El día en que el uniforme empezó a ser Patria
- Roberto Arnaiz
- hace 5 horas
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No hubo diseño perfecto. Hubo urgencia.
En 1806, cuando las Invasiones Inglesas pusieron a Buenos Aires contra la pared, no existía un ejército nacional. Existían hombres: vecinos, comerciantes, criollos que dejaron sus oficios para formar cuerpos voluntarios. Patricios, Arribeños, Montañeses, Andaluces, Húsares, Granaderos. Cada uno con su ropa, con su origen, con su identidad. Distintos en la forma, unidos en la decisión.
Aquellos primeros uniformes no eran uniformes en el sentido estricto: eran voluntad organizada. Algunos costeados por los propios vecinos, otros por el Cabildo. No había estándar, pero sí carácter. Y en los momentos fundacionales, el carácter es más decisivo que cualquier reglamento.
Superado el peligro inmediato, surgió la necesidad de ordenar. Y aparece una fecha clave: 11 de septiembre de 1809.
Ese día, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros dictó una providencia que marcó un punto de inflexión. Elevó a las milicias de voluntarios a cuerpos reglados y estableció una organización precisa:
Cinco batallones de infantería:
dos con base en el Cuerpo de Patricios,
uno con el Tercio de Montañeses,
otro con el de Andaluces,
y el último con el Cuerpo de Arribeños.
A ellos se sumaban unidades fundamentales:
un batallón de Granaderos,
un cuerpo de Artillería Volante,
un escuadrón de Húsares,
y un batallón de Castas.
También se fijó la denominación de los cuerpos:
1° y 2° Patricios, 3° Arribeños, 4° Montañeses, 5° Andaluces.Los Granaderos serían de Fernando VII; los Húsares, del Rey.
No se trató solo de una medida administrativa. Fue el primer intento serio de transformar una fuerza dispersa en una estructura organizada: pasar del impulso a la institución.
El siguiente paso fue decisivo. El 29 de mayo de 1810, en el marco de la Revolución de Mayo, esas fuerzas se transformaron en unidades veteranas. En ese proceso se reconoce el nacimiento del Ejército Argentino.
El uniforme, sin embargo, seguía siendo una cuestión abierta. Hubo intentos de unificación, especialmente en la infantería, pero las limitaciones económicas lo impidieron. Las unidades continuaron usando sus propias prendas. Lejos de debilitar al conjunto, esto reforzó su identidad: la cohesión no residía en la uniformidad de la tela, sino en la comunidad de propósito.
Recién el 5 de julio de 1826, al organizarse formalmente el Ejército Nacional, se avanzó en esa dirección. Se dispuso un uniforme común para las tres armas, diferenciadas solo por detalles: el número en el morrión y el color del penacho. La Nación comenzaba también a expresarse en su imagen.
Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, los modelos volvieron a multiplicarse. Hubo uniformes vistosos en las tropas veteranas y sencillos en las milicias, muchas veces con chiripá y gorro de manga. La diversidad reapareció, pero sin perder identidad.
Tras la batalla de Caseros (1852), se abrió una nueva etapa. El 19 de septiembre de 1853 se reafirmó el criterio de unificar el uniforme para las tres armas, con diferencias menores como el penacho y el vivo del pantalón.
A lo largo de este proceso, hubo cambios, ajustes y tensiones. Pero hay una constante que se mantiene.
El uniforme nunca fue solo una prenda.
Fue —y sigue siendo— una forma visible de compromiso. Una señal de pertenencia. La expresión concreta de una voluntad colectiva.
Porque la Patria no comenzó con un diseño ni con un decreto.
Comenzó cuando aquellos hombres, con lo que tenían, decidieron organizarse…y sostener una causa común.




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