La retirada de Cancha Rayada y el accionar de Las Heras: el ejército que salvó la Revolución
- Roberto Arnaiz
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Introducción
El documento que se presenta a continuación constituye un testimonio histórico de extraordinario valor sobre uno de los momentos más críticos de la independencia sudamericana: la retirada posterior al desastre de Cancha Rayada, ocurrida en marzo de 1818. Su autor fue el general Juan Gualberto Gregorio de Las Heras, uno de los principales jefes del Ejército de los Andes y figura fundamental en las campañas de Chile y Perú.
El manuscrito fue facilitado gentilmente por Federico Burrueco, descendiente de la familia vinculada al prócer, quien hizo llegar copia del original conservado en custodia privada familiar. En su comunicación expresa:
“Estimado Arnaiz: Aquí le envío el relato de mi cuarto tío abuelo, el ilustre e invicto general Juan Gualberto Gregorio de Las Heras, de la marcha retrógrada, de su puño y letra, copia del original que se halla en custodia del original en posesión de mi prima hermana Susana Torres Armengol, viuda de Rocha Rivarola.
Quiero aclarar que tengo una discontinuidad; aunque una no se encontraba numerada. Tendré que revisar nuevamente los archivos.
Sin otro motivo, y pidiéndole disculpas por la demora, salúdole con mi consideración más distinguida.
Nota: el escrito se encontraba en el escritorio del general que se encontraba en la quinta de los Segurola, que heredamos los Letamendi Segurola. También estaba el relato de Maipo escrito a máquina, que se encuentra en custodia de mi prima; respecto a este último fue dado a luz.”
La importancia de este documento no radica únicamente en su carácter original y en su procedencia familiar, sino también en los hechos que describe. La batalla de Cancha Rayada representó uno de los momentos de mayor peligro para el ejército patriota durante la campaña de Chile. El ataque nocturno de las fuerzas realistas produjo desorganización, dispersión de tropas, pérdida de artillería y una profunda incertidumbre sobre el destino del Ejército de los Andes. En pocas horas, el ejército que había cruzado la cordillera y triunfado en Chacabuco —convertido ya en símbolo de la revolución americana— parecía deshacerse en medio de la oscuridad, el cansancio y la confusión.
El informe adquiere un valor excepcional porque permite observar aquellos acontecimientos desde la mirada directa de uno de sus protagonistas principales. En sus páginas aparecen no sólo movimientos militares y decisiones tácticas, sino también la dimensión humana de la retirada: soldados exhaustos después de días de marcha, hambre, caballos agotados, tropas dispersas, falta de municiones y la necesidad permanente de mantener la disciplina para evitar el derrumbe definitivo del ejército revolucionario.
En medio de aquel escenario emergió la figura de Juan Gregorio de Las Heras. Su accionar permitió impedir el derrumbe total del ejército patriota, reorganizar las fuerzas sobrevivientes y preservar hombres, artillería y municiones indispensables para continuar la guerra. Gracias a ello, el ejército revolucionario pudo reorganizarse rápidamente y enfrentar semanas más tarde a las fuerzas españolas en la decisiva batalla de Maipú.
Durante mucho tiempo, Cancha Rayada fue recordada principalmente como una derrota. Sin embargo, documentos como el presente permiten comprender otra dimensión del episodio: fue también el momento en que se preservó el núcleo del Ejército de los Andes y, con él, la continuidad misma de la revolución sudamericana.
La victoria de Maipú comenzó, en gran medida, durante aquella retirada.
Por tal motivo, el presente trabajo se divide en tres partes: una introducción contextual sobre el documento y su valor histórico; la reproducción ordenada y clarificada del informe original de Las Heras; y finalmente una serie de conclusiones personales acerca de la importancia estratégica de su accionar en la preservación del ejército patriota.
Porque, como demuestra este documento, muchas veces el destino de las revoluciones no se decide únicamente en las victorias, sino también en la capacidad de impedir que una derrota destruya el ejército que las sostiene.
Informe del general Juan Gregorio de Las Heras
Sobre la campaña de 1818, el desastre de Cancha Rayada y la retirada del ejército patriota
Mientras el general Bernardo O’Higgins combatía a las fuerzas españolas del brigadier Ordóñez en Talcahuano, José de San Martín comprendió que el virrey del Perú preparaba una nueva expedición destinada a reconquistar Chile. Ante ello ordenó establecer un campamento militar en la hacienda de Las Tablas, cerca de Valparaíso, donde el ejército pudiera reorganizarse, disciplinarse y aumentar sus efectivos.
