top of page
  • Facebook
  • Instagram
Buscar

Juana Azurduy: La Mujer que Hizo Temblar a los Imperios

Actualizado: 11 jul 2025


 

La historia siempre recuerda a los que firman tratados, a los que pronuncian discursos en grandes salones, a los que dan órdenes desde la seguridad de sus despachos. Pero pocas veces recuerda a los que lucharon en el campo de batalla, a los que enfrentaron la adversidad con coraje y sacrificio.


Y si además se trata de una mujer, el olvido es aún mayor. Porque la historia la escribieron hombres, y pocas veces reconoce el papel de aquellas que desafiaron su tiempo. Pero hay nombres que, por más que intenten ser silenciados, siguen resonando en la memoria de los pueblos. Juana Azurduy es uno de ellos.


No nació para la guerra, pero la guerra la encontró. Hija de una familia mestiza, conoció desde pequeña lo que era estar en un mundo donde las diferencias de cuna marcaban destinos. La orfandad la golpeó temprano y fue enviada a un convento, pero no estaba hecha para la obediencia ciega ni para el encierro.


Se casó con Manuel Ascencio Padilla, un hombre que no buscaba riquezas ni títulos, sino libertad. Juntos decidieron pelear por una patria que aún no existía. Y cuando el Alto Perú se convirtió en un escenario de resistencia, cuando las tropas realistas intentaban sofocar la revolución, Juana no esperó órdenes ni pidió permiso. Actuó.


Organizó su propia fuerza de combate. No eran soldados de uniforme ni ejércitos regulares. Eran campesinos, indígenas, esclavos escapados, hombres y mujeres que solo tenían dos opciones: pelear o ser sometidos. Los realistas la llamaban rebelde, insurgente, agitadora. Pero ella no se detuvo.


Juana y Padilla lideraron una resistencia feroz, pero la guerra no perdona. En 1816, su esposo fue capturado por los realistas. Lo llevaron encadenado, con la intención de ejecutarlo como escarmiento para los insurgentes. Cualquier otra persona habría aceptado el destino y llorado la pérdida. Pero Juana no era cualquier persona.


No esperó refuerzos, no imploró piedad. Juntó a sus tropas, montó a caballo y atacó el fuerte donde lo tenían prisionero. No fue una operación de rescate cuidadosa. Fue un asalto directo, inesperado, violento. Los centinelas realistas, confiados en que nadie se atrevería a intentar algo así, fueron sorprendidos en la madrugada por un relámpago de pólvora y acero.


Los patriotas irrumpieron con furia. No había tiempo para negociaciones ni para dudas. Los enemigos cayeron antes de entender lo que estaba pasando. En el caos de la batalla, Juana llegó hasta donde estaba su esposo. Lo liberó con sus propias manos y juntos salieron del fuerte en medio del combate. Para los realistas fue una humillación. Para los insurgentes, una victoria que los llenó de fuerza.


Pero la guerra no solo le exigió coraje en el combate. Pagó un precio altísimo. Perdió a sus cuatro hijos en el fragor de la lucha, criados entre los cerros y los disparos. Uno a uno, los vio morir. Y en 1816, perdió a su esposo. Padilla fue atrapado de nuevo por los realistas y ejecutado brutalmente. No dejaron ni siquiera que recuperara su cuerpo.


Juana no solo peleó, fue reconocida en el campo de batalla. En 1816, el general Manuel Belgrano, impresionado por su valentía, le otorgó el rango de teniente coronel y le entregó su propio sable como símbolo de respeto. No era una simple guerrillera: era una líder militar.


Y no fue solo un título. Sufrió más de 20 heridas en combate. Peleó con el cuerpo marcado por la guerra, con cicatrices que hablaban de batallas donde estuvo al frente. Cada herida, un sacrificio. Cada cicatriz, un símbolo de resistencia.


La peor herida no se la dejó la guerra, sino la patria por la que peleó. Cuando la independencia se consolidó, cuando los nuevos gobiernos comenzaron a establecerse, los reconocimientos no llegaron para ella. No hubo homenajes, no hubo recompensas. Quedó en el olvido, en la pobreza, lejos de los honores que otros recibieron sin haber peleado en el frente.


En su vejez, pidió ayuda al gobierno para regresar a su tierra. No pedía riquezas, solo una oportunidad de volver al lugar donde había peleado por la independencia. ¿Y qué le dieron? Dos mulas.


Nada más.


No títulos, no tierras, no reconocimiento. Dos mulas, como si la grandeza de su sacrificio pudiera pagarse con el mismo trato que a un arriero. Y con eso, volvió a la tierra que tanto defendió. Pobre, olvidada, pero con la dignidad intacta.


Murió en condiciones difíciles, lejos del reconocimiento que merecía. La mujer que había dirigido ejércitos terminó sin tierras, sin recursos, con el peso de los años y la indiferencia de aquellos que se beneficiaron de su lucha.


Pero las figuras como la suya nunca desaparecen del todo. Porque la historia puede tardar en hacer justicia, pero no puede ignorar para siempre a quienes la forjaron con su esfuerzo.

Hoy, cuando pensamos en aquellos que entregaron su vida por la libertad, su nombre sigue ahí, firme como la tierra que defendió.


Porque los pueblos pueden olvidar, pero siempre llega el momento en que la memoria los alcanza.


💬 ¿Querés estar al tanto de todas nuestras novedades, contenido exclusivo y adelantos?Sumate GRATIS a nuestro canal de WhatsApp 👇https://whatsapp.com/channel/0029VbAZWrU3QxS2P0MWqE1f



 
 
 

Comentarios


¿Queres ser el primero en enterarte de los nuevos lanzamientos y promociones?

Serás el primero en enterarte de los lanzamientos

© 2025 Creado por Ignacio Arnaiz

bottom of page