Un café con Sócrates y Solari: entre la luz y la línea también se escribe la historia.
- Roberto Arnaiz
- hace 12 minutos
- 3 Min. de lectura
Ellos ya estaban sentados cuando llegué.
No en pose, no esperando: instalados. Como si ese café les perteneciera desde antes que yo existiera. José Oscar Jacinto —Sócrates— tenía los anteojos apoyados sobre la mesa; Lucio Solari miraba hacia la ventana con esa calma de quienes no tienen apuro porque ya vieron todo.
Me acerqué con una sensación incómoda, casi de intrusión. No era que no me esperaran —era peor—: mi presencia no era necesaria. Dos hombres que habían pasado décadas en redacciones, en el mismo diario, en los mismos años en que el país se escribía y se borraba todos los días. Uno con tinta. El otro con luz.
Me senté. Y en ese gesto mínimo —la silla que se corre, la taza que se apoya— entendí que no venía a conversar, sino a mirar.
Sócrates acomodó los anteojos como si fueran herramientas. Y lo eran. Durante más de cincuenta años caminó redacciones, sobre todo en La Nación, en tiempos donde una línea podía incomodar y un dibujo decir lo que no se podía escribir. Empezó en los setenta, cuando el humor no era liviano sino una forma de resistencia.
—Antes el dibujo tenía que pensar por vos —dijo.
No sonó a frase hecha, sino a una regla de oficio. En esas palabras había más historia que en muchos archivos.
Mientras lo escuchaba, no pude evitar sentirme pequeño. No por lo que decía, sino por lo que había hecho: sus dibujos habían cruzado fronteras, habían salido del papel para colgarse en paredes lejanas, incluso en el Museo del Louvre. Pensé en eso y bajé la mirada. Hay trayectorias que no se explican: se asumen.
Solari no interrumpía. Tenía ese silencio denso de los que no acumulan anécdotas, sino mirada. Entró a La Nación en 1969 y se quedó treinta años. Tres décadas observando gobiernos, crisis, entusiasmos breves. Tres décadas decidiendo qué imagen iba a quedar cuando todo lo demás desapareciera.
En algún momento alguien dijo “Borges”.
Y entonces ocurrió algo mínimo.
Solari levantó apenas la cabeza y dejó caer la escena: las manos de Jorge Luis Borges. No el rostro, no la figura consagrada. Las manos. Las manos que ya no veían, pero que todavía tocaban el mundo.
Pensé en esa imagen y en lo que implica verla. No cualquiera puede hacerlo. Hace falta una forma particular de mirar para encontrar grandeza en lo esencial. Ahí entendí su oficio.
Después mencionó otra escena, casi sin énfasis: un campeón olímpico argentino de equitación cayendo del caballo. No lo contó como algo espectacular, sino como un instante preciso. Y ahí también estaba todo: la gloria, el error, la caída. En un segundo.
Nadie dijo nada. Porque hay momentos en los que hablar es arruinar lo que acaba de aparecer.
Se habían conocido en la redacción. No en un encuentro memorable, sino en el ruido: teléfonos, máquinas de escribir, urgencias. Uno dibujando lo que no se podía decir. El otro fotografiando lo que algunos preferían ocultar. No eran amigos de largas confidencias; eran compañeros de oficio. Y eso, con el tiempo, se vuelve más sólido.
—El diario era otra cosa —dijo Sócrates—. Había tiempo.
La palabra quedó suspendida. Tiempo. Como si fuera un recurso agotado.
Yo los observaba y tenía la sensación —cada vez más clara— de estar frente a dos hombres que no solo habían vivido la historia, sino que habían intervenido en la forma en que otros la miraron. Una línea, una imagen, y algo quedaba. O desaparecía. Ellos trabajaban en ese límite.
En algún punto entendí algo incómodo: yo no estaba participando. Estaba asistiendo.
No hablaban para mí. Hablaban desde un lugar donde yo no había estado. Yo era apenas un testigo tardío, alguien que llegaba cuando todo ya había pasado, pero que, por alguna razón, estaba ahí.
—Ahora todo es inmediato —dijo Sócrates—. Antes, si te equivocabas, quedaba.
Solari no respondió. Asintió apenas, como quien sabe que una imagen también puede equivocarse para siempre.
El café se terminó sin aviso. Nadie pidió otra ronda. No hacía falta prolongar nada. Hay encuentros que no se repiten, y por eso no conviene forzarlos.
Pagaron sin discutir. Se levantaron sin ceremonia. Salimos a la calle.
La gente pasaba sin mirarlos. Nadie los reconocía. Nadie se detenía. Y sin embargo, yo tenía una certeza difícil de explicar: esos dos hombres habían pasado años en el lugar exacto donde se decide qué queda y qué se pierde de un país.
Caminé unos metros con ellos y después me quedé atrás.
No por respeto.
Por distancia.
Porque hay momentos en los que uno entiende que no está a la altura de lo que está viviendo.
Y entonces hace lo único que puede hacer: mirar, callarse… y tratar de no olvidarse.




Comentarios