El último grito de Güemes
- Roberto Arnaiz
- 16 mar 2025
- 2 Min. de lectura
La historia de esta tierra no se escribió con tinta, sino con sangre. No se firmó en despachos, sino en el lomo de caballos galopando al alba. No la hicieron los que visten levita y hablan en salones dorados, sino los que llevan el polvo en la piel y el coraje en la mirada. Y entre esos hombres, Martín Miguel de Güemes no fue solo un caudillo: fue una muralla de carne y hueso que impidió que el yugo español volviera a cerrarse sobre América.
El 7 de junio de 1821, cuando la noche en Salta se tragaba los últimos murmullos, las sombras avanzaron en silencio. Valdez y sus hombres se deslizaban como víboras por las serranías, guiados por el eco de la traición. El aire olía a humedad y a pólvora contenida. Güemes, en casa de su hermana Magdalena, despachaba informes con la calma de quien ha visto la muerte muchas veces y nunca le ha temido. Un ayudante cruzó la plaza y la muerte le salió al paso: "¡Quién vive!". "¡La patria!". Y la respuesta fue una descarga de fusilería que rompió la quietud de la noche como un latigazo de plomo.
Güemes montó en su caballo. No era un hombre que se dejara tomar por sorpresa. Su escolta, leal hasta el final, se aprestó a la defensa. Pero el enemigo estaba en todas partes. Otra descarga. Esta vez, la bala encontró su objetivo. Sintió el plomo abrirle la carne como un hierro candente. Pero no se detuvo. No podía. Con el último aliento, escapó hacia la campaña, hacia el monte, hacia su gente. A lo lejos, el eco de los disparos se mezclaba con el retumbar de los cascos de los caballos que lo llevaban a su destino final.
Llegó al Chamical, donde la fiebre y el dolor le hicieron la guerra que nunca le habían podido ganar en el campo de batalla. Diez días resistió, porque un hombre como él no cae al primer disparo. Delirante, aún hablaba de la lucha, de su gente, de la patria que se iba formando entre la sangre y la pólvora. Los gauchos lo rodeaban con el rostro endurecido, sin lágrimas, pero con una rabia contenida que ya no tendría vuelta atrás. Sabían que el enemigo lo había alcanzado, pero no derrotado. Sabían que esa muerte no era un final, sino un principio. Y cuando el 17 de junio Güemes cerró los ojos, lo hizo sin pedir clemencia, sin lamentaciones. Murió como vivió: con la patria en los labios y la guerra en el pecho.
Mientras los traidores brindaban en los salones y la prensa lacaya lo llamaba "abominable", la historia lo reclamaba. Porque la gloria no se compra, no se hereda, no se decreta. Se gana con la lanza en la mano y los pies en la tierra. Y Güemes, aún muerto, seguía ganando. Hoy su gesta resuena como un galope en la memoria de la patria, en el polvo de los caminos, en el viento que silba entre las montañas. Porque la historia, tarde o temprano, siempre termina barriendo a los cobardes y dejando en pie a los que nunca se rindieron. Y si alguien duda de ello, que mire a los ojos de un gaucho y verá que allí sigue ardiendo el último grito de Güemes.




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