¿Belgrano era liberal?
- Roberto Arnaiz
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Cada cierto tiempo reaparece una pregunta que parece sencilla, pero que encierra un problema histórico: ¿Manuel Belgrano era liberal?
La respuesta depende, antes que nada, de otra pregunta: ¿qué significa ser liberal? Si utilizamos el significado que esa palabra tiene en el siglo XXI, obtendremos una respuesta. Si empleamos el sentido que tenía a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, llegaremos a una conclusión diferente.
Ese es el error más frecuente cuando se analiza el pensamiento de Belgrano: aplicar categorías políticas actuales a un hombre que vivió hace más de doscientos años.
Hoy, cuando alguien se define como liberal, suele identificarse con la defensa de la libertad económica, la reducción de la intervención del Estado, la baja presión impositiva, la protección de la propiedad privada y el libre funcionamiento del mercado. Existen diversas corrientes dentro del liberalismo contemporáneo, pero esos principios representan, en términos generales, la idea que la mayoría de las personas asocia con esa palabra.
A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en cambio, el liberalismo significaba algo distinto.
Los liberales de aquella época se enfrentaban al absolutismo monárquico y defendían gobiernos sometidos a la ley, la división de poderes, la igualdad jurídica, la