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San Martín y la memoria de los pueblos

 

En 1841, Domingo Faustino Sarmiento vivía exiliado en Chile. Tenía apenas treinta años y combatía desde la prensa al gobierno de Juan Manuel de Rosas mientras intentaba abrirse camino como intelectual y publicista político al otro lado de la cordillera. Desde Valparaíso, colaborando con el periódico El Mercurio, escribió una serie de artículos destinados a sacudir la conciencia chilena y rescatar del olvido a un hombre cuya figura, increíblemente, comenzaba a desdibujarse en la memoria pública: el general José de San Martín.

 

Hubo un tiempo en que José de San Martín incomodaba más de lo que unía. Mucho antes de transformarse en el prócer indiscutido de la historia oficial, el Libertador padeció el exilio, la calumnia y el olvido a ambos lados de la cordillera. En Buenos Aires fue atacado por la prensa facciosa y acusado incluso de cobardía tras su frustrado regreso de 1829; en Chile, lentamente relegado a un segundo plano pese a haber sido decisivo en las victorias de Chacabuco y Maipú. La independencia americana todavía era reciente, pero las disputas políticas ya comenzaban a devorar incluso a sus propios héroes.

 

Fue entonces cuando Sarmiento decidió intervenir.

 

El 11 de febrero de 1841 publicó en El Mercurio un artículo titulado “12 de febrero de 1817”, una evocación de la batalla de Chacabuco y, sobre todo, una denuncia contra la ingratitud política y el silencio histórico que rodeaban la figura de San Martín. No escribía como un académico distante ni como un cronista neutral. Escribía con indignación. Veía cómo Chile celebraba las fechas patrias mientras omitía deliberadamente el nombre de quien había cruzado los Andes para asegurar la independencia del país.

 

La acusación era feroz. “El extranjero que nos observa —escribió Sarmiento— nos creería hijos de los españoles vencidos en aquel gran día”. La frase tenía una profundidad extraordinaria. No cuestionaba solamente el olvido de un hombre; cuestionaba el tipo de sociedad que podía construirse sobre ese olvido. Sarmiento entendía que las naciones no recuerdan ni olvidan al azar. La memoria también es un territorio político.

 

Y acaso ahí resida la enorme vigencia de aquellos artículos.

 

Porque el problema que denunciaba Sarmiento sigue existiendo, aunque hayan cambiado los escenarios y las herramientas. En el siglo XIX la disputa por el relato se libraba desde periódicos partidarios; hoy se libra desde las redes sociales, los algoritmos y la lógica instantánea de la indignación permanente. Pero el mecanismo es sorprendentemente parecido: las sociedades elevan y destruyen figuras públicas con una velocidad feroz, convierten trayectorias complejas en caricaturas ideológicas y transforman toda discusión histórica en una batalla facciosa.

 

San Martín conoció tempranamente esa dinámica destructiva. Las guerras de independencia todavía no habían terminado y ya observaba con preocupación cómo los pueblos americanos comenzaban a enfrentarse entre sí. En muchas de sus cartas aparece una idea recurrente: el peligro más grande no provenía de España sino de las divisiones internas. La grieta —aunque todavía no existiera esa palabra— ya aparecía como una amenaza capaz de arruinar el sueño emancipador.

 

Hay algo profundamente actual en esa advertencia.

 

San Martín había pensado la independencia en términos continentales mientras las dirigencias locales quedaban atrapadas en luchas de poder cada vez más mezquinas. Cruzó los Andes para liberar medio continente y terminó contemplando desde Europa cómo las guerras civiles desgarraban aquello que había ayudado a construir. La tragedia de su vida política no fue militar sino moral: el Libertador no terminó derrotado por los realistas, sino por la incapacidad de las nuevas repúblicas para superar sus divisiones internas.

 

Sarmiento comprendió esa tragedia con enorme lucidez. Y quizás por eso sus artículos todavía conmueven. Porque no hablan solamente de San Martín. Hablan de sociedades incapaces de reconocer a sus grandes hombres mientras viven. Hablan de pueblos que convierten a sus héroes en estatuas recién cuando dejan de resultar incómodos. Hablan también de la facilidad con que el fanatismo político destruye la memoria común.

