La Primera Invasión Inglesa: cuando Buenos Aires despertó
- Roberto Arnaiz
- 21 may
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 4 jun
Todo parecía tranquilo. Una ciudad dormida entre veredas de barro, moscas de plaza y faroles de aceite. El 24 de junio de 1806, mientras la aristocracia porteña aplaudía en la casa de las comedias una función de El sí de las niñas, la historia real bajaba por el río envuelta en niebla inglesa, botas mojadas y pólvora seca. Y nadie lo vio venir. O peor: lo vieron… y no hicieron nada.
William Carr Beresford, inglés de rostro serio, un ojo menos y ambiciones sobradas, no esperó órdenes de Londres. Estaba apostado en el Cabo de Buena Esperanza cuando un comerciante norteamericano —William Porter White, residente en Buenos Aires— le susurró que esa ciudad era una fruta madura: sin defensa, con plata, comercio, ganado y aristócratas más preocupados por los abanicos que por los cañones. Beresford no dudó. Armó una expedición de 1.635 hombres y zarpó hacia el Río de la Plata con la seguridad de que podía conquistar una ciudad de 60.000 habitantes… y tuvo razón.
Mientras los mapas de Europa se redibujaban a cañonazos del otro lado del Atlántico, Buenos Aires vivía en un limbo colonial. Napoleón devoraba países con la voracidad de un emperador insomne. España tambaleaba como un borracho que se alía con Francia para no caer. Inglaterra, asfixiada por el bloqueo continental, buscaba mercados nuevos como un tiburón con hambre vieja. ¿Dónde? En el sur. En el Virreinato del Río de la Plata. Una joya colonial, lejana, rica y mal defendida.
Rafael de Sobremonte, virrey sevillano de voz lenta y reacción más lenta aún, brindaba esa noche por el cumpleaños de su futuro yerno, en el Fuerte. Luego se fue, bien peinado, al teatro. Le pasaron un mensaje en pleno segundo acto. Era Liniers, desde Ensenada: los ingleses estaban en la costa. Sobremonte arrugó el papel y se levantó sin decir palabra. No organizó defensa. No formó línea. Se esfumó como un fantasma burocrático.
El 27 de junio, los ingleses entraron en fila india, disfrazando marineros de soldados para parecer más. Marcharon como si fueran miles. Las damas de la alta sociedad los aplaudían desde los balcones. Mariquita Sánchez de Thompson los describió como “las tropas más lindas del mundo”. El brigadier José Ignacio de la Quintana rindió la ciudad sin saber siquiera de qué color era el uniforme del enemigo. Y así, sin disparar una bala, Buenos Aires cayó.
Mientras tanto, Sobremonte huía. Pero no con las manos vacías. Se llevó consigo el tesoro de la Real Hacienda, del Consulado, de Correos, de Tabacos, de la Real Compañía de Filipinas… y 9.000 onzas de oro de su propiedad personal. Más de un millón de libras esterlinas de 1806. Beresford, ni lento ni perezoso, envió una patrulla de 30 hombres al mando del capitán Arbuthnot. Interceptaron el convoy en Luján y se llevaron todo. Una fortuna que, traducida a valor actual, equivale a más de 1.500 millones de dólares. Ese dinero jamás volvió. Sigue allá, en Londres, en algún banco, en alguna bóveda con olor a humedad y desmemoria.
Los ingleses, durante los 46 días que duró su ocupación, jugaron al virrey ilustrado. Declararon el libre comercio, dejaron funcionar al Cabildo, pidieron que los criollos juraran fidelidad al rey británico en un libro escondido. Algunos firmaban de noche, para que no los vieran. Otros, como Belgrano, cruzaron a la Banda Oriental. Pero el pueblo, ese que parece dormido pero nunca vencido, empezó a hervir.
Y entonces apareció él. Jacques de Liniers, o Santiago como lo llamaban acá. Nacido en Niort, Francia, en 1753, hijo de un conde, oficial de marina formado en la Armada francesa y luego en la española. Había peleado en el Mediterráneo, en el Caribe, en África. No participó en Trafalgar, porque desde 1804 estaba ya en Montevideo, destinado como jefe del Apostadero Naval del Río de la Plata. No era criollo. Pero tenía algo que ni Sobremonte ni sus oficiales virreinales mostraron: coraje. Cuando supo que Buenos Aires se había entregado sin luchar, no pidió permiso. Se movió.
