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La Capitana del Monte: Margarita, la mocoví que cabalga entre la historia y el mito

Actualizado: 11 jul

Hay paisajes que no perdonan. Y hay historias que no se escriben con tinta, sino con polvo, viento y memoria obstinada. Los llanos chaqueños —ese territorio áspero donde el horizonte parece arder de tanto callar— guardan una figura que resiste al olvido. Una presencia firme entre los troncos torcidos y los esteros humeantes. Margarita, la mujer mocoví que tomó el liderazgo de su pueblo cuando todo se venía abajo. Los jesuitas, sorprendidos, la nombraron con una mezcla de admiración y desconcierto: “la capitana”.


Era el siglo XVIII. El Virreinato del Río de la Plata extendía sus garras hacia el norte, empujando fronteras, repartiendo tierras que no le pertenecían, cristianizando con la cruz en una mano y el fusil en la otra. En medio de ese avance brutal, las misiones jesuíticas aparecían como la solución piadosa: prometían paz, pero traían otras cadenas. La sedentarización forzada. La pérdida de la lengua. El bautismo obligatorio. La vida organizada al ritmo del campanario, no del monte.


Para los mocovíes, aquello era muerte lenta. Ellos —miembros de la gran familia guaycurú— eran pueblos de movimiento, de caza, de río, de palabra dicha al calor del fuego. Su territorio abarcaba lo que hoy llamamos Chaco, Formosa y el norte de Santa Fe. Vivían en tolderías que se trasladaban según las estaciones, leían el mundo en las pisadas del jaguar y en el canto de los pájaros. No buscaban domesticar la tierra: la escuchaban.


Con la llegada del caballo, se volvieron jinetes legendarios. Y con la llegada del cristianismo, comenzó la resistencia. En su cosmovisión, todo estaba unido: lo humano, lo animal, lo invisible. El piogonak, chamán o guía espiritual, no sólo curaba: soñaba por todos. Y si bien los hombres solían ocupar roles visibles de poder, las mujeres también podían ser chamanas, sanadoras, sabias. La autoridad no se heredaba por sangre, sino por visión, por coraje, por conexión con los espíritus.


Y así surgió Margarita. Su padre, jefe respetado, murió en combate. La comunidad quedó acéfala, al borde del desarraigo. Y fue ella —joven, mujer, sin más escudo que su temple— quien se levantó. No hubo elección ni ceremonia. Sólo necesidad. Y esa necesidad la convirtió en líder.


Los misioneros la observaron con asombro. El padre Florián Paucke, que vivió entre 1749 y 1767 entre los mocovíes de la misión San Javier, escribió en sus cartas una frase que el tiempo no logró borrar: “Margarita manda con voz firme y no teme al caballo ni al fusil.” Esta cita, aunque evocadora, ha sido objeto de distintas interpretaciones.


Algunos estudiosos la consideran prueba de una figura concreta; otros creen que se trata de una idealización o de una mujer anónima. Hasta hoy, no hay pruebas firmes ni consenso académico sobre la existencia histórica de Margarita como personaje individual.


Pero el pueblo mocoví no necesita archivos notariales para recordar. Su historia no se guarda en bibliotecas, sino en la voz de los mayores, en la lengua que resiste, en los relatos que aún caminan por el monte. La historia oral —esa forma viva de memoria— es parte esencial de su identidad. Tal vez Margarita no haya sido una, sino muchas. Tal vez el nombre sea símbolo de todas aquellas mujeres que supieron guiar, resistir y sanar cuando el mundo se les venía encima.


No era un símbolo decorativo. No era una esposa que heredaba poder. Era la única capaz de sostener a su gente sin doblar la espalda.


Negociaba con criollos. Pedía caballos, no bendiciones. Exigía respeto, no limosnas. Cuando el hambre apretaba, organizaba la partida. Cuando los soldados llegaban, decidía la defensa o la retirada. No hablaba latín ni escribía cartas, pero cada palabra suya tenía el peso de un decreto y el eco de una profecía.


Una noche, cuando la toldería dormía, se sentó bajo un algarrobo. Cerró los ojos. El viento del monte hablaba en susurros. En el sueño, la voz de su padre volvió: “No tengas miedo del poder. El monte respeta a quien no tiembla.” Y al amanecer, cuando todos despertaron, Margarita ya había decidido el rumbo.


Imaginá la escena. El sol cae a plomo. El monte huele a miedo y a savia. Un grupo mocoví en retirada. Margarita al frente. Su lanza corta en la espalda. Su mirada recta. Caminaba con la firmeza del que lleva no solo un pueblo, sino la memoria. Los hombres no obedecían por obligación: obedecían porque confiaban. Las mujeres la seguían como se sigue a una madre que no abandona. Y los niños, sin saberlo, aprendían a mirar el mundo sin agachar la cabeza.


En Buenos Aires, las mujeres necesitaban la firma de un marido para vender una vaca. En el Chaco, en cambio, una mocoví decidía el destino de un pueblo. Mientras en los conventos se discutía si la mujer tenía alma, Margarita tejía alianzas y rutas con la astucia de una estratega y la paciencia de una curandera.


No sabemos cómo murió. Los documentos callan. Tal vez fue tragada por el monte. Tal vez envejeció en silencio, sabiendo que su obra no era recordada, pero sí vivida. O quizás se convirtió en parte del paisaje: una sombra fresca al pie de un quebracho, una brisa que sacude los pastizales cuando alguien tiene miedo.


Porque Margarita no pidió permiso. No pidió perdón. Y no dejó descendientes de sangre real: dejó ejemplo.


Y si hoy una niña mocoví sueña con andar a caballo y mandar sin temer, no importa si hubo una sola Margarita o muchas: es ella quien le guía el corazón.


Y no estuvo sola. Como ella, Anahí, la flor guaraní que ardió cantando, y María la Grande, la matriarca tehuelche que negoció con Vernet. Como Aimé Painé, que cantó en mapudungun cuando el país la quería muda. Todas sostuvieron la dignidad como si fuera un hijo. Todas, como Margarita, cabalgaron contra la historia.


Y mientras haya mujeres que se levanten sin pedir permiso, la capitana seguirá cabalgando por los llanos. Tal vez no desde la historia escrita, pero sí desde el corazón del monte y la memoria de su pueblo. Porque algunas verdades, aunque no se documenten, se sienten. Y esas también valen.


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Bibliografía

  • Nuestros paisanos los indios, Carlos Martínez Sarasola, 1992, Editorial Del Nuevo Extremo, Buenos Aires.

  • Religión y poder en las misiones guaraníes, Guillermo Wilde, 2009, Editorial SB, Buenos Aires.

  • Hacia allá y para acá. Relato de mis años entre los mocovíes, Florián Paucke, 1942 (ed. facsimilar), Editorial Guadalupe, Santa Fe.

  • Relación de las misiones en el Chaco, Florián Paucke, edición crítica 2000, UNL, Santa Fe.

  • Saberes, cuerpos y sexualidades indígenas, Silvia Hirsch (comp.), 2010, Editorial Biblos, Buenos Aires.

  • Una excursión a los indios ranqueles, Lucio V. Mansilla, 1870 (edición moderna: 2005), Editorial Losada, Buenos Aires.

  • Aimé Painé: la voz mapuche que no quiso callar, Susana Mitchell, 2021, Editorial Marea, Buenos Aires.

  • Ensayos, Michel de Montaigne, 1580 (edición moderna: 2007), Editorial Cátedra, Madrid.

  • Código Civil de la República Argentina, Dalmacio Vélez Sarsfield, 1869, Edición Oficial, Buenos Aires.



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