¿QUIÉN GUARDÓ LA HISTORIA DE SAN MARTÍN CUANDO SUS SOLDADOS COMENZARON A DESAPARECER?
Gerónimo Espejo: el cadete de Ingenieros que cruzó los Andes y se convirtió en uno de los grandes cronistas de la Independencia.
Tenía quince años cuando ingresó al Ejército de los Andes. Apenas había dejado atrás la infancia y ya se preparaba para atravesar una cordillera, combatir en otro país y participar en una guerra cuyo desenlace nadie podía asegurar.
Décadas después, cuando muchos de sus compañeros habían muerto, aquel adolescente mendocino seguía trabajando sobre las campañas de San Martín. Reunía documentos, respondía consultas y escribía. Sus páginas conservaron detalles que el paso del tiempo amenazaba con borrar.
Gerónimo Espejo había participado en la Independencia. Ahora contribuía a escribir su historia.
Nació en Mendoza el 30 de septiembre de 1801. Según la reseña del Liceo Militar que lleva su nombre, pertenecía a una familia de cierta posición económica y social, que pudo proporcionarle una educación poco habitual para la época. Esa formación le permitiría desempeñar tareas militares en las que leer, escribir y registrar información resultaban fundamentales.
En 1815, con catorce años, solicitó incorporarse al ejército que organizaba José de San Martín. Fue rechazado por su corta edad. Insistió al año siguiente y, el 1 de noviembre de 1816, ingresó como cadete al Cuerpo de Ingenieros.
Su ingreso permite detenernos en una parte de la campaña que suele quedar detrás de las batallas: el conocimiento del terreno y los trabajos necesarios para que un ejército pudiera avanzar.
San Martín necesitaba reconocer los pasos cordilleranos, preparar planos y organizar el movimiento de hombres, animales y cargas. El Departamento de Ingenieros contribuía a esa tarea. Para los trabajos de zapadores en montaña, el ejército también contó con 120 barreteros reclutados entre los trabajadores de las minas de Mendoza y San Juan.
Los barreteros aportaban experiencia en el manejo de herramientas y en labores sobre terrenos difíciles. El reconocimiento topográfico y el trabajo material cumplían funciones distintas, pero ambos respondían a una necesidad de la operación: conseguir que las columnas llegaran a Chile en condiciones de combatir.
Antes de enfrentar a los realistas, había que atravesar los Andes.
Cuando Espejo fue admitido, apenas habían transcurrido unos meses desde la declaración de la Independencia. Sin embargo, la preparación militar llevaba mucho más tiempo. Mendoza reunía recursos, organizaba tropas y fabricaba los elementos que exigiría la campaña.
La maestranza, establecida desde fines de 1814, se había convertido hacia 1816 en un gran taller. Allí trabajaban aproximadamente 371 personas, entre maestros, oficiales y soldados. Herreros, carpinteros, talabarteros y otros artesanos preparaban armas, municiones y equipos. Luis Beltrán estaba al frente de la maestranza y el laboratorio; José Antonio Álvarez Condarco dirigía la fábrica de pólvora.
Espejo ingresó en ese mundo de preparativos. Su historia comenzaba entre soldados en instrucción, depósitos, herramientas y pertrechos. La empresa estaba próxima a ponerse en movimiento.
En 1817 cruzó la cordillera y participó en Chacabuco. Después llegaron las operaciones del sur de Chile y Talcahuano. En marzo de 1818 sufrió, junto con sus compañeros, el desastre de Cancha Rayada. Poco después estuvo en Maipú, la victoria que aseguró la independencia chilena. Todavía no había cumplido diecisiete años.
En poco más de un año había conocido la marcha en montaña, el combate, la derrota y la recuperación de un ejército. Esa experiencia también comenzó a tomar forma escrita.
Espejo llevaba apuntes sobre los acontecimientos que presenciaba. Registraba movimientos, operaciones y circunstancias de la vida militar. La noche de Cancha Rayada perdió sus primeras anotaciones, pero volvió a reunir información y documentación.
La pérdida ayuda a comprender una dificultad que atravesaría toda su obra: reconstruir lo vivido exigía más que conservar recuerdos. Había que recuperar papeles, consultar testimonios y ordenar acontecimientos separados por muchos años.
Además, su capacidad para escribir tuvo una aplicación dentro del servicio. Fue escribiente del Diario de Operaciones del Ejército y del Libro de Anales del Estado Mayor. Sus tareas lo acercaron a los registros oficiales de la campaña.
En agosto de 1820 se embarcó en Valparaíso con la expedición libertadora al Perú. El ejército que había atravesado las montañas debía ahora cruzar el mar y operar sobre el principal centro del poder realista sudamericano.
