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"Fiebre de Motores: El Automovilismo Nace en Argentina"

 

El sol rajaba la tierra y el aire vibraba con un rumor eléctrico: máquinas humeantes, hombres de levita y chistera, y mujeres que, con sus abanicos, intentaban disipar no solo el calor sino también la incredulidad. ¿Carreras de autos en el Hipódromo de Belgrano? Una locura, una afrenta para los purasangres, un capricho de millonarios o, quizás, la primera señal de que el mundo estaba a punto de cambiar.


El domingo 7 de mayo de 1876, en ese mismo hipódromo, el caballo Resbaloso se convirtió en el primer ganador de una carrera en el Hipódromo Argentino, que por entonces se hallaba en el pueblo de Belgrano, en las actuales Libertador y Monroe. Veinticinco años después, el sábado 16 de noviembre de 1901, el escenario cambió.


En lugar de caballos, un grupo de audaces pilotos se preparaba para una competencia sin precedentes: la primera carrera automovilística del país, organizada como un acto de beneficencia por la Sociedad Damas de Caridad. Parte de lo recaudado iría a parar a las necesitadas arcas del Instituto Siglo XIX, que sostenía un asilo de ancianos.


Desde temprano, el gentío fue llegando, algunos atraídos por la curiosidad, otros por el chisme de que entre los corredores había apellidos de alcurnia. Ahí estaba Aarón Anchorena, con su porte de aventurero, y Marcelo Torcuato de Alvear, que aún no soñaba con el sillón presidencial pero ya jugaba a los duelos de honor, esta vez sobre cuatro ruedas.

Se decía que las máquinas eran cosa del demonio, que esos vehículos no podían competir con la nobleza de un pura sangre. Pero la multitud murmuraba y los murmullos, en Buenos Aires, siempre son augurio de pasiones.


Entre el público no solo había hombres de levita y chistera, sino también mujeres que miraban con ojos encendidos el espectáculo. Algunas, de la aristocracia porteña, agitaban sus abanicos con impaciencia; otras, con miradas desafiantes, parecían preguntarse por qué ellas no podían estar en la pista.


Clemencia y Virginia Tomkinson, Lola Santamarina, María Mayer Pellegrini, Cipriana Sáenz Peña, Josefina Bustillo, Enriqueta Lastra, María Magdalena Ezcurra, Alcira Agote y Leonor Uriburu no estaban allí solo para aplaudir: eran pioneras de un interés incipiente por la velocidad y la modernidad.


La primera carrera fue un fracaso rotundo: los pilotos no se presentaron, acaso vencidos por el sol rajante o por la resaca de la noche anterior en algún club exclusivo. Pero la segunda, destinada a automóviles de menos de 500 kilos, sí tuvo corredores.


Siete en total, y cada uno con su artefacto infernal. Los competidores fueron Juan Cassoulet, Marcelo Torcuato de Alvear, Aarón Anchorena, Juan Abella, Alcorta, Gismondi y Celestino Salgado, quien corrió con su propio prototipo artesanal. Había cinco Locomobile, un Rochester y un prototipo artesanal construido por Celestino Salgado, un mecánico argentino con más agallas que patrocinadores. Todos ellos llevaban un brazalete con el número de su auto en el brazo derecho, de manera que pudieran ser identificados desde la tribuna.


Parecían caballeros salidos de una comedia muda: encorvados sobre el timón, con los sombreros tambaleando al compás de los baches y el rostro endurecido por el viento y el humo. Un espectáculo de locura y elegancia, como si la aristocracia jugara a ser proletaria por una tarde.


Estos automóviles eran poco más que carros con motor: no tenían volante sino un timón, y los conductores manejaban con más fe que control. Los Locomobile, importados de Estados Unidos, funcionaban a vapor, con una caldera ardiente bajo el asiento. El Rochester, en cambio, rugía con bencina, y los pilotos debían abastecerse en tintorerías, que eran las únicas que almacenaban ese líquido inflamable.