Poco tiempo después se confirmó la noticia: una expedición española al mando del general Mariano Osorio había zarpado desde el Callao rumbo a Chile. San Martín ordenó entonces a O’Higgins abandonar Talcahuano y retirarse hacia el norte, destruyendo previamente las fortificaciones construidas en la zona.
Comenzó entonces una serie de movimientos entre ambos ejércitos. El 16 de marzo las fuerzas patriotas cruzaron el puente y avanzaron hacia Paine. La caballería patriota siguió de cerca a las fuerzas realistas, que continuaban retirándose hacia el Camarico. Durante aquella jornada hubo pequeñas escaramuzas, algunos disparos aislados y movimientos permanentes de observación entre ambas fuerzas.
A medianoche el ejército realista volvió a retirarse hacia el Camarico, donde estableció su cuartel general. El 17 de marzo el ejército patriota avanzó en dos columnas hacia el paso del río Claro, tomando el camino de los Tres Montes. Cuando las fuerzas acamparon, las partidas de observación informaron que el enemigo ocupaba el Camarico. El 18 de marzo continuaron avanzando un poco más allá de esa posición, aunque la vigilancia enemiga impedía conocer con precisión sus movimientos.
En la mañana del 19 de marzo se supo que las fuerzas españolas marchaban hacia Talca por el camino de Pelarco. San Martín decidió avanzar por otra ruta, más amplia y favorable para desplegar el ejército en caso de combate. Aquella maniobra provocó que las fuerzas patriotas llegaran a Cancha Rayada cuando el enemigo ya había formado completamente su línea de batalla.
Creyendo todavía posible detener al ejército español antes de que cruzara el Maule, San Martín ordenó una carga de caballería contra las fuerzas realistas. La maniobra terminó desorganizándose y fue necesario desplegar rápidamente artillería volante y compañías de tiradores para contener a la caballería enemiga mientras el ejército patriota intentaba formar sus líneas.
Al caer la noche el estado mayor dispuso modificar la posición del ejército patriota. La primera línea quedó situada detrás de una zanja, formando un ángulo recto con la segunda. Sin embargo, la demora en el movimiento de esta última dejó descubierto uno de los flancos. El coronel del batallón número 11 advirtió el peligro y ordenó al capitán Ramón Antonio Dehesa adelantarse con una compañía para cubrir el sector vulnerable.
Pocos minutos después comenzaron a escucharse los primeros disparos.
Al principio fueron algunos tiros aislados. Luego una fusilería cada vez más intensa. Poco después apareció avanzando en la oscuridad una fuerza enemiga de aproximadamente seiscientos cazadores, apoyados por columnas de infantería. El ejército patriota se puso inmediatamente sobre las armas mientras las tropas españolas avanzaban directamente sobre el campamento.
Al pasar frente a la primera línea recibieron varias descargas cerradas de fusilería que les causaron fuertes bajas. Sin embargo, el ataque continuó. La oscuridad, el humo y la confusión comenzaron rápidamente a desorganizar el campo patriota. Finalmente los realistas lograron romper el centro de la segunda línea y penetraron hasta el cuartel general.
El desorden fue inmediato.
Se dispersaron piezas de artillería, parque, municiones y pertrechos. Numerosos soldados comenzaron a retirarse sin saber con claridad qué ocurría alrededor suyo. Oficiales y tropas intentaban reorganizarse mientras el enemigo avanzaba dentro del campamento patriota. El propio Las Heras describiría más tarde que ya avanzada la noche “se dispersó todo el parque, los pertrechos, intendencia del ejército y nuestro mayor número de piezas de artillería”.
En medio de aquella situación crítica se destacaron algunas acciones decisivas. El sargento mayor José Rodríguez, del batallón número 2 de Chile, consiguió maniobrar su unidad para evitar que fuese rodeada e incorporarla nuevamente a la primera línea. También el batallón Cazadores de los Andes logró reorganizarse y reunirse nuevamente en plena noche, pese a la confusión general.
Mientras el enemigo cañoneaba a las tropas dispersas y perseguía a quienes se retiraban desordenadamente, los comandantes patriotas resolvieron entregar el mando a Juan Gregorio de Las Heras, por ser el oficial de mayor antigüedad presente en el campo.
Las Heras asumió entonces la responsabilidad de conducir las fuerzas que todavía permanecían organizadas.
Lo primero que hizo fue ordenar silencio absoluto.
Las fuerzas enemigas se encontraban muy cerca y, según el propio informe, ya habían dado varias veces el “quien vive” en dirección a la columna patriota. Cualquier movimiento desordenado podía provocar el aniquilamiento definitivo de las tropas que aún permanecían reunidas.
Poco después Las Heras comprobó que la artillería prácticamente ya no tenía municiones. Entonces organizó una retirada disciplinada en plena oscuridad. Dispuso colocar la artillería al frente para salvarla y al batallón Cazadores de los Andes cubriendo la retaguardia. La marcha comenzó cerca de la una de la madrugada.
Aunque un escuadrón enemigo siguió a la columna hasta el arroyo de Lircay, no llegó a atacarla decisivamente. Antes de abandonar definitivamente el campo de batalla, Las Heras calculó que todavía conservaba alrededor de 3.500 hombres organizados.
La retirada hacia el norte fue extremadamente dura.
Muchos soldados llevaban dos días sin comer. Los hombres marchaban exhaustos y los caballos apenas resistían el esfuerzo de la retirada. En Quechereguas apenas pudieron conseguirse algunas vacas, cuya carne fue distribuida en pequeños trozos entre toda la tropa. Aun así, Las Heras continuó reorganizando la columna, estableciendo puestos de observación y recogiendo municiones abandonadas durante la marcha.
En Curicó ordenó rescatar el armamento abandonado por soldados dispersos. Más adelante reunió miles de ovejas para alimentar a las tropas y dispuso destruir caminos y abrir acequias para retardar el avance enemigo, obligando a los realistas a improvisar nuevas rutas para continuar la persecución.
En Rancagua tomó una decisión fundamental para el futuro del ejército patriota. Ante la falta de mulas suficientes para transportar las municiones restantes, ordenó que cada soldado cargara en su mochila todos los paquetes que pudiera llevar además de su dotación personal. Más tarde el propio Las Heras escribiría:
“Mandé que cada soldado de infantería cargase todos los paquetes de municiones que pudiese en su mochila, a más de su dotación particular. Así se hizo, todos se salvaron y con ellos fue que se dio después la batalla de Maipú.”
Durante toda la retirada continuaron incorporándose soldados dispersos que regresaban a sus cuerpos. La disciplina se mantuvo con extrema severidad. En un momento de la marcha, Las Heras ordenó incluso el fusilamiento de un artillero que había amenazado a un oficial.
Al llegar a San Fernando, Las Heras informó personalmente a San Martín sobre todas las medidas adoptadas. El general en jefe aprobó sus decisiones y le ordenó continuar la retirada evitando comprometer una nueva batalla mientras él marchaba hacia Santiago para reorganizar el ejército.
Finalmente, el 28 de marzo la columna llegó a las cercanías de Santiago. San Martín dispuso que fuese recibida con honores militares. Sonaron salvas de artillería y repiques de campanas mientras los sobrevivientes ingresaban todavía organizados y disciplinados.
El propio general Balcarce reconoció públicamente el mérito de Las Heras, afirmando que debía ser él quien encabezara la entrada de la columna porque había sido quien la había salvado.
Pocos días después, San Martín reorganizó las fuerzas patriotas incorporando nuevas unidades llegadas desde Coquimbo y Valparaíso. Con ese ejército reorganizado enfrentó nuevamente a las fuerzas españolas el 5 de abril de 1818 en la batalla de Maipú, obteniendo una victoria decisiva para la independencia de Chile.
En la parte final de su informe, Las Heras señala que, aunque durante la retirada desde Cancha Rayada perdió alrededor de quinientos hombres entre dispersos y agotados, esas pérdidas fueron casi completamente reemplazadas antes de llegar a Santiago.
El Ejército de los Andes había sobrevivido.
Conclusiones
La lectura del informe de Juan Gregorio de Las Heras permite comprender que la retirada posterior al desastre de Cancha Rayada no constituyó simplemente un repliegue militar, sino uno de los episodios más decisivos para la supervivencia de la revolución sudamericana.
La historiografía suele recordar las grandes victorias de la independencia, especialmente Chacabuco y Maipú, pero pocas veces se detiene con igual profundidad en aquellos momentos donde todo estuvo a punto de perderse. Cancha Rayada fue precisamente uno de esos instantes. La sorpresa nocturna ejecutada por las fuerzas realistas produjo desorden, dispersión de tropas, pérdida de artillería y una profunda sensación de incertidumbre. El propio informe de Las Heras describe la ruptura de las líneas, la dispersión del parque y de los pertrechos, la oscuridad, la desorganización y la dificultad incluso para reconocer el verdadero estado de las fuerzas patriotas.
Algunos historiadores posteriores, entre ellos Bartolomé Mitre en su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, sostienen que durante aquellas horas llegaron a circular rumores sobre la posible muerte de San Martín, lo que refleja el nivel de confusión y pánico existente tras el combate. Sin embargo, Las Heras no menciona explícitamente ese hecho en el informe aquí presentado.
Cancha Rayada destruyó momentáneamente la sensación de invulnerabilidad que el Ejército de los Andes había construido después del cruce de la cordillera y de la victoria de Chacabuco. Aquel ejército que se había convertido en símbolo de la revolución americana aparecía ahora disperso, desorganizado y obligado a retirarse en medio de la noche.
En ese contexto crítico, el accionar de Juan Gregorio de Las Heras adquirió una importancia extraordinaria.
Mientras gran parte del ejército se dispersaba en medio de la oscuridad y la confusión, Las Heras consiguió mantener cohesionados varios cuerpos de infantería, reorganizar la columna y conducir una retirada disciplinada bajo constante amenaza enemiga. Su conducta demuestra no sólo capacidad militar, sino también una profunda comprensión de lo que verdaderamente estaba en juego: la supervivencia misma del Ejército de los Andes.
Las Heras comprendió que si el ejército desaparecía en Cancha Rayada, la revolución podía derrumbarse con él. Por ello su prioridad no fue únicamente retirarse, sino conservar hombres, oficiales, artillería, municiones y disciplina. El informe permite observar que cada decisión tomada durante la retirada tuvo un sentido preciso: reorganizar las columnas, reunir dispersos, asegurar alimentos, proteger la artillería, mantener el orden y retardar el avance enemigo destruyendo caminos y abriendo acequias.
Resulta particularmente revelador uno de los pasajes finales del informe, cuando describe la retirada por Rancagua y las medidas adoptadas para salvar las municiones restantes del ejército. Ante la falta de mulas suficientes para transportarlas, decidió que cada soldado cargara personalmente el material.
Las palabras del propio Las Heras son contundentes:
“Mandé que cada soldado de infantería cargase todos los paquetes de municiones que pudiese en su mochila, a más de su dotación particular. Así se hizo, todos se salvaron y con ellos fue que se dio después la batalla de Maipú.”
Aquellos hombres exhaustos, marchando durante días, cargando municiones en sus mochilas en medio del hambre, del cansancio y de la incertidumbre, transportaban sin saberlo la posibilidad misma de continuar la guerra de independencia.
La victoria de Maipú comenzó, en gran medida, durante aquella retirada.
Otro aspecto fundamental que surge del informe es la capacidad de conducción ejercida por Las Heras en medio del desastre. Incluso durante la derrota continuó actuando como comandante de un ejército organizado y no como jefe de tropas vencidas en fuga. Esa diferencia resulta esencial para comprender por qué el ejército patriota pudo reorganizarse tan rápidamente después de Cancha Rayada.
El documento también permite comprender una realidad frecuente en los procesos revolucionarios: muchas veces las revoluciones no sobreviven únicamente gracias a las grandes victorias, sino gracias a quienes logran impedir que una derrota se transforme en un derrumbe irreversible.
La batalla de Maipú no puede entenderse sin la retirada posterior a Cancha Rayada.
Sin la preservación del ejército realizada por Las Heras, probablemente San Martín no habría contado con las fuerzas necesarias para reorganizar rápidamente las fuerzas patriotas y presentar batalla apenas semanas después. La caída definitiva de Chile habría comprometido seriamente el proyecto continental de independencia impulsado desde el Río de la Plata.
Por ello, este informe posee un valor excepcional. No sólo constituye el relato directo de uno de los protagonistas de la independencia, sino también el testimonio de cómo, en medio del caos, de la derrota y de la incertidumbre, logró conservarse el núcleo del Ejército de los Andes que semanas más tarde volvería a combatir en Maipú.
La retirada posterior a Cancha Rayada no fue únicamente la consecuencia de una derrota.
Fue también el episodio que permitió que la revolución sudamericana pudiera continuar.




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