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Mamá Antula: la santiagueña que hizo de la fe un camino

hace 6 minutos
3 min de lectura


En una sociedad marcada por las jerarquías, abrió un espacio donde ricos y pobres podían compartir el pan y la oración. Su grandeza estuvo también en conseguir que personas de vidas muy distintas se reconocieran en una misma dignidad.


¿Qué podía reunir a una persona acostumbrada a mandar con otra que había pasado su vida obedeciendo? ¿Cómo acercar a quienes la sociedad colonial separaba por el origen, la fortuna y hasta la condición de libres o esclavizados?


Una mujer santiagueña encontró una respuesta y dedicó su vida a hacerla posible.


María Antonia de Paz y Figueroa, Mamá Antula, nacida en Silípica en 1730, convocaba a los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Allí ofrecía un tiempo para detenerse, examinar la propia vida y encontrarse con Dios. Pero alrededor de esa experiencia ocurría algo más: personas que difícilmente hubieran compartido una mesa podían hacerlo bajo un mismo techo.


La importancia de aquel encuentro se comprende al mirar el mundo que quedaba afuera. El apellido, los bienes y la posición social condicionaban las relaciones. La esclavitud formaba parte de la vida cotidiana. Para muchos, servir era una obligación; para otros, recibir ese servicio parecía un derecho natural.


Mamá Antula promovía una experiencia en la que esas distancias perdían fuerza. Ricos y pobres, personas libres y esclavizadas participaban de los retiros y compartían alimentos y oración. Su convocatoria alcanzó tanto a sectores humildes como a figuras de la vida pública y religiosa.


Reunirlos exigía confianza. Quien vivía de su trabajo necesitaba saber que tendría comida y alojamiento. Quien ocupaba una posición destacada debía aceptar una experiencia compartida con personas ajenas a su círculo habitual.


Ella trabajaba para que ambos pudieran cruzar la puerta.


Buscaba donaciones, conseguía lugares, gestionaba permisos y organizaba lo necesario para recibir a los participantes. Su fe tenía la forma concreta de un techo, una comida y un lugar preparado para alguien que llegaba.


Quizás allí podamos comprender mejor su cercanía. Dar acogida significaba reconocer que cada persona traía consigo preocupaciones, culpas, pérdidas y deseos. La posición social podía distinguirlas; la necesidad de encontrar consuelo y orientación las acercaba.


Mamá Antula había elegido desde joven una vida de consagración como beata laica, vinculada con los jesuitas. Cuando Carlos III dispuso su expulsión en 1767, decidió sostener la práctica de los ejercicios espirituales.


Era una tarea difícil para una mujer sin cargo eclesiástico, que debía obtener autorizaciones y reunir recursos. Recorrió poblaciones del actual noroeste argentino y llegó a Buenos Aires llevando una convicción que necesitaba traducir, una y otra vez, en hechos.


Hubo negativas y demoras. Persistió.


Podemos imaginar la exigencia de aquellos caminos sin inventar sus pensamientos: las distancias, el cansancio y la incertidumbre de llegar a un lugar donde todavía había que conseguir apoyo. Su obra dependía de la ayuda de otros, pero alguien debía asumir el esfuerzo de pedirla y darle continuidad.


En Buenos Aires comenzó utilizando casas prestadas. Más adelante impulsó la construcción de la Santa Casa de Ejercicios Espirituales. Las donaciones permitieron convertir una iniciativa frágil en un espacio destinado a perdurar.


Aquella casa expresaba su manera de entender el servicio: preparar un lugar para los demás y procurar que siguiera abierto cuando ella ya no estuviera.


Sería excesivo afirmar que esos retiros borraron las desigualdades coloniales. Su valor estuvo en ofrecer una experiencia de fraternidad dentro de una sociedad que las reproducía. Compartir el pan con alguien a quien se consideraba inferior podía abrir una pregunta incómoda sobre la propia conducta.


Mamá Antula murió en Buenos Aires en 1799. Más de dos siglos después, el 11 de febrero de 2024, fue reconocida como la primera santa argentina.


Para Santiago del Estero, su memoria tiene la cercanía de lo propio. Desde esa tierra salió una mujer cuya obra alcanzó a miles de personas. Recordarla permite reconocer una fuerza que suele recibir menos atención que las grandes hazañas: la de quienes reúnen, acompañan y sostienen.


Su legado vive en aquella puerta abierta y en la mesa compartida. En el esfuerzo de hacer lugar a alguien cuya vida parecía muy distante.


Mamá Antula caminó para acercar a las personas a Dios. En ese camino también consiguió acercarlas entre sí.


Y nos dejó una pregunta que conserva toda su fuerza: ¿a quiénes estamos dispuestos a hacerles un lugar en nuestra mesa?


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