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Mamá Antula: la beata que caminó un virreinato

 

 

En 1767 la Corona española expulsó a los jesuitas de todos sus dominios. En el Río de la Plata aquello no fue un simple decreto administrativo: fue un terremoto espiritual. Las casas de ejercicios quedaron vacías, los colegios cerraron sus puertas y el método ignaciano —que había formado a buena parte de la élite criolla— quedó suspendido en el aire, como si alguien hubiera arrancado de golpe una columna invisible del edificio colonial.


En ese escenario aparece María Antonia de Paz y Figueroa, nacida en Santiago del Estero en 1730. No fue monja. No tomó votos solemnes. No perteneció formalmente a la Compañía de Jesús —las mujeres no podían hacerlo—. Fue beata, en el sentido que el siglo XVIII daba al término: una mujer laica consagrada, que vivía con disciplina religiosa, hábito sencillo y obediencia espiritual, pero sin clausura ni profesión monástica.


Ese matiz importa. Porque su autoridad no provino de un cargo eclesiástico, sino de una legitimidad moral construida a fuerza de constancia.


Cuando los jesuitas fueron expulsados, muchos dieron por terminada la práctica de los Ejercicios Espirituales en estas tierras. Ella no. Decidió continuar la obra. Y lo hizo sin respaldo institucional, sin renta estable y, al principio, sin permiso claro de las autoridades.


Comenzó en su provincia natal organizando tandas de ejercicios para hombres y mujeres de distintos sectores sociales. Luego tomó una decisión que pocos varones ilustrados se habrían animado a ejecutar: caminar hacia Buenos Aires. Más de mil kilómetros a pie, atravesando caminos inseguros, pueblos dispersos y jurisdicciones donde una mujer sola no era precisamente bienvenida.


No fue un gesto místico. Fue una estrategia.


Entendió que si los ejercicios querían sobrevivir, debían reinstalarse en el centro político del virreinato. En Buenos Aires logró primero tolerancia, luego permiso y finalmente apoyo. Con el tiempo, incluso el obispo y el virrey reconocieron la utilidad social de su obra: los ejercicios no solo fortalecían la fe; también disciplinaban costumbres, reducían conflictos y ordenaban conciencias en una sociedad atravesada por tensiones.


Su acción no estuvo exenta de resistencias. Hubo sospechas sobre su influencia, críticas por su autonomía y dudas sobre el lugar que una mujer —sin votos formales— podía ocupar en un campo tan regulado como el religioso. Pero su trabajo constante terminó imponiéndose.


Organizó miles de ejercicios espirituales a lo largo de décadas. Según registros eclesiásticos y estudios posteriores, participaron en ellos personas de todas las condiciones: artesanos, comerciantes, esclavos, militares, funcionarios. No fue un movimiento elitista. Fue transversal.


No se la puede presentar como una figura romántica aislada del contexto. Operó dentro del orden colonial, defendió la ortodoxia católica y no cuestionó la estructura jerárquica del sistema. Pero, al mismo tiempo, ensanchó los márgenes de acción femenina en un ámbito dominado por clérigos varones. Sin cargo oficial, gestionó recursos, coordinó retiros masivos y negoció con autoridades civiles y eclesiásticas.


Fue beata, sí. Pero no en el sentido pasivo que la palabra sugiere hoy. Fue una laica consagrada que sostuvo una red espiritual cuando la institución que la había creado fue expulsada.


Murió en 1799. Décadas después, su figura fue recuperada por la memoria religiosa y popular. En 2016 fue beatificada y en 2024 canonizada, convirtiéndose en la primera santa argentina reconocida por la Iglesia Católica.


Lo relevante no es solo su santidad posterior. Es el hecho histórico verificable: en un contexto de expulsión institucional y control masculino del espacio religioso, una mujer laica reorganizó y mantuvo viva una práctica espiritual central del mundo colonial rioplatense.


No escribió proclamas políticas.

No lideró ejércitos.

No fundó partidos.


Pero sostuvo una estructura de influencia moral que atravesó generaciones.


En un siglo donde el poder femenino estaba legalmente limitado, Mamá Antula encontró un resquicio. Y lo convirtió en obra.



 
 
 

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