La cena de fin de año en Barranqueras, Chaco
- Roberto Arnaiz
- 1 ene 2025
- 3 Min. de lectura
La noche de fin de año en Barranqueras era un abrazo caluroso y pegajoso, el tipo de calor que te hace pensar si realmente es verano o un ensayo general del infierno. Los mosquitos zumbaban como si tuvieran una misión divina, y la gente, resignada, había sacado las mesas a la vereda. Dentro de las casas, el ventilador giraba lento, apenas empujando el aire caliente, como un viejo cansado que ya no quiere trabajar.
Las mesas eran una obra de arte del ingenio barrial: tablones, puertas viejas y hasta el carrito de la ferretería del tío Chacho hacían de soporte. Las sillas, una colección dispar: las de plástico con manchas de sol, una de madera que cojeaba como el abuelo después de un día largo, y un banquito bajito que siempre le tocaba al último en sentarse.
En la parrilla, el Tano Moretti comandaba el asado como un general en batalla. “¡No me miren la carne, que se quema de vergüenza!”, rugía, mientras giraba las costillas con un arte que parecía heredado de generaciones. Un perro flaco, con las costillas marcadas, husmeaba alrededor, más esperanzado que muchos de los brindis que se harían esa noche.
El aire vibraba con sonidos bien chaqueños. Desde una radio AM, llena de cinta adhesiva y memoria, salía un chamamé triste que hablaba de ríos y ausencias. Por otro lado, la hija de Doña Elsa peleaba con el parlante Bluetooth para que la cumbia no se interrumpiera, mientras los chicos descalzos zapateaban en la vereda como si el piso no estuviera ardiendo. Y en el fondo, el canto de los grillos, ese coro eterno que nunca pide permiso ni se cansa.
Las mujeres iban y venían con bandejas de ensaladas que parecían sobrevivir de año en año, siempre las mismas, siempre infaltables. La rusa, con más mayonesa que papa; la de tomate y cebolla, que nadie tocaba; y el arroz con mayonesa, que a última hora alguien decoraba con una lata de arvejas. En la cocina, la abuela Rosa lideraba la operación con un delantal desteñido que alguna vez dijo “Reina del Hogar”. “¡Traigan el clericó y no hagan lío!”, ordenaba, mientras el abuelo Dionisio se servía otro vaso de vino casero, riéndose con esa risa ronca que parecía venir de otro siglo.
Los pibes jugaban a la pelota, pero el verdadero espectáculo eran los petardos. Martín, con la audacia propia de los ocho años, encendía una chaski boom mientras su padre le gritaba: “¡Te vas a volar los dedos, nene!”. Pero Martín, que conocía más a los petardos que a la tabla de multiplicar, seguía adelante y apuntaba al pie de su hermano menor, que corría al grito de “¡mámaaaa!”.
A las doce, el barrio entero estalló. No solo en fuegos artificiales, que iluminaban el cielo y las chapas oxidadas de las casas, sino en ese grito compartido de “¡Feliz Año!”. Las copas de plástico chocaban con las de vidrio viejo, y el sonido era una mezcla extraña pero sincera. La sidra barata explotaba en chorros espumosos, y hasta el perro tuvo su festín con un hueso que alguien dejó caer.
La gente se abrazaba con esa mezcla de ternura y cansancio que solo da la vida vivida a pulmón. “Que este año sea mejor, aunque sea un poquito”, decía Don Raúl, con la mirada en el cielo, mientras su esposa asentía y le acomodaba la camisa arrugada. Los chicos seguían corriendo, el chamamé seguía sonando, y en las mesas quedaban restos de pan dulce y esa indefinible sensación de haber compartido algo verdadero.
Así era el fin de año en Barranqueras: una celebración sin lujo, pero con alma. Una noche donde, entre el calor, las risas y la nostalgia, el barrio se recordaba a sí mismo que, aunque la vida no siempre es generosa, acá seguimos, juntos, arrancándole a la existencia un brindis más. Un abrazo del alma de gente buena y dura como los quebrachales, pero de mano abierta y corazón noble.




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