El ejército no nació en 1810. Nació cuando un francés gritó: “¡A las armas!”
- Roberto Arnaiz
- 26 may 2025
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No nació en un despacho. No nació con un decreto.
El Ejército Argentino nació cuando una ciudad humillada juró no arrodillarse nunca más.
Buenos Aires no tenía ejército. Tenía rabia. Y esa rabia, cuando la despierta un francés, se convierte en dinamita.
El 29 de mayo se celebra el Día del Ejército Argentino. Pero no nos confundamos. El ejército no nació en 1810 con una proclama elegante ni con un acto de plaza.
Nació antes. Nació cuando la humillación ardía en los ojos de los porteños y un extranjero —que no era ni criollo ni español— se paró frente a una ciudad ocupada y, con voz firme y alma encendida, convocó al pueblo con un gesto más fuerte que mil órdenes: “¡A las armas!”
Ese francés se llamaba Santiago de Liniers. Oficial de la marina gala, caballero de Malta, ahora al servicio del rey de España. Había visto lo que otros no querían ver: que los soldados reales —los del Regimiento Fijo de Buenos Aires— eran una sombra de lo que deberían ser. Mal armados, desmoralizados, sin táctica ni temple.
El 27 de junio de 1806, los ingleses desembarcaron y en pocos días tomaron una ciudad de cuarenta mil almas. El gobernador Sobremonte escapó con el tesoro. Los oficiales españoles se escondieron detrás de reglamentos. Nadie disparó. Nadie resistió.
Pero Liniers no huyó. Desde Montevideo organizó la Reconquista. Cruzó el Río de la Plata con tropas leales y, en una jugada de ajedrez y agallas, recuperó la ciudad. A los pocos días, comprendió que los regimientos coloniales eran escudos de papel frente a la tormenta. Que si los ingleses volvían, no habría milagro.
Y entonces hizo lo impensado: le pidió al pueblo que se armara.
El 6 de septiembre de 1806 convocó a todos los hombres útiles de Buenos Aires. Cada uno se alistaría según su origen. Así nacieron los Patricios (criollos porteños), los Arribeños (interior del Virreinato), los Pardos y Morenos (negros, mestizos, indígenas y libertos), y los Tercios españoles: Gallegos, Vizcaínos, Montañeses, Catalanes, Andaluces.
Era una milicia organizada por el pueblo y para el pueblo. Fue el nacimiento verdadero del Ejército Argentino, aunque nadie lo escribiera en una placa.
Los milicianos elegían a sus jefes. Una práctica ilegal según las Ordenanzas Reales, pero Liniers la permitió. Había urgencia. No había tiempo para cartapacios ni expedientes. Y en semanas, más de 7.800 hombres estaban armados, uniformados y entrenando en plazas, baldíos y barracones. Los domingos se hacían maniobras. Las damas se asomaban por los balcones a ver a sus hijos desfilar. Los uniformes se costeaban con suscripciones. Las armas, con préstamos. El ejército no salía del tesoro: salía del hambre de dignidad.
La artillería era pobre, improvisada, despreciada. Nadie quería arrastrar cañones. Pero ahí estaban, cargando pólvora vieja con las uñas negras. Uno de los pocos cuerpos mixtos fue el de los Patriotas de la Unión, donde españoles y criollos empujaban juntos la metralla.
Y en 1807, los ingleses volvieron.
Esta vez no eran 1600. Eran más de 9000 soldados veteranos. Llegaban con fusiles relucientes, banderas de seda y la arrogancia de los imperios. Pero Buenos Aires ya no era la misma. Las casas tenían barricadas. Las esquinas, fusileros. Las mujeres no solo tiraban agua hirviendo desde las azoteas: preparaban balas, escondían pólvora, cosían uniformes, curaban heridos y escribían cartas cifradas con tinta casera. Los esclavos tomaban cuchillos y lanzas. Muchos ganarían su libertad peleando por una patria que todavía no los consideraba ciudadanos.
Era un ejército que no entendía de castas ni títulos. Lo formaban el esclavo recién liberado y el hijo del comerciante; el herrero, el panadero, el gaucho, el tipógrafo. Una milicia nacida del suelo, no del protocolo.
Las calles eran tambores de piedra. Los fusiles tronaban entre los conventos. Las voces de mando se mezclaban con el humo y el silbido de la metralla.
