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La gotita de agua, un ejemplo a imitar


 Era un infierno, un monstruo despiadado que se tragaba todo a su paso. El bosque, ese refugio de sombras y secretos, ardía con un rugido que parecía venir del centro mismo de la tierra. Los árboles se alzaban como antorchas, los troncos crujían como huesos rotos y el aire se volvía irrespirable, pesado como una sentencia. Los animales, aterrados, huían en estampida, arrastrando con ellos el eco de su miedo. Todos, menos un colibrí.


El colibrí era un ser diminuto, una chispa de vida que apenas se distinguía en medio de la devastación. Sus plumas brillaban con un destello de colores que contrastaba con la oscuridad que lo rodeaba. Pero ahí estaba, yendo y viniendo como un condenado. Volaba hasta el río, recogía una gota de agua con su diminuto pico y la arrojaba contra las llamas. Una gota. Solo una. Y volvía al río. Y otra vez. Su esfuerzo era tan minúsculo que parecía una burla grotesca ante la inmensidad del desastre.


Desde una roca ennegrecida por el humo, un oso viejo lo observaba con esa mezcla de desprecio y curiosidad que solo tienen los que han vivido demasiado. Su enorme cuerpo, cubierto de cenizas, se movía con la pesadez de alguien que había visto el mundo arder demasiadas veces. Resopló, sacudió la cabeza y finalmente lo llamó:


—¿Qué te pasa, pajarito? ¿Creés que con esa gotita de agua vas a apagar algo? Dejá de hacer el ridículo y salí de acá.

El colibrí se detuvo apenas un instante, lo justo para clavarle sus ojos pequeños pero llenos de algo que el oso había olvidado hace mucho: propósito.

—No sé si voy a apagar el fuego —dijo con una calma feroz—, pero estoy haciendo mi parte.


El oso resopló otra vez, esta vez sin tanta convicción. Miró al pájaro alejarse de nuevo hacia el río, como si ese vuelo torpe y obstinado tuviera algún sentido. Y entonces, sin entender del todo por qué, sintió un calor distinto al de las llamas, algo que le apretó el pecho. Bajó de la roca, gruñendo con una mezcla de rabia y resignación, y se acercó al río.


Pronto, otros animales comenzaron a detenerse. Primero un conejo, que mojó hojas con sus patas temblorosas. Luego un zorro, que improvisó un pequeño canal con ramas húmedas. Incluso las aves más grandes empezaron a volar en dirección al incendio, cargando pequeñas gotas o ramas empapadas. Lo que había comenzado como un gesto insignificante se transformó en una especie de locura colectiva. Cada animal, desde el más fuerte hasta el más pequeño, encontraba una forma de contribuir. Todos ponían algo. Todos hacían su parte.


El fuego seguía siendo monstruoso, pero el bosque ya no se entregaba sin pelear. Las llamas, que antes parecían invencibles, empezaron a retroceder como una bestia acorralada. Cada gota que caía sobre ellas llevaba un mensaje: “No ganarás tan fácil”.


Cuando finalmente las llamas se extinguieron, el bosque no era el mismo. De las cenizas comenzaron a emerger brotes verdes, tímidos pero decididos, como una promesa. Los animales, exhaustos, miraban con incredulidad y esperanza cómo la vida regresaba. Lo que antes era destrucción ahora era oportunidad: un nuevo comienzo.


El oso, ahora sentado junto al río, miró al colibrí volar una última vez. Y pensó: “No era el tamaño de la gota. Era la decisión de enfrentar al fuego”.


Y ahí estaba la lección que se le clavaba como una espina en el alma. No era solo sobre el incendio, no. Era sobre esa ciudad que él había dejado tiempo atrás, donde los hombres apilaban sus miserias en edificios grises y esperaban que otros arreglaran el desastre. El colibrí era esa chispa que les faltaba: la voluntad de actuar, de rebelarse contra lo inevitable.


Porque, al final, no hay incendios solo en los bosques; los hay en los barrios, en las almas, en las calles llenas de basura que nadie recoge. Y aunque parezca inútil, aunque el fuego sea demasiado grande, alguien tiene que dar el primer paso.


Porque no se trata solo de sobrevivir; se trata de resistir, de no resignarse a que el mundo sea un lugar consumido por las llamas de la indiferencia. Cada gota cuenta, aunque el incendio parezca eterno. Y si no lo apagamos, al menos habremos peleado.


Este es un cuento popular de autor desconocido, adaptado con toques personales para destacar su mensaje universal.


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