LOS HUTÍES: EL GRITO DE LOS QUE QUEDARON AFUERA
- Roberto Arnaiz
- 7 may 2025
- 3 Min. de lectura
Yemen no aparece en los mapas del turista. No hay cafés pintorescos. Hay polvo. Hay moscas. Hay hambre.
Y entre ese hambre —honda, oscura, ancestral— están ellos: los hutíes.
Los medios los llaman guerrilleros. O terroristas. Etiquetas fáciles para no pensar. Pero los hutíes no son un grupo de locos armados con consignas medievales. Son otra cosa. Son el eco violento de siglos de desprecio. Son lo que pasa cuando se arrincona a un pueblo hasta que ya no le queda más que la pólvora y la memoria.
Los zaidíes, la rama chiita de donde vienen, gobernaron el norte de Yemen durante siglos. Tenían sus imanes, sus leyes, su mundo. Hasta que en 1962 una revolución los mandó al fondo del pozo. República, dijeron. Marginación, fue el resultado.
En Medio Oriente no se olvida. Y mucho menos se perdona.
En los años 90, un hombre con nombre de calle de tierra, Hussein al-Houthi, decidió que ya era hora de sacar la rabia del sótano. Juntó jóvenes, escribió panfletos, denunció que el wahabismo saudita —ese islam rígido como alambre de púas— estaba colonizando Yemen a fuerza de mezquitas lujosas.
En 2004, se levantó en armas. El gobierno respondió como suelen responder los que no saben escuchar: lo mató. Rápido, sin ceremonias. Pero lo que enterraron fue dinamita. Hussein al-Houthi se convirtió en rezo, en bandera, en estribillo de guerra.
Los suyos tomaron su apellido como escudo y lo levantaron al cielo. No con flores. Con fusiles.
En 2014 tomaron Saná, la capital. Arabia Saudita se asustó. Dijo: “Estos son títeres de Irán”. Y entonces mandó bombas, drones, dinero, mercenarios. En 2015 empezó una guerra que convirtió Yemen en un cementerio con aire caliente. Una guerra que nadie ve. El mundo llora por Ucrania, pero con Yemen baja la persiana.
Y mientras las bombas caen, los hutíes siguen. Disparan misiles como quien lanza insultos en llamas. Hacen política con pólvora. Rezando con un Kaláshnikov en la cintura.
Uno de ellos, Mahmud, tiene 16 años. Nunca usó celular, pero sabe cómo disparar un dron artesanal. Le mataron al padre. No conoce a Marx ni le importa Jerusalén. Solo sabe que el enemigo viene del norte y que su fe está hecha de fuego.
Su lema no es apto para diplomáticos: “Dios es el más grande. Muerte a América. Muerte a Israel. Maldición a los judíos. Victoria al Islam. ”Un grito que arde como un trapo encendido en la cara del mundo.
Hoy, mientras Gaza se desangra y Tel Aviv endurece la mandíbula, los hutíes disparan desde Yemen. ¿Por qué? Porque en Medio Oriente, el dolor se contagia. Y la pólvora se hereda.
Los hutíes no son una nota al pie. Son el grito del Tercer Mundo que no fue invitado a la fiesta global.
¿Son el problema?No. Son el síntoma. El síntoma de un orden internacional que reparte dignidad como quien reparte migajas: según cotización.
En Medio Oriente: la verdad lo digo claro: no se puede entender la región sin mirar a los hutíes. Porque están ahí. Entre los escombros. En las oraciones de las viudas. En los titulares que no se publican.
No buscan la paz de los cementerios. Buscan existencia. Justicia.
Y quizás no pretendan ganar. Quizás solo quieran —una vez, al menos— que el mundo los escuche maldecir… mientras se queman.




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