Desde Montevideo, organizó lo que tenía y lo que encontraba: tropas regulares, criollos hartos, negros libertos, paraguayos, gauchos con lanza de quebracho, comerciantes con dignidad herida y hasta frailes con machete. Se formaron cuerpos nuevos: el Regimiento de Patricios, al mando de Cornelio Saavedra; los Arribeños, los Montañeses, los Cántabros Montañeses, los Pardos y Morenos, donde muchos esclavos ganaban su libertad combatiendo. Martín de Álzaga, comerciante español con alma de conspirador, no solo puso plata: tejió redes políticas, reclutó patriotas y trazó en su mente un Buenos Aires sin franceses ni virreyes. Las mujeres hicieron lo que siempre hacen cuando el país se rompe: curaron, espiaron, cocinaron, pelearon. Y también cargaron fusiles.
Pero no fueron solo los nombres grandes. La historia oficial hablará de generales, pero la pólvora la llevaban los panaderos, los aguateros, las mulatas, los negros libres, las chinas con navaja en la enagua. Ellos no tienen estatua, pero sin ellos no habría historia.
El 12 de agosto de 1806, Liniers cruzó el Plata, rodeó la ciudad y reconquistó Buenos Aires cuadra por cuadra, balcón por balcón. Se combatió casa por casa. Hubo fuego cruzado en las esquinas, artillería improvisada y una población que, ahora sí, peleaba. Murieron alrededor de 300 hombres. Más de 1.100 ingleses fueron hechos prisioneros. Y Beresford, pálido, empapado, humillado, entregó su espada sin decir una palabra. Ya lo había dicho todo el fuego.
Esa ciudad que había sido entregada sin resistencia, ahora se había ganado a fuerza de coraje. El Cabildo, sin esperar autorización de nadie, declaró a Santiago de Liniers comandante general de armas y responsable político de la ciudad. Sobremonte fue dejado de lado. Lo desautorizaron con el mismo silencio con el que él había abandonado el teatro. Ese día no solo cayó un ejército invasor. También se desmoronó el poder vertical del virrey impuesto desde Madrid. Por primera vez en estas tierras, el poder dejó de bajar desde una corona y comenzó a subir desde las calles. El pueblo había elegido a su líder. No con papeletas. Con pólvora.
Sin saberlo, aquel 12 de agosto se había parido algo más grande que una victoria. Se había roto la obediencia ciega. Ya no habría vuelta atrás. En esa espada inglesa rendida estaba el eco de otra batalla que llegaría cuatro años después, con el Cabildo Abierto y un pueblo que ya sabía quién era.
Y no era casual. Porque el pueblo español, lo demostraría poco después, no se dejaba invadir. Lo haría en la península, cuando Napoleón creyó que con ocupar Madrid tenía todo bajo control… hasta que los campesinos, los curas, las mujeres, los viejos y los niños se le alzaron con cuchillos de cocina y garrotes. Acá pasó lo mismo. Tal vez sin experiencia. Pero con la misma sangre. Con el mismo fuego.
Los ingleses creyeron que con un par de tambores y un discurso de libre comercio podían quedarse para siempre. Tomaron una ciudad. Se llevaron una fortuna. Y se fueron creyendo que todo había terminado. Pero no sabían que lo que habían despertado… ya no se podía volver a dormir.
Y cuando el último barco se alejó por el río marrón, una vieja con trenza y poncho, parada en un balcón de San Telmo, murmuró bajito: “Ahora sí, ya no somos los mismos”.
Bibliografía
Invasiones inglesas: defensa y recuperación de Buenos Aires (1806–1807), Ricardo de Titto, 2006, Editorial Aguilar, Buenos Aires.
Santiago de Liniers. El hombre que salvó la patria, Norberto Galasso, 2002, Editorial Colihue, Buenos Aires.
Martín de Álzaga: el vasco que enfrentó a los ingleses y a los criollos, Félix Luna, 1998, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.
La Reconquista de Buenos Aires, Enrique de Gandía, 1944, Editorial Peuser, Buenos Aires.
Belgrano: el hombre del Bicentenario, María Sáenz Quesada, 2010, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.
Historia de los negros argentinos, Jorge B. Montoya, 1992, Ediciones de la Flor, Buenos Aires.
La guerra de los mundos hispánicos, Tulio Halperín Donghi, 2007, Editorial Ariel, Barcelona.






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