Durante aquella campaña, Espejo colaboró en la confección de estados de fuerza. Según el estudio de Micale, intervino también en la preparación de cifras aumentadas que se hicieron llegar a las autoridades realistas para desorientarlas. Su habilidad con los documentos había adquirido una utilidad estratégica.
La guerra se libraba también mediante información, agentes y mensajes. El joven oficial participaba en una dimensión de la campaña que rara vez aparece en las representaciones de las batallas.
En 1822 estuvo vinculado a la presencia de San Martín en Guayaquil, donde se celebró el encuentro con Simón Bolívar. Pero su proximidad a los acontecimientos requiere una precisión: no presenció la conversación privada entre los dos libertadores.
Permaneció embarcado en el Macedonia y reconstruyó aspectos de aquella visita mediante testimonios, particularmente el de Rufino Guido, edecán de San Martín. Décadas después utilizaría esos materiales en su libro sobre la entrevista. Su relato reúne, por tanto, experiencias propias e información recibida de otros protagonistas.
La vida de Espejo continuó mucho más allá de las campañas emancipadoras. Participó en la Guerra del Brasil y en las guerras civiles argentinas. A la lucha contra el poder español le sucedieron los conflictos entre quienes buscaban organizar el país bajo proyectos enfrentados.
Espejo conoció el exilio. Durante su permanencia en Cerro de Pasco, Perú, aprendió el oficio minero. A su regreso a Mendoza, en 1853, combinó actividades económicas con la vida pública y llegó a ejercer como senador suplente de la Confederación. Intervino en iniciativas sobre minería, crédito y el estudio de un ferrocarril entre Rosario y Córdoba.
El veterano de la Independencia también participaba en las discusiones sobre recursos, comunicaciones e instituciones. Había vivido la ruptura con España y ahora contribuía a los esfuerzos por organizar el Estado.
Su trayectoria incluyó, además, una responsabilidad especialmente significativa: en 1856 se desempeñó como archivero general del Archivo Nacional de la Confederación, según la foja de servicios citada por la investigación de Alberto Domenech. Los documentos seguían formando parte de su trabajo.
Con los años, la escritura histórica ocupó un lugar cada vez mayor en su vida. Publicó trabajos sobre las campañas y reunió materiales que permitían reconstruir la organización, los movimientos y las decisiones del ejército libertador.
En 1867 apareció Apuntes históricos sobre la Expedición Libertadora del Perú. En 1873 publicó Recuerdos históricos. San Martín y Bolívar. Entrevista de Guayaquil. Su experiencia militar se transformaba en una obra destinada a lectores que ya pertenecían a otra época.
En 1882 dio a conocer El paso de los Andes. Crónica histórica de las operaciones del Ejército de los Andes para la restauración de Chile en 1817. El ejemplar conservado por la Biblioteca Nacional de Chile tiene 716 páginas e incorpora un apéndice con transcripciones de documentos originales.
Habían pasado más de sesenta años desde el cruce. El antiguo cadete intentaba explicar cómo se había preparado y ejecutado aquella campaña. En sus páginas, la historia recuperaba los trabajos, las dificultades y los movimientos que hicieron posibles las victorias.
Su aporte también llegó a Bartolomé Mitre. Entre ambos existió un intercambio prolongado de consultas, documentos y correspondencia. La investigación de Micale destaca que Espejo proporcionó información utilizada en la elaboración de Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana.
El historiador consultaba al veterano; el veterano contribuía con recuerdos y papeles. Ese diálogo permite reconocer que una gran obra histórica se construye también con aportes de quienes conservaron información durante décadas.
Gerónimo Espejo murió en Buenos Aires el 18 de febrero de 1889. Sus restos permanecieron en la Recoleta hasta 1934, cuando fueron trasladados a Mendoza y depositados en El Plumerillo. El 15 de noviembre de 1980 encontraron su destino definitivo en el Liceo Militar que lleva su nombre.
Su regreso a Mendoza reunió los extremos de una vida. Allí había solicitado ingresar al ejército siendo un adolescente. Allí descansa el hombre que ayudó a conservar la memoria de aquella empresa.
Espejo nos permite mirar la Independencia desde la experiencia de quienes marcharon, combatieron y trabajaron bajo las órdenes de sus grandes conductores. También recuerda cuánto depende nuestro conocimiento del pasado de los papeles que alguien decidió guardar y de los testimonios que alguien se tomó el trabajo de escribir.
A los quince años se incorporó al Ejército de los Andes. Más de seis décadas después, todavía trabajaba para contar cómo había sido aquella campaña.
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