Tehuelches: Las del viento, la piedra y el horizonte
- Roberto Arnaiz
- 6 jun 2025
- 4 Min. de lectura
En la vastedad implacable de la Patagonia, donde el viento es dueño del silencio y la estepa parece no tener fin, floreció una cultura profundamente adaptada a su entorno: la tehuelche. Las mujeres de este pueblo fueron mucho más que madres o compañeras de caza: fueron tejedoras del tiempo, guardianas de la memoria y sostenedoras de una forma de vida que parecía hablar con la tierra misma.
Los tehuelches, o aónikenk en su autodenominación más conocida, habitaban lo que hoy son las provincias de Santa Cruz, Chubut y parte de Río Negro. Son una de las culturas más antiguas del continente: yacimientos como Piedra Museo en Santa Cruz revelan ocupaciones humanas de más de 12.000 años. Su origen es previo a la llegada de los mapuches, y por siglos mantuvieron una cosmovisión nómade, cazadora y profundamente conectada con el paisaje patagónico.
La espiritualidad tehuelche no se organizaba en torno a un dios único, sino a fuerzas naturales que regían los ciclos de la vida. Las mujeres rendían culto al Sol y a la Luna, y muchas piedras grandes eran consideradas sagradas: lugares de encuentro espiritual, donde se dejaban ofrendas o se hacían peticiones. El viento no era solo viento: era un espíritu que traía mensajes. Los sueños eran señales, y las mujeres sabias —muchas veces curanderas— sabían interpretarlos. En la ceremonia del kamusu auko (rito de iniciación femenina), se marcaba el paso a la adultez con recogimiento, cantos, consejos de las ancianas y símbolos que conectaban cuerpo y tierra.
A diferencia de las sociedades mapuches, que eran patrilineales, los tehuelches mantenían cierta flexibilidad en sus vínculos familiares. El casamiento no era un contrato rígido sino un acuerdo comunitario: la joven tenía voz en su elección y, si bien existían alianzas entre clanes, muchas mujeres tejían vínculos desde la libertad. En los relatos orales recogidos por viajeros como George Musters o el perito Francisco Moreno, se describen mujeres que decidían separarse, que exigían respeto y que incluso guiaban migraciones.
Vivían en toldos armados con palos y cueros de guanaco, que desmontaban y cargaban al migrar según las estaciones. Las mujeres eran responsables del armado del campamento, del curtido de pieles, de la preparación de alimentos y del cuidado de los niños. Comían carne de guanaco, choique (ñandú patagónico), pescado, raíces, huevos silvestres y frutos como el calafate o el molle. También preparaban infusiones con hierbas y sabían conservar carne seca para los desplazamientos.
Tejían con pelo de guanaco, hilado y teñido con pigmentos naturales. Hacían mantas, vinchas, fajas y cintas decoradas con patrones geométricos que, muchas veces, contaban historias. Se adornaban con collares de hueso, plumas o piedras y usaban pinturas en el rostro y el cuerpo durante ceremonias especiales, en las que danzaban y entonaban cantos ancestrales.
La educación era un proceso cotidiano, donde el ejemplo valía más que el sermón. Las abuelas eran transmisoras de la memoria: enseñaban cantos, leyendas, estrategias de recolección y normas éticas. Se inculcaba el respeto por el ancestro, la generosidad y la valentía. Las niñas aprendían mirando, imitando, preguntando. No había castigo, había corrección. No había sumisión, había escucha.
Aunque la figura del lonko o líder era masculina, las mujeres mayores tenían autoridad espiritual y eran consultadas en decisiones importantes. La solidaridad entre mujeres era vital en un pueblo que debía resistir al clima, a las amenazas externas y, más tarde, a la invasión de su territorio por parte de los blancos. Muchas de ellas actuaron como mediadoras con los exploradores, como traductoras o protectoras de los suyos.
Con la llegada del siglo XIX y la avanzada de campañas militares, muchas mujeres fueron esclavizadas o expulsadas. Pero otras sobrevivieron, protegieron los objetos sagrados, escondieron a los niños, mantuvieron los cantos. Aún hoy, las comunidades tehuelches del Chubut y Santa Cruz recuerdan sus nombres en las ceremonias del wekufe ñi pürrun (danza de los espíritus).
Hablar de los tehuelches es hablar de la resistencia del viento. Y en ese viento, la voz que aún se escucha —tierna, fuerte, sabia— es la de sus mujeres. Aquellas que levantaban toldos, parían en la estepa, y tejían memoria con hilos de horizonte.
Como escribió Carlos Martínez Sarasola: “Sin las mujeres, no hay memoria indígena. Porque la tierra habla en femenino, y ellas siempre supieron escucharla.”
Bibliografía
"Nuestros paisanos los indios", Carlos Martínez Sarasola, Editorial Del Nuevo Extremo, 2006, Buenos Aires.
"Arqueología de la Patagonia", Gustavo Neme y Alberto Reyes, Editorial Sociedad Argentina de Antropología, 2015, Mendoza.
"Cosmovisión indígena y medicina ancestral", Juan José Rossi, Editorial Alternativa, 2002, Buenos Aires.
"El mundo de los aónikenk", Rodolfo Casamiquela, Ediciones Culturales Argentinas, 1965, Buenos Aires.
"Vida entre los patagones", George Chaworth Musters, Editorial Solar, 1993, Buenos Aires (original 1871, Londres).
"Mujeres indígenas: género y colonialismo en América del Sur", Pilar Pérez Cantó, Ediciones Abya-Yala, 2010, Quito.
"Textiles indígenas de la Patagonia", Mónica Berón, Editorial del Instituto Nacional de Antropología, 2011, Buenos Aires.
"La palabra de las abuelas: memoria e identidad indígena", Ana María Portaluppi, Editorial Biblos, 2009, Buenos Aires.
"Mujeres indígenas en la historia argentina", Florencia Roulet, Ediciones del Sol, 2000, Rosario.
"Los vencidos: historia del genocidio indígena en la Argentina", Marcelo Valko, Editorial Sudamericana, 2012, Buenos Aires.






Comentarios