EL GENERAL QUE NO IMPROVISABA: EN SALTA MOSTRÓ SU GENIALIDAD
- Roberto Arnaiz
- 20 feb
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Hay hombres que ganan batallas. Y hay hombres que, en medio del barro y la pólvora, fundan un país.
Manuel Belgrano era, para algunos, un abogado con uniforme prestado. Para otros, un soñador peligroso. Para los que estuvieron allí —con los pies hundidos en el fango del norte— fue otra cosa: fue el hombre que avanzó cuando todo indicaba que debía retroceder.
Después de Tucumán, cualquiera habría esperado prudencia. El enemigo era fuerte. Las lluvias de verano convertían los caminos en pantanos. Los ríos crecían como si quisieran defender a la corona. Pero Belgrano no pensaba como un burócrata. Pensaba como alguien que ya había decidido perderlo todo.
El 13 de febrero de 1813, a orillas del entonces río Pasaje, sus soldados juraron fidelidad a la bandera. Desde ese día el agua se llamó Juramento. No fue un gesto teatral. Fue una declaración íntima: la Revolución ya tenía colores, y esos colores iban a debutar en el campo de batalla.
Mientras el general realista esperaba en el Portezuelo —la entrada lógica a Salta—, Belgrano decidió hacer lo ilógico. Guiado por Apolinario Saravia, avanzó por la quebrada de Chachapoya, entre barrancos, lluvia y silencio. Doce piezas de artillería arrastradas a fuerza de voluntad. Cincuenta carretas empujadas con hambre y fiebre.
Y todavía hay quienes repiten, con la liviandad del escritorio, que Belgrano era un improvisado de la guerra.
Improvisado.
Como si atravesar quebradas bajo lluvia torrencial, mover artillería por senderos que apenas eran huellas y aparecer donde el enemigo juraba que era imposible, fuera un acto de torpeza.
Su avance de Tucumán a Salta no fue un arrebato. Fue una maniobra de inteligencia militar que merece comparación con las grandes astucias de la Antigüedad. En el 480 a.C., Jerjes encontró, gracias a un sendero oculto en las Termópilas, el modo de rodear a los espartanos y atacar por la espalda. No fue la fuerza bruta la que quebró la resistencia: fue el conocimiento del terreno.
Belgrano, sin imperio detrás, sin ejércitos infinitos, hizo algo aún más admirable: utilizó un paso que el enemigo consideraba impracticable, apareció por la retaguardia, invirtió el frente y obligó a su adversario a combatir donde no quería.
Eso no es improvisación. Eso es comprensión del espacio. Eso es visión estratégica.
Jerjes sorprendió para destruir. Belgrano sorprendió para liberar.
Cuando el 20 de febrero amaneció, él estaba enfermo, con fiebre y dolores estomacales. Habían preparado un carruaje por si no podía montar. Sin embargo, al mediodía comenzó el intercambio de fuego.
El ala derecha patriota fue herida. Dorrego avanzó. El cuerpo de Pardos y Morenos sostuvo el fuego cuando todo parecía desordenarse. La artillería acompañó el empuje. Y entonces el ala izquierda realista se desbandó.
En tres horas el campo fue suyo.
Los realistas huyeron hacia la ciudad, escondiéndose en iglesias y casas. El poncho celeste y blanco flameó como bandera improvisada mientras las campanas anunciaban lo impensable: victoria total.
Y entonces vino lo extraordinario.
Belgrano liberó a 2.776 prisioneros. Les pidió jurar que no volverían a tomar las armas contra la Revolución. Rechazó la espada que le ofrecía el jefe enemigo y lo abrazó. Ordenó cavar una fosa común para muertos de ambos bandos y colocar una cruz con una inscripción que parecía escrita por un filósofo y no por un general: “Vencedores y vencidos en Salta, 20 de febrero de 1813”.
Eso no era debilidad. Era un proyecto de Nación.
Lo criticaron. Siempre se divierten —escribió— los que están lejos de las balas. Y tenía razón. Muchos de aquellos prisioneros volverían a combatir. La guerra no tenía la nobleza que él deseaba.
Pero Belgrano insistía en otra lógica: la de la educación.
Por la victoria recibió 40 mil pesos. Una fortuna. Ocho kilos de oro. Pudo haberse comprado tierras, comodidad, futuro. Dividió el premio en cuatro escuelas: Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Redactó un reglamento minucioso el 25 de mayo de 1813. Equiparó al docente al Padre de la Patria. Soñó aulas cuando aún resonaban los cañones.
No vio ninguna terminada. Algunas tardaron más de cien años en construirse.
Improvisado, dicen.
Improvisado fue el país que demoró un siglo en levantar las escuelas que él había imaginado.
Belgrano no fue sólo el creador de la bandera. Fue el que entendió que la guerra se gana con estrategia… pero la Patria se construye con educación.




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