El mate en Siria: un sorbo de la diáspora
- Roberto Arnaiz
- 29 dic 2024
- 2 Min. de lectura
En Damasco, donde el olor a especias se mezcla con el humo de las shishas y los susurros de los comerciantes resuenan como un eco eterno, hay una escena que podría desconcertar a más de uno: un hombre sentado en un rincón, cebando mate. Sí, mate. Esa calabaza con bombilla que uno esperaría encontrar entre gauchos y estancias, no en las polvorientas calles de Oriente Medio. Pero ahí está, desafiante, como diciendo: “Yo también tengo historia aquí”.
¿Cómo llega esta bebida americana a las mesas sirias? La respuesta está escrita en los barcos que cruzaron el Atlántico. A fines del siglo XIX y principios del XX, miles de sirios y libaneses escaparon de la miseria y la opresión del imperio otomano. Cruzaron océanos buscando un futuro en tierras que no conocían de cedros ni desiertos, pero que ofrecían trabajo, esperanza y una tierra donde arraigar. Argentina, Uruguay, Brasil. Allí, entre el esfuerzo de abrirse paso en un mundo extraño, el mate se les pegó al alma. No fue solo una bebida; fue una pausa, un momento para respirar en medio del trajín de ser extranjero.
Y cuando regresaron, cuando volvieron a las callejuelas que los habían visto nacer, no volvieron solos. Trajeron historias de los Andes, anécdotas de asados, y en sus baúles, junto a los recuerdos, también trajeron la yerba mate. Al principio, en Siria, era algo raro, una excentricidad de los que habían vivido “allá”. Pero no tardó en colarse en los rituales cotidianos. Hoy, en muchos hogares sirios, el mate es tan habitual como el café árabe.
Eso sí, los sirios lo hicieron suyo. Lo endulzan más que los gauchos, lo acompañan con baklava o maamoul, y lo ceban con un toque de hospitalidad que es tan natural como respirar en esta parte del mundo. Porque el mate, aquí, no es solo una bebida: es una conversación. Una excusa para detenerse, para sentarse con el vecino y hablar de la familia, de los tiempos que corren, o simplemente para compartir el silencio.
Es curioso cómo una calabaza y una bombilla pueden contar tanto. En Siria, el mate es un puente entre dos mundos. En una mesa puede haber una pava junto a las clásicas tazas de café árabe, y en esa escena se resume una historia de migración, de raíces y de adaptaciones. Es un testimonio de la capacidad humana para tomar algo ajeno y convertirlo en propio, sin olvidar el origen ni la esencia.
Pero hay algo más. El mate en Siria no solo habla del pasado; también es un símbolo de la modernidad. Los jóvenes lo adoptan como algo cool, una manera de conectarse con el mundo mientras se aferran a sus raíces. Y en un país que ha conocido tantas heridas, ese pequeño gesto de cebar un mate se convierte en un acto de resistencia, una afirmación de que la cultura no tiene fronteras.
Así que, la próxima vez que alguien te diga que el mate es solo sudamericano, recuérdales las callejuelas de Damasco, los patios de Homs, los zocos de Alepo. Porque allí también, entre los arcos de piedra y las noches cargadas de estrellas, hay una ronda de mate que dice más de lo que las palabras pueden explicar.




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