Todo Cambia: Un Canto al Alma y al Tiempo
- Roberto Arnaiz
- 2 feb 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 30 ene
La canción Todo cambia, escrita y compuesta por el músico chileno Julio Numhauser en 1982, no es solo una melodía. Es un refugio. Un abrazo invisible que nos sostiene cuando la vida nos empuja, sin pedir permiso, hacia lo nuevo. Todo cambia es una verdad cantada, un susurro que recuerda que el tiempo no se detiene, que la vida es un río en movimiento constante y que estamos hechos, inevitablemente, de despedidas y reencuentros.
Lo sentí con fuerza hace poco, mirando el Festival de Cosquín. La Sole salió al escenario y empezó a cantar. Y algo pasó. Esa voz no se escucha: se siente. Me estrujó el corazón. Llegó directo, sin rodeos, a ese lugar donde viven las emociones más profundas. Se me humedecieron los ojos y una lágrima, silenciosa, corrió por mi mejilla. Porque Soledad no canta solo con la garganta: canta con el alma, y cuando canta, nos canta a todos.
Todo cambia…Y esa frase empezó a resonar adentro mío, como lo había hecho otras veces en mi vida.
Lo comprendí aquella vez, cuando dejé a mi familia allá lejos, en Comodoro Rivadavia, para correr detrás de mis sueños. El viento patagónico golpeaba las ventanas y yo me iba con la esperanza encendida, pero con el peso de la distancia apretándome el pecho. Todo iba a cambiar: la ciudad, la rutina, la gente. Y aun así, me preguntaba si algo de mí quedaría allí, si el mar seguiría esperándome, si el abrazo de mi padre tendría el mismo calor cuando regresara.
Hace unos días, ese mismo nudo volvió a la garganta cuando vi partir a mi hijo, Ignacio. Él también dejó su hogar. Esta vez, para cruzar un océano. España lo llamaba con la promesa del amor y la felicidad, y yo lo vi irse con ese mismo brillo en los ojos que alguna vez tuve yo.
El día de su viaje intentamos que fuera normal. Nos tiramos en la cama a ver una película, como tantas veces. Risas, abrazos, un “te quiero” silencioso, de esos que no necesitan palabras porque se dicen con la piel, con la mirada. Quisimos que fuera cotidiano, pero la despedida estaba ahí, flotando, aunque no la nombráramos.
Y cuando llegó el momento, cuando su mano soltó la mía en el aeropuerto, entendí que no había vuelta atrás.
Lo abracé con todas mis fuerzas, como si así pudiera retenerlo un poco más. A su lado, su madre, con el corazón partido, lo envolvía en un abrazo cargado de amor y dolor. María, su hermana, ese ser de luz que siempre lo acompañó, sentía cómo el alma se le partía en dos. La despedida nos quebraba por dentro, pero yo contuve las lágrimas. No podía caerme ahí. No todavía.
Cambia, todo cambia…
El aeropuerto era un remolino de despedidas ajenas, de voces metálicas, de gente que se va y gente que vuelve. Pero el mundo, en ese instante, éramos nosotros. Su mano soltando la mía. Una sonrisa que intentaba esconder el llanto. Un adiós mordiéndose los labios.
Lo vi alejarse sin mirar atrás. Y en medio de ese ruido, volvió la voz de Soledad, firme y cálida, recordándome lo inevitable:
Cambia lo superficial, cambia también lo profundo…
¿Quién no ha sentido ese vértigo? El tiempo que nos empuja, el espejo que devuelve un rostro distinto, los lugares que fueron hogar y hoy parecen lejanos. Cambian los sueños, cambian los caminos. Y nos resistimos, como si aferrarnos al pasado pudiera detener lo que es ley de la vida.
Cambia el clima con los años…y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño.
Pero… ¿y el corazón? ¿Y el amor que queda esperando? ¿Y las raíces que nos atan a la risa de una madre, al olor del pan en la casa de los abuelos, a la tierra que nos vio crecer?
Ahí es donde la voz de Soledad se vuelve verdad pura. Porque hay algo que el tiempo y la distancia no pueden tocar.
Pero no cambia mi amor, por más lejos que me encuentre…
Y es ahí donde entendemos todo. Que la vida nos va a llevar lejos, que vamos a decir adiós más veces de las que quisiéramos. Que todo cambia…Pero que lo esencial permanece.
Sí, todo cambia.
Las estaciones.
Los caminos.
Los rostros.
Pero no cambia el amor.
Permanece en la memoria de los abrazos, en las palabras que siguen viviendo, en los lazos que ni la distancia ni los océanos pueden romper.
Todo cambia… canta Soledad. Y sí, todo cambia.




Comentarios