Los ingleses se retiraron, derrotados y asombrados.
En Londres, William Windham, ministro de Guerra del gobierno británico, no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia. Ante el Parlamento declaró:
“Esta gente no es la raza afeminada que hay en España. Son feroces y solo les falta disciplina para hacerlos formidables.”
No lo dijo para elogiar. Lo dijo para explicar lo inexplicable: cómo un ejército profesional había sido derrotado por artesanos, vendedores, esclavos y estudiantes. Y sin quererlo, dejó escrita la mejor definición del germen de nuestro ejército:
Gente feroz, indisciplinada, peligrosa.
Gente que si se organiza, se vuelve invencible.
Liniers fue ascendido a virrey. El ejército, mimado. Pero los españoles peninsulares lo odiaban. No soportaban que un francés fuera virrey ni que los criollos tuvieran armas. El 1º de enero de 1809, Martín de Álzaga organizó una asonada con apoyo del Cabildo, del obispo, de los Tercios españoles, y del 3º batallón de los Patricios —influenciado por Mariano Moreno—. Liniers, acorralado, firmó su renuncia.
“¡Muera el francés! ¡Junta como en España!”, rugían los conjurados en la Plaza Mayor. Y cuando los cañones criollos apuntaron al Cabildo, no hizo falta disparar. La insurrección se desinfló como un tambor roto.
Irrumpió entonces el alma del ejército criollo:
Cornelio Saavedra, al frente de los Húsares, Arribeños, Patriotas de la Unión, Montañeses y Andaluces. Los conjurados huyeron. Liniers rompió su renuncia. La ciudad fue liberada, no por decreto, sino por sable y fuego.
Cisneros, enviado desde España, llegó para calmar las aguas. Y lo primero que hizo fue ajustar: disolvió cuerpos, bajó sueldos, suprimió escuadrones. Numeró las unidades para borrar sus nombres. A los Patricios les puso “Batallón Nº 1”. A los Arribeños, “3”. A los Montañeses, “4”. Así hasta el 8. Todo en nombre del orden.
Pero no logró borrar la memoria.
Cuando llegó mayo de 1810, el ejército no necesitó pensarlo dos veces. Rodearon la plaza. Protegieron la formación de la Primera Junta. El 27, las tropas juraron fidelidad. Y el 29 de mayo, la Junta firmó el decreto que dio nacimiento formal al Ejército de las Provincias Unidas.
Lo redactó Mariano Moreno, secretario de Guerra y Gobierno, y lo firmaron uno por uno los miembros de la Primera Junta: Cornelio Saavedra, Juan José Paso, Belgrano, Castelli, Matheu, Larrea, Azcuénaga, Alberti… todos sabían que sin esas tropas, el poder era humo.
Ese decreto no fue solo tinta.
Fue la legitimación política de un ejército que ya existía en el cuerpo y el alma de un pueblo despierto.
Se elevaban batallones a regimientos, se reincorporaban soldados dados de baja, se ordenaba la leva de todos los varones sin ocupación entre 18 y 40 años, y se exigía a los vecinos entregar sus armas a la Armería Real —a cargo de Azcuénaga—.Ese día el ejército recibió uniforme, rango y reconocimiento.
Pero su esencia ya había nacido cuatro años antes.
Había nacido en la derrota de 1806, en la reconquista, en la organización espontánea, en el alzamiento del pueblo, en el rechazo a Álzaga, en el gesto de Liniers y en la pólvora que hablaba cuando los demás callaban.
No fue un ejército heredado.
Fue una creación desde abajo.
De quienes no pedían permiso ni cargaban apellidos ilustres, pero sí fusiles al hombro y razones en el pecho.
Porque el Ejército, como la Argentina, no nació de una compra-venta ni de un negocio entre caballeros.
Se hizo a sangre y fuego, en las calles, en la trinchera y en la conciencia de los que decidieron resistir.
No fueron tratados, ni firmas, ni discursos.
Fue una ciudad con el alma herida y los puños cerrados.
Ahí nació el ejército.
Y con él, la promesa de que este suelo jamás volvería a rendirse.
Y desde entonces, cada vez que una bandera flamea al viento sin rendirse,hay un poco de aquel grito francés y mucho de aquella ciudad que eligió pelear.




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