El General de Hierro
- Roberto Arnaiz
- 9 abr
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 11 jul
Usted camina por una calle que se llama Lamadrid y ni se detiene a pensar quién fue. A lo sumo, cree que es un nombre más del bronce aburrido, un prócer menor que da nombre a una avenida. Pero detrás de ese apellido hay un hombre que peleó hasta quedar hecho astillas, que dejó su cuerpo en cada batalla y cuya historia, como tantas otras, la patria prefirió olvidar.
Y es que los pueblos, como los ingratos, no carecen de memoria. Carecen de sensibilidad. Olvidan a los sabios que salvaron vidas, a los médicos que murieron pobres, a los soldados que se jugaron el alma para que hoy usted respire libertad sin preguntarse de dónde vino. Y uno de esos hombres fue Gregorio Aráoz de Lamadrid.
Combatió durante cuarenta años. Desde las guerras de la independencia hasta las últimas luchas fratricidas. Fue parte del Ejército del Norte, de los hombres de Belgrano, de los sueños de San Martín, de las locuras de Lavalle, del exilio y del barro. Y murió como vivió: con el cuerpo hecho bandera rota.
Cuando desenterraron sus restos para llevarlos a Tucumán, los médicos no sabían si abrían un ataúd o un cofre de guerra. Hallaron casi setenta fragmentos metálicos incrustados en sus huesos: plomo, acero, esquirlas de historia.
Ese cuerpo no decía “aquí yace un general”. Decía: “aquí luchó una patria”.
A los 17 era cadete, y a los 31 lo hicieron general. Pero hacía rato que el cuerpo le gritaba medallas antes que el uniforme. Su bautismo de fuego fue en Tambo Nuevo, y de ahí no paró. Estuvo con Belgrano en las victorias de Tucumán y Salta, y en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. Acompañó a San Martín, peleó junto a Lavalle, vio morir a su amigo Dorrego, y siguió combatiendo. Porque su esencia era el combate. No era un estratega brillante ni un organizador meticuloso. Era algo más salvaje, más puro: un hombre que no sabía vivir sin pelear.
En la Batalla de El Tala, en 1826, lo dieron por muerto. Lo rodearon quince federales. Cuando cayó, tenía once heridas de sable en la cabeza, una oreja cortada, la nariz partida, un disparo en la cabeza y los brazos destrozados.
Facundo Quiroga, el tigre riojano, lo mandó a buscar para rendirle honores. Porque cuando el enemigo sangra así, no se le dispara más: se lo respeta. Pero Lamadrid ya no estaba. Se lo habían llevado, vivo.Y vivió 27 años más y sufrió 36 heridas de guerra.
Una vez, para burlar a Estanislao López, ordenó a su asistente Juan Robles que se dejara dar cincuenta latigazos y fingiera desertar para infiltrarse. El soldado aceptó sin dudar:—Mi coronel, aunque la prueba sea amarga, la acepto.Así era Lamadrid. No daba órdenes: inspiraba lealtad.Y ganaba. No por fuerza, sino por fuego interior.
Y sin embargo, lo olvidamos.
Le dejamos una calle. Le amputamos el nombre. Nadie dice “Gregorio Aráoz de Lamadrid”. Le sacamos la historia, lo reducimos a dirección.
Lo enterraron en Tucumán como se entierran los árboles viejos y sabios: con las raíces hundidas y las ramas aún peleando contra el cielo. Porque los hombres como él no descansan. Se oxidan, pero no se rinden. Son parte del polvo que enseña. Del silencio que incomoda.
Y si todavía queda una bala en su pecho, será porque hay batallas que no terminan nunca.
“Cuando uno abraza la patria, no le pregunta si va a doler.”—Gregorio Aráoz de Lamadrid (o lo que habría dicho, si hoy pudiera gritarnos desde sus huesos)
Piénselo la próxima vez que cruce una calle que lleva su nombre.
No es una dirección. Es un llamado.
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Bibliografía
Memorias del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, Gregorio Aráoz de Lamadrid, 1895, Imprenta de Pablo E. Coni, Buenos Aires.
Lamadrid, el guerrero romántico, Norberto Galasso, 2011, Colihue, Buenos Aires.
Los hombres de la independencia, Pacho O'Donnell, 2009, Editorial Planeta, Buenos Aires.
Las guerras civiles argentinas (1814–1876), Tulio Halperín Donghi, 2004, Sudamericana, Buenos Aires.






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