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Juana Moro: la mujer que hizo de las paredes una trinchera

Algunas personas entran en la historia a caballo, con uniforme y sable. Otras lo hacen por una puerta lateral, con un mensaje entre la ropa y una mirada capaz de contar soldados sin despertar sospechas. Juana Gabriela Moro perteneció a esta segunda estirpe.


Nació en San Salvador de Jujuy el 26 de mayo de 1785. Tras casarse con el coronel Jerónimo López, se instaló en Salta. La ciudad era entonces una bisagra de la guerra: por sus calles circulaban tropas, heridos, comerciantes, espías y noticias capaces de salvar un ejército o entregarlo al adversario.


Allí abrazó la causa revolucionaria. No necesitó un fusil. Comprendió que una campaña también se decide antes del primer disparo, cuando alguien descubre por dónde avanzará el enemigo, cuántos hombres lleva o cuál de sus oficiales duda de la bandera que defiende.


La información fue su arma.


Una red con ojos en todas partes


Junto con María Loreto Sánchez Peón de Frías y otras mujeres salteñas, integró una red de inteligencia que observaba los movimientos realistas y enviaba datos a los patriotas. Contaban hombres y pertrechos, ocultaban papeles, escuchaban conversaciones y hacían circular mensajes sin que cayeran en manos enemigas.


Aquella organización carecía de engranajes visibles. Una visita podía encubrir una reunión política; una criada, transportar una contraseña; una frase pronunciada junto a una ventana, llegar horas después a los jefes revolucionarios.


La eficacia de ese trabajo inquietó a los mandos españoles. Al general Joaquín de la Pezuela se le atribuye una queja que terminó convertida en elogio: «Cada una de ellas es una espía vigilante y puntual».


¿Cómo combatir contra una organización sin uniforme? ¿Cómo vigilar una ciudad donde cualquier patio, cocina o tertulia podía funcionar como puesto de observación? Estas mujeres transformaron los espacios cotidianos, considerados ajenos a la política, en piezas decisivas de la revolución.


La batalla antes del combate


Uno de los episodios más recordados de su vida ocurrió antes de la batalla de Salta, librada el 20 de febrero de 1813. Según la tradición, Juana influyó sobre Juan José Feliciano Fernández Campero —conocido más tarde como el marqués de Yavi— y otros oficiales para que abandonaran las filas realistas.


De haber sucedido tal como se cuenta, consiguió quitarle hombres al adversario sin disparar una bala. Las deserciones habrían debilitado al ejército de Pío Tristán y favorecido la victoria de Manuel Belgrano.


El episodio combina documentos incompletos y memoria popular. Esa cautela no le resta sentido histórico. Un ejército no se compone únicamente de cuerpos, armas y caballos: también depende de la confianza. Cuando esta se quiebra, hasta el batallón más firme camina sobre arena. Juana sabía trabajar sobre esa grieta.


También recorría los caminos entre Salta, Jujuy y Orán para transportar noticias. Se disfrazaba de paisana y, según algunas versiones, de gaucho. Modificaba la ropa y el andar para cruzar puestos de vigilancia, esquivar patrullas y responder preguntas en las que podía jugarse la vida.


Parece una aventura de novela, pero era la guerra.


La Emparedada


Los realistas acabaron por capturarla. La encadenaron y sometieron a interrogatorios para obtener nombres, contactos y recorridos. Buscaban desarmar la organización tirando de uno de sus hilos. Juana guardó silencio.


El castigo le daría su nombre más perdurable. Por orden atribuida a Pezuela, fue encerrada en una habitación de su propia casa. Tapiaron las aberturas y la condenaron al hambre y la sed.


Los muros debían ser su sepultura. Una familia vecina frustró el propósito: abrió un boquete y le acercó agua y alimentos. Gracias a ese auxilio sobrevivió hasta la retirada de las tropas españolas. La memoria popular la llamó desde entonces «la Emparedada».


La escena encierra una justicia luminosa. El poder levantó ladrillos para aislarla; la solidaridad abrió un paso para mantenerla con vida. La orden militar fue vencida por unas manos anónimas al otro lado de la medianera.


El derecho a formar parte


Su actividad pública continuó después de la Independencia. Años más tarde integró el grupo de mujeres que reclamó el derecho a jurar la Constitución Nacional.


Visto desde el presente, el gesto podría parecer ceremonial. En una sociedad que reservaba la ciudadanía política a los varones, encerraba una afirmación enorme: ellas también habían fundado el país. Llevaron mensajes, protegieron soldados, reunieron datos, soportaron interrogatorios y arriesgaron la vida; ahora exigían un lugar visible en la comunidad nacida de ese esfuerzo.


Juana murió en Salta el 17 de diciembre de 1874. Alcanzó a ver cómo aquel territorio incierto, atravesado en su juventud bajo identidades prestadas, se convertía en una nación.


El arma invisible


Durante mucho tiempo, las guerras fueron narradas como si solo hubieran existido los campos de batalla: generales, partes militares y cargas de caballería. Sin embargo, ningún ejército avanza demasiado a ciegas.


Las campañas de Manuel Belgrano, la resistencia conducida por Martín Miguel de Güemes y la Guerra Gaucha requirieron personas capaces de observar, informar, esconder, persuadir y sostener la confianza de una población. La red de Juana Moro cumplió esa tarea indispensable.


Por eso merece un lugar destacado entre las Mujeres de fuego y acero. Su coraje no necesitó estruendo: cambió de ropa, cruzó puestos de guardia, protegió secretos y resistió detrás de una pared. Combatió con el arma más silenciosa de todas: saber lo que el enemigo ignoraba.



 
 
 

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