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El Orgullo Venezolano: Sangre, Café y Esperanza

 

La Venezuela profunda no se mide en cifras, ni en discursos oficiales, ni en estadísticas de exiliados. Se mide en la memoria. En la risa escandalosa que atraviesa la plaza a las cinco de la tarde, cuando el sol se apaga, pero el calor sigue pegado a la piel. En el aroma del café recién colado, en el dulzor del papelón hirviendo en la olla, en la harina de maíz que se dora en el budare. En el dominó que se juega bajo la sombra de un samán mientras las fichas caen con un sonido seco, como ecos de resistencia. Se mide en la manera en que un venezolano, cuando lo han echado de todo, cuando lo han desplumado de futuro y esperanza, sigue diciendo: "echándole pichón, hermano".


Porque si algo tiene el venezolano, además de su caribeña capacidad de aguantar, es un orgullo que no se deja comprar ni por el oro ni por la miseria. Es el orgullo del que sabe que su abuela lo crio con lo que tenía, que su madre se partió el alma sin llorar y que su padre le enseñó que la palabra se cumple o no se dice. Es el orgullo de entender que la familia no es un concepto de psicólogos de revista, sino un refugio donde, entre arepas doradas, cuentos de infancia y regaños con cariño, se aprende la vida.


No hay nada más venezolano que una Navidad en la que nadie cabe en la casa, donde los primos se pelean, los adultos discuten de política y la abuela manda a callar con una mirada que vale más que un decreto presidencial. O un velorio en el que el dolor se vuelve excusa para recordar con risas y cuentos lo que fue y lo que no fue. O una despedida en Maiquetía, donde el abrazo es largo y las lágrimas se tragan con un "nos vemos pronto" que pesa más que una maleta, mientras el último sonido que se lleva el viajero es el del viento golpeando el ventanal del aeropuerto.


Las calles de Caracas están llenas de esa gente que se muerde los labios, pero no se deja. De esos que, con los zapatos rotos, caminan como si llevaran encima la banda presidencial. Que con una arepa y un café pueden hablar de política, de historia, de béisbol, de cualquier cosa, porque el venezolano se jacta de saberlo todo y no callar nada. Y qué importa si a veces la improvisación le juega en contra, si el corazón manda más que la razón, si lo arrasa su propio caos. Lo que importa es que sigue de pie. Porque rendirse no es un verbo que se conjugue en su idioma.


El venezolano puede estar donde sea: en Madrid, en Buenos Aires, en Miami o en Santiago. Pero su nostalgia huele a pabellón criollo y su identidad se escucha en un "vale" bien dicho, en un "mi pana" que le sale del alma. Y sí, se ha ido, pero nunca se ha ido del todo. Porque el que nació con el Ávila como horizonte, con el llano como patria y con el Caribe como espejo, lleva su país tatuado en la mirada. Y aunque lo quieran doblar, no lo rompen. Y aunque lo quieran hundir, nada.


Porque ser venezolano es un acto de resistencia. Un grito que nadie puede callar. Una sentencia de amor y fuego que ni el tiempo, ni la distancia, ni la historia podrán borrar. Y aunque la vida lo expulse a otras tierras, siempre llevará el sol de su infancia en la piel, el sabor del guayoyo en el alma y la certeza de que, en cada paso que dé, camina con su país dentro del pecho. Y cuando mire al cielo, no verá solo nubes: verá la silueta del Ávila, inmutable, recordándole quién es y de dónde viene. Porque el que lleva a Venezuela en la sangre, nunca deja de escuchar su llamado.


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