Manuela Pedraza: la llama de las invasiones inglesas
- Roberto Arnaiz
- 10 abr 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 11 jul 2025
Argentina es una tierra bendita por la bravura. Desde los médanos de Tucumán hasta el barro de Buenos Aires, este suelo ha parido corazones que no se achican ante nada. Y entre tanto gaucho fiero, tanta lanza de caudillo, tanta epopeya libertadora, hay también mujeres de fuego que no sólo bordaron banderas: también empuñaron fusiles, sangraron por la patria y murieron como nacieron, con el alma erguida. Una de ellas fue Manuela Pedraza, la Tucumanesa. Su historia no tiene mármol, pero tiene algo mejor: el poder de despertar lo valiente que llevamos adentro.
Manuela no nació en cuna de oro ni en salón de baile. Nació en Tucumán, alrededor de 1780, en un hogar tan humilde como los pies descalzos de su pueblo. Se casó con José Miranda, un cabo del ejército criollo. Cuando llegaron las Invasiones Inglesas de 1806, Manuela no se quedó fregando ollas ni rezando a los santos. Se calzó el coraje como un poncho y fue a pelear junto a su marido, en la Plaza Mayor de Buenos Aires. Iba entre disparos, gritos, el humo de los cañones y los cuerpos que se desplomaban como ramas secas.
El suelo ardía bajo los pies.
El aire olía a pólvora vieja y sudor de miedo.
La ciudad entera era un grito.
Entonces ocurrió.
El plomo silbó como un demonio ciego entre el humo y los alaridos, y José cayó. Cayó como cae el árbol que te da sombra, como cae el único farol en una noche cerrada. Manuela lo vio desplomarse con los ojos abiertos, la sangre brotando como si la tierra lo estuviera reclamando, y algo se rompió en ella. El grito se le quedó atragantado en el alma, no salió. No lloró. No pidió auxilio. Solo apretó los dientes como quien se traga el mundo entero.
Todo podría haber terminado ahí. Podría haberse deshecho, fundido con los cuerpos rotos de la plaza, haberse quedado abrazando ese cadáver que fue su compañero, su amor, su todo. Pero no. La muerte de José la parió de nuevo. La convirtió en otra. En un animal de pólvora. En una llama humana que no iba a apagarse hasta vengar.
Se incorporó sin temblar, con la furia antigua de las madres que pierden, de las mujeres que no se resignan, y agarró el fusil de José como si agarrara el alma que le arrancaron. Avanzó a pie firme, con la falda empapada de sangre ajena, la mirada fija como cuchillo. El inglés que había disparado aún no había dado dos pasos cuando la tuvo encima. Le gritó algo que nadie entendió y Manuela lo enfrentó cuerpo a cuerpo, sin pensar, sin dudar, sin piedad. Lo venció. Lo mató. Lo despojó del arma como quien arranca un trofeo del infierno.
Y entonces, con las manos manchadas de pólvora y el corazón hecho ceniza, caminó entre los cuerpos y el humo hasta encontrar al general Santiago de Liniers. Lloraba sin llanto. Los ojos duros, la boca apretada, la piel tajeada por las astillas de la guerra. Y sin decir palabra, le tendió el fusil. Ese mismo que le había quitado al invasor. Ese que había vengado a su hombre y defendido su tierra.
Liniers se quedó mudo. No supo si abrazarla, si arrodillarse o si ordenar que la historia la recordara para siempre. Pero la historia es sorda cuando habla el pueblo. Y Manuela, en ese instante, no necesitó un título. Porque ya era inmortal.
Dicen que, al entregarle el arma, murmuró:
“A mí no me conquistaron. A mí me dolieron.”
Ese gesto fue una sentencia: la valentía no tiene sexo, ni permiso, ni diploma. Por eso, el Rey Carlos IV de España —a miles de kilómetros y siglos de sensibilidad— la nombró Subteniente de Infantería con sueldo vitalicio. Fue la primera mujer reconocida oficialmente como oficial militar en el Río de la Plata, mucho antes de que existiera una patria llamada Argentina. Y en ese nombramiento —real, simbólico, irrepetible— nació un antecedente directo de lo que más tarde sería nuestro ejército.
Dicen que cuando los ingleses se retiraban, no recordaban el nombre de la calle donde murieron...
pero sí el de la mujer que los enfrentó:
La Tucumanesa.
Pero cuando la Revolución de Mayo barrió con lo viejo, la arrastró también a ella. Sin pensión. Sin nombre. Sin casa. Terminó sus días sola, viviendo en una pieza alquilada de algún caserón venido abajo, compartiendo pozo de agua y pan duro con otras almas olvidadas.
Y sin embargo, ¿qué país sería éste sin mujeres como ella?
¿Qué sería de nuestras plazas, nuestras banderas, nuestros sueños, si no fuera por las Manuelas que pelean, sangran, pierden y no aparecen en los manuales?
Manuela no fue solo una heroína con falda.
Fue una mujer que nos enseña que cuando la vida te quita lo que amás,
podés quebrarte o podés levantarte con el fusil de la dignidad.
Que no importa dónde naciste, ni cuán pobre sos, ni si tenés apellido ilustre:podés hacer historia si tenés el coraje de no callarte, de no huir, de no rendirte.
No hay bronce que la recuerde como se merece.
Pero cada vez que una mujer alza la voz,
cada vez que alguien lucha por lo justo aunque esté solo,
ahí está Manuela, empuñando su fusil otra vez.
Porque no peleó para ser famosa.
Ni para estar en los libros.
Peleó por amor.
Y por justicia.
Y por eso nunca va a morir.
Y si alguna vez la sentís pasar, con el fusil apretado en el alma, no temas. Es Manuela, buscando justicia todavía.
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No es historia. Es coraje puro.
Bibliografía
La mujer en la guerra de la independencia argentina, Roberto Claudio Arnaiz, 2024, Amazon Kindle Edition.
Manuela Pedraza, la tucumanesa: una mujer en la Reconquista de Buenos Aires, Junta de Estudios Históricos de Tucumán, 1993, Ediciones del Bicentenario, Tucumán.
Las invasiones inglesas al Río de la Plata, Isidoro J. Ruiz Moreno, 1999, Emecé Editores, Buenos Aires.
Heroínas de la patria grande, María Sáenz Quesada, 2011, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.
Historia de las mujeres en la Argentina. Tomo I: Colonia y siglo XIX, dir. por Lilia Ana Bertoni, 2000, Editorial Taurus, Buenos Aires.
Memorias curiosas: los papeles de Beruti, Juan Manuel Beruti, edición crítica 2007, Biblioteca Ayacucho, Caracas.




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