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Josefa Tenorio: La abanderada del Ejército de los Andes

Actualizado: 11 jul 2025


Año 1816. La patria era apenas una declaración en un papel. Las Provincias Unidas del Río de la Plata habían proclamado su independencia, pero España aún no aceptaba perder su dominio y enviaba tropas para sofocar la rebelión. En América del Sur, las guerras eran el pan de cada día. Mientras tanto, San Martín —ese loco lúcido— organizaba desde Mendoza lo que parecía imposible: cruzar la cordillera de los Andes con un ejército y liberar Chile primero, luego Perú, para quebrar el dominio realista desde su raíz.


Los esclavos miraban todo desde abajo. Algunos eran liberados para unirse al ejército, otros seguían siendo “propiedad”. Y todos sabían una cosa: si los realistas volvían, las cadenas también. La libertad era una promesa. Y podía borrarse de un día para otro.


Fue en ese contexto de vértigo, incertidumbre y violencia que Josefa Tenorio, una mujer negra, esclava, decidió tomar las riendas de su historia.


Josefa Tenorio no tenía derechos. No tenía apellido propio. No tenía libertad. Tenía las manos curtidas por el trabajo y la espalda cargada de silencio. Era esclava. Era mujer. Era negra. Tres condenas que en aquel tiempo significaban una sola cosa: no ser nadie. No tener voz. No tener destino.


Y, sin embargo, tenía lo que muchos hombres libres jamás tendrían: coraje. Un coraje seco, nacido de la necesidad, templado por el dolor y alimentado por el ansia feroz de no volver a ser propiedad. Cuando corrió el rumor de que los realistas estaban por regresar y que todos los esclavos liberados serían devueltos a sus cadenas, ella no esperó que nadie le dijera qué hacer. Se vistió de hombre, montó su caballo —el suyo propio, no prestado, no robado— y se presentó en el campamento del Plumerillo. No fue a mendigar un lugar entre los soldados. Fue a exigir lo que se había ganado sin haberlo recibido jamás: un sable, una pistola, y un lugar en el frente.


No fue por gloria. No fue por la historia. Fue por su vida. Por su cuerpo. Por su dignidad. Por no volver a ser vendida. Por no volver a agachar la cabeza ante la voz de una señora que la consideraba cosa. La miraron como se mira lo que no encaja. No era soldado, pero tampoco era intrusa. No era varón, pero tampoco se comportaba como una mujer del siglo. Era una grieta viva, una amenaza con uniforme. Y, sin embargo, el general Las Heras —que conocía el miedo detrás de los bigotes de muchos oficiales— no dudó. Le entregó una bandera. Le dio su lugar. “Abanderada”, dijo. Y nadie se atrevió a reír.


Entonces cruzó los Andes. No como figura pintoresca ni como nota al pie. Los cruzó como se cruza la vida: con los pulmones helados, el lomo del caballo herido por la roca y los ojos fijos en el horizonte. Cruzó con hambre, con frío, con ampollas en los pies y con un corazón que ardía con la certeza de que lo que venía del otro lado no era la gloria, sino la posibilidad —por fin— de elegir su destino. Peleó en Chacabuco, en Cancha Rayada, en Maipú. Y no sólo peleó: resistió. No se quebró. No pidió favores ni disculpas. Fue, como cualquier otro soldado. O tal vez no: fue más que cualquiera. Porque luchaba por todos sin que nadie lo supiera.


Después vino el Perú. Y con él, el Callao. La fortaleza más dura, más inexpugnable, más ensangrentada de la gesta libertadora. El 14 de agosto de 1821, Josefa Tenorio iba al frente de la caballería. Con 1150 patriotas detrás. En una mano la bandera. En la otra, el sable. Entró como un trueno. Como una sentencia. Como una rebelión encarnada. No tomó el fuerte, pero lo hirió. Como hiriendo a España misma. Y luego vinieron más batallas: San Borja, Chacra Alta, Copacabana, Puruchuca. Más fuego. Más lodo. Más muerte. Más olvido.


Y, sin embargo, no perdió la bandera. No perdió las armas. No perdió el alma.


Y un día, cuando el fragor cedió al silencio y la patria se acomodaba sobre el sacrificio de los cuerpos, le escribió a San Martín. No escribió como esclava. Ni como mujer. Ni como negra. Escribió como lo que era: un ser humano que había combatido como el mejor de sus hombres y que, por eso mismo, exigía lo que le correspondía. Su libertad. Nada más. Nada menos.


Carta de una esclava con sable al General San Martín


(Versión recreada a partir del texto original)


Señor General Don José de San Martín:


Habla una mujer.Habla una esclava. No tengo tierras ni nombre libre, pero tengo algo que vale más que todo eso junto: valor. Valor de ese que ni todos los hombres conocen.


Soy Josefa Tenorio, esclava de doña Gregoria Aguilar.Cuando corría el rumor de que los realistas volvían a esclavizar lo que la patria había liberado, no esperé a que me lo dijeran.


Me vestí de hombre, monté mi caballo y me presenté para recibir órdenes.


Me alistaron con sable y pistola. Patrullé. Rondeé. No me excusé a la fatiga.Salí a campaña con mi propio caballo. Y el General Las Heras me confió una bandera. Porque si alguien sabe lo que vale la libertad, es quien nació sin ella.


Fui asignada al cuerpo del General Dávalos. Estuve en el sitio del Callao, con sus tiros y su humo.Estuve en San Borja, en Chacra Alta, en Copacabana, en Puruchuca.Y en todas esas batallas, señor, sostuve la bandera. Y no la perdí.


Mi sexo no fue estorbo. Fue mi fuerza.Y si en un varón el coraje se celebra, en una mujer se multiplica.Por eso, señor, no pido limosna.Pido justicia.Pido que se me conceda lo único que todavía me falta:la libertad.


Porque he luchado por la patria como un soldado,y ahora, como mujer y como esclava,le hablo con el pecho en alto.


Josefa TenorioEsclava. Jinete. Soldado de la libertad.


San Martín la leyó.


Y respondió:“Téngase presente a la suplicante en el primer sorteo de libertad.”


No sabemos si esa libertad llegó. La historia se tragó a Josefa como se traga a las que no tienen apellido. No tiene estatua. Ni calle. Ni acto escolar.Pero tal vez, un pedazo de la Avenida Callao le pertenezca.Porque mientras otros posaban para los retratos, ella se batía a sablazos.


Y si algún día alguien dice que no hubo heroínas,muéstrele esta carta. Y pregúntele qué haría si tuviera que ganarse la libertad con un sable en la mano.


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Bibliografía

  • La mujer en la guerra de la independencia argentina, Roberto Claudio Arnaiz, 2024, Amazon Kindle Edition.

  • Mujeres afroargentinas: de la esclavitud a la lucha por la libertad, Miriam Gomes, 2010, Editorial Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires.

  • La libertad de los esclavos en el proceso revolucionario argentino, Silvia Mallo, 2005, Ediciones del Copista, Córdoba.

  • Heroínas silenciadas de la independencia, Patricia Pasquali, 2007, Editorial Planeta, Buenos Aires.

  • Afroargentinos: memoria, identidad y justicia, Norberto Pablo Cirio, 2014, Editorial Biblos, Buenos Aires.

  • Las negras en la independencia, Nancy Calvo, 2011, en Revista Todo es Historia, N.º 511, Buenos Aires.

  • De esclavas a libertas: la participación de mujeres negras en la emancipación americana, Carla Marano, 2020, CLACSO, Buenos Aires.


 
 
 

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