Ahí estaba Cassoulet, hombre de manos engrasadas y mirada aviesa, montado en su bestia mecánica, enfrentándose a los niños de la alta sociedad.


La carrera, de mil cien metros, fue un mano a mano feroz. Los motores rugieron. Cassoulet y Alvear salieron disparados, sorteando baches y levantando una nube de polvo. El Rochester parecía un demonio de metal, vibrando con cada explosión de su motor. Alvear se adelantó, su Locomobile jadeando con el vapor a presión.


Alvear parecía tener la victoria en el bolsillo cuando su auto traicionó su linaje: una cadena saltó del engranaje y el aristócrata se vio obligado a contemplar cómo el hijo de la bencina le arrebataba la gloria. Cassoulet, con su Rochester humeante, cruzó la meta a 73 kilómetros por hora, mientras la tribuna aplaudía y las damas meneaban sus abanicos, más por la emoción que por el calor.


El fuego lamió el asiento, una llamarada repentina. Hubo gritos, mujeres llevándose las manos al pecho. Cassoulet no pestañeó. Con la calma de quien ha visto peores desgracias, cerró la válvula, arrancó los almohadones y sofocó el fuego con la precisión de un tahúr apagando un cigarro.


Cuando alzó la mirada, sonrió con suficiencia: "Me ensucié la ropa, pero salvé la galera". La cigarrera de premio que recibió ese día se conserva actualmente en el Museo Juan Manuel Fangio de Balcarce, un testimonio tangible de aquella jornada que marcó el inicio del automovilismo en Argentina. La tribuna explotó en risas y aplausos. Aquel hombre acababa de domar el fuego con la misma destreza con la que había domado el volante.


Alvear, furioso y ansioso de revancha, intentó apostarle una fortuna al vencedor para una segunda carrera. Cassoulet, que no tenía ni el auto ni el capital para semejante duelo, declinó con un encogimiento de hombros.


Pero la jornada no había terminado. En la última competencia, Alvear se desquitó: en un duelo contra Anchorena, venció con comodidad y se llevó su pequeño trofeo de consuelo.

En esta carrera, Alvear manejó un Panhard Levassor, un modelo francés con neumáticos Michelin. Era el mismo modelo que utilizaba Charles Stewart Rolls antes de asociarse con Frederick Henry Royce para fundar Rolls-Royce, la icónica marca de automóviles de lujo.


Alvear, en su Panhard Levassor, cruzó la meta con la sonrisa de quien sabe que la revancha es dulce. Ese auto, primo de los que Charles Rolls conducía por Europa, representaba algo más que una victoria personal: era la llegada de la aristocracia al automovilismo, el momento en que los apellidos ilustres se apoderaron de los motores. Argentina ya no miraría los autos con recelo. Ahora, eran parte del juego.


Entre el polvo, la velocidad y el estruendo de los motores, esa tarde del 16 de noviembre de 1901 quedó marcada como el día en que el automovilismo nació en la Argentina.


Nueve años después, en marzo de 1910, el automovilismo argentino viviría otro hito: la primera edición del Gran Premio Argentino de Carretera, que unió las ciudades de Buenos Aires y Córdoba. La competencia fue ganada por Juan Cassoulet a bordo de un De Dion Bouton, completando los 729 kilómetros del recorrido a un promedio de 24,723 km/h, consolidando así su nombre en la historia del automovilismo nacional.


El humo de la bencina se disipó, los motores se apagaron y las damas de la alta sociedad volvieron a sus salones. Pero algo había cambiado. La velocidad no era solo un juego de hombres, y aquellas mujeres que habían presenciado la carrera con el mismo fervor que los pilotos pronto encontrarían su lugar en esa historia.


La Argentina ya no volvería a ser la misma: el vértigo y la velocidad habían llegado para quedarse.


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