El rey de Hawái que fue oficial argentino
- Roberto Arnaiz
- 15 feb
- 2 Min. de lectura
En 1818 la Argentina no tenía embajadas. No tenía prestigio internacional. No tenía crédito externo. Tenía algo más frágil y más poderoso: voluntad.
Dos años antes, el Congreso de Tucumán había declarado la independencia. Pero declarar no es lo mismo que existir ante el mundo. La soberanía no se proclama: se impone, se defiende, se hace respetar. Había que llevarla hasta donde España todavía creía mandar.
Y entonces aparece un francés obstinado que decidió que la causa americana sería su causa.
Hipólito Bouchard no era un improvisado. El gobierno de las Provincias Unidas lo había designado Sargento Mayor de Marina —grado equivalente a teniente coronel— y le había otorgado patente de corso. No navegaba por cuenta propia. Navegaba en nombre de un Estado en guerra.
A bordo de la fragata La Argentina, Bouchard estaba dando la vuelta al mundo. Había cruzado el Atlántico, doblado el Cabo de Buena Esperanza, combatido posiciones españolas en Filipinas y golpeado intereses realistas en el Pacífico. En noviembre de 1818 tomó Monterrey, en la Alta California española, e izó la bandera celeste y blanca. Fue la primera vez que la bandera argentina flameó en América del Norte.
Eso no era piratería. Era política internacional con pólvora.
Cuando recaló en el Reino de Hawái, gobernado por Kamehameha I, se encontró con una afrenta: la corbeta Santa Rosa, buque argentino con patente de corso, había sido vendida al rey tras un motín. El monarca alegaba haberla comprado de buena fe. El corsario exigía su devolución en nombre de su gobierno.
Lo que siguió no fue un cañonazo. Fue algo más profundo.
Bouchard negoció. Discutió durante días. Sostuvo la legitimidad de las Provincias Unidas como nación soberana. Y en un gesto diplomático audaz —cargado de simbolismo— otorgó al rey un despacho honorario equivalente a su propio grado, junto con uniforme, espada y distintivos militares. No fue un trámite administrativo firmado en Buenos Aires. Fue una jugada política en plena campaña naval.
El rey aceptó.
Devolvió la nave. Liberó a los prisioneros. Firmó un acuerdo de paz y comercio —el primero en la historia argentina— que implicaba un reconocimiento formal de las Provincias Unidas como Estado independiente. Y además entregó hombres para completar la tripulación.
Mientras España nos llamaba rebeldes, un reino del Pacífico nos trataba como nación.
Mucho antes de que potencias como Estados Unidos o el Reino Unido reconocieran nuestra soberanía, Hawái había establecido relaciones con la Argentina naciente. No fue un gesto decorativo. Fue un acto político concreto.
La independencia no se consolidó únicamente en los campos de batalla. También se afirmó en puertos lejanos, en negociaciones improbables y en la capacidad de un oficial rioplatense de hablarle de igual a igual a un rey polinesio.
Bouchard no solo dio la vuelta al mundo.
Hizo que el mundo mirara hacia el Río de la Plata.
Y en ese encuentro entre volcanes y océanos abiertos, la Argentina dejó de ser una declaración para convertirse en un hecho internacional.




Comentarios