 

En otro de sus artículos publicados ese mismo año, “Los dieciocho días de Chile”, Sarmiento volvió sobre uno de los momentos más dramáticos de la independencia: el período transcurrido entre la derrota patriota de Cancha Rayada, el 19 de marzo de 1818, y la victoria definitiva de Maipú, el 5 de abril de ese mismo año. Aquellos dieciocho días habían sumido a Chile en el desconcierto, el miedo y la sensación de que la causa emancipadora podía derrumbarse definitivamente. Precisamente por eso Sarmiento decidió evocarlos: porque entendía que la memoria de una nación también se construye recordando los momentos de incertidumbre, sacrificio y coraje colectivo que hicieron posible su libertad. No era nostalgia. Era una batalla cultural. Sarmiento comprendía que la prensa podía transformarse en una herramienta para reconstruir la memoria histórica y disputar el sentido del pasado.

 

Y lo logró.

 

Los artículos publicados en 1841 despertaron parcialmente al pueblo chileno de aquel olvido y volvieron a poner en valor el sacrificio de los hombres del Ejército de los Andes que habían dado la independencia y la libertad a Chile. La repercusión fue tan importante que llegó hasta las más altas esferas del poder político.

 

El entonces presidente Manuel Bulnes —quien años antes había sido oficial del Ejército libertador y que con el tiempo alcanzaría el grado de general— impulsó una ley para reincorporar simbólicamente a San Martín al ejército chileno y reconocer oficialmente sus servicios a la independencia. Aquel reconocimiento, aunque tardío, tenía un enorme valor político y moral.

 

Sin embargo, observando la cuestión desde una perspectiva actual, resulta difícil no advertir ciertas diferencias en la construcción de las memorias nacionales. Chile desarrolló históricamente un fuerte sentimiento nacionalista apoyado principalmente sobre la figura de Bernardo O’Higgins, relegando muchas veces a San Martín a un lugar secundario dentro de su relato independentista. Quien haya recorrido Chile puede percibir fácilmente que la figura del Libertador argentino no ocupa allí la centralidad simbólica que sí conserva O’Higgins como padre fundador de la nación chilena.

 

Distinto es el caso del Perú, donde San Martín mantiene todavía hoy un reconocimiento mucho más visible y profundo. Allí continúa siendo recordado como el Protector del Perú y uno de los padres de la patria. Tal vez esa diferencia también permita comprender cómo cada nación construyó su propio relato histórico después de la independencia.

 

Y probablemente nadie hubiera lamentado más ese distanciamiento simbólico que el propio O’Higgins. A diferencia de muchos dirigentes posteriores, él jamás dejó de reconocer la dimensión extraordinaria de San Martín ni el papel decisivo que tuvo en la campaña libertadora. Entre ambos existió una relación política y humana cimentada en el respeto mutuo, la admiración y la conciencia de estar protagonizando una empresa continental mucho más grande que cualquier interés local o faccioso.

 

Hay una escena especialmente conmovedora algunos años después, cuando Sarmiento finalmente conoce a San Martín en Grand Bourg, en 1846. Allí describe a un hombre atravesado por una herida silenciosa: “¡Tanta gloria y tanto olvido!”. Tal vez pocas frases resuman mejor uno de los dramas persistentes de la historia argentina y latinoamericana. Los mismos pueblos capaces de producir figuras extraordinarias suelen ser incapaces de convivir con ellas en el presente.

 

Por eso conserva tanta fuerza aquella frase final de San Martín al abandonar definitivamente la vida pública: “Mis compatriotas dividirán su opinión; los hijos de estos darán el verdadero fallo”. Había en esas palabras resignación, pero también esperanza. San Martín intuía que los contemporáneos rara vez juzgan con justicia. Demasiado atravesados por el fanatismo, las pasiones políticas o las urgencias del momento, terminan muchas veces destruyendo aquello que después venerarán.

 

Sarmiento, en 1841, intentó anticiparse a ese mecanismo. Quiso rescatar a San Martín antes de que el olvido fuera definitivo. Y en ese gesto dejó una advertencia que todavía interpela al presente: las naciones no se deterioran solamente por crisis económicas o derrotas militares. También se degradan cuando pierden la memoria de aquello que las fundó.




 
 
 

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