoche no fue solo una cena. Fue gratitud. Fue memoria. Fue amistad verdadera.



 
 
 

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