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Las mujeres de la resistencia calchaquí: guardianas de la memoria

Actualizado: 11 jul 2025

 

“El conquistador llegó con pólvora, y yo lo enfrenté con mi telar.”

Canto popular recogido en los Valles Calchaquíes


A mediados del siglo XVI, el Imperio español avanzaba sobre el corazón del Tawantinsuyu, el antiguo territorio incaico, como un río de fuego que devoraba todo a su paso. Tras la caída del Cusco, las huestes castellanas descendieron hacia el sur, buscando tierras que someter, templos que derribar y pueblos que evangelizar. Así llegaron a los Valles Calchaquíes: una región fértil, rodeada de montañas sagradas y atravesada por quebradas donde el tiempo y la memoria hablaban en lengua propia.


Allí vivían los pueblos que los invasores llamarían genéricamente “diaguitas”: los quilmes, los tafíes, los tolombones, los amaichas, entre otros. Hablaban kakán, una lengua que hoy ya no se escucha, pero de la que sobreviven ecos en cantos, silencios y símbolos. Practicaban la agricultura en terrazas, tejían en telares verticales, curaban con plantas, narraban las estrellas. Tenían caciques, pero también sabias: mujeres que curaban, parían, hilaban, cantaban y decidían.


Para los conquistadores, ese mundo era un obstáculo. Para ellas, era la raíz. Y lo defendieron. Con fuego si hacía falta. Con silencio, si era necesario.


Durante más de 130 años —entre 1530 y 1667— los Valles Calchaquíes resistieron tres guerras sucesivas contra la colonización. Las llamaron “Guerras Calchaquíes”, pero fueron campañas de ocupación y destrucción sistemática. Los invasores llegaban con pólvora, dogmas y hambre. Los pueblos respondieron con lanzas, redes de alianzas, sabiduría y coraje. Jefes como Juan Calchaquí, Chilimín y Viltipoco lideraron los combates. Pero cuando los hombres caían, las mujeres sostenían el alma del pueblo.


Fueron médicas, espías, tejedoras, consejeras. Fueron las que no huyeron. Las que quedaron cuando el fuego arrasó las aldeas. Curaron a los heridos con muña y jarilla. Alimentaron a los guerreros con raíces y maíz seco. Ocultaron a los niños en cuevas profundas. Y cuando no se podía hablar, cantaban bajito.


Cuando los soldados de Alonso de Mercado y Villacorta incendiaron los últimos asentamientos en 1667, las mujeres se convirtieron en la última muralla. Gobernador del Tucumán entre 1655 y 1667, Mercado y Villacorta fue el ejecutor del exterminio final. Aplicó una política de tierra arrasada: quemó aldeas, ejecutó caciques y ordenó la deportación masiva de los pueblos vencidos. En sus cartas a la Corona se vanagloriaba de haber “pacificado” la región. Pero lo que dejó fue desolación, huesos, polvo y miedo.


Aun así, las mujeres recogieron lo que ardía. En los telares bordaban símbolos que el invasor no podía leer: serpientes, soles, espirales, constelaciones. En las vasijas, dibujaban los ciclos de la vida. Cada figura era un mapa, un mito, un conjuro. Y en cada hebra, dejaban escrita una historia que debía sobrevivir.


Una leyenda habla de una curandera diaguita que cruzaba los valles de Amaicha con un canasto de hierbas, llevando mensajes secretos bajo las hojas. Otras recuerdan a las “madres del cerro”, que tapaban con ponchos la boca de sus hijos para que no lloraran cuando el enemigo pasaba. No escribieron su gesta. La tejieron. La susurraron.


La represión final llegó con la deportación. Más de dos mil indígenas quilmes fueron obligados a marchar a pie desde Tucumán hasta Buenos Aires. Cientos murieron. Las mujeres enterraban a sus hijos al borde del camino. Las sobrevivientes fueron confinadas en la reducción de San Francisco de los Quilmes, un asentamiento forzoso bajo vigilancia colonial, creado para aislar, evangelizar y controlar a los pueblos vencidos. Allí también resistieron. Con dignidad. Con silencio.


Prohibieron su lengua. Prohibieron sus dioses. Pero en las cocinas, en los cantos de cuna, en las manos que hilaban, la memoria seguía viva. Una abuela susurraba a su nieta: “Ñawi ñawi...” —"ojito ojito”— como lo hacía su madre, y la madre de su madre, desde antes de la llegada del invasor. El kakán no murió: se escondió.


Hoy, en Amaicha del Valle, en Cafayate, en el barrio de Quilmes, las mujeres indígenas vuelven a cantar. Reclaman sus tierras. Recuperan sus nombres. Algunas son maestras bilingües. Otras lideran comunidades que exigen respeto, justicia, voz. Son nietas de las tejedoras del silencio. Las hijas de la resistencia.


Y cada vez que una niña aprende a hilar, cada vez que una anciana pronuncia una palabra que estuvo dormida por siglos, algo despierta. Algo que ni las lanzas, ni las cruces, ni los decretos coloniales pudieron destruir.


Nunca firmaron tratados.

Nunca escribieron proclamas.

Pero salvaron la historia con las manos. Con el silencio. Con la sangre invisible del coraje.


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Bibliografía

  • Historia de los aborígenes del Tucumán, Inés Dávila de Roca, 1980, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires.

  • Las guerras calchaquíes, Carlos A. Caro, 1993, Universidad Nacional de Salta, Salta.

  • Los Quilmes: una historia de resistencia, Luis Alberto Romero y Mirta Zaida Lobato (comps.), 2007, Editorial Siglo XXI, Buenos Aires.

  • Amaichas, diaguitas y calchaquíes: culturas originarias del Valle, Cecilia Díaz, 2011, Editorial Eudeba, Buenos Aires.

  • Las tejedoras del silencio: mujeres indígenas del noroeste argentino, Marta R. Álvarez, 2004, Ediciones del Sol, Tucumán.

  • Kakan: la lengua extinta de los diaguitas-calchaquíes, Ana María Lorandi, 1988, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.

  • Mujeres indígenas en la historia: entre el mito y la resistencia, Valeria Mapelman, 2015, Editorial El Colectivo, Buenos Aires.

  • Alonso de Mercado y Villacorta: poder y violencia en el Tucumán colonial, Guillermo Furlong, 1969, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires.



 
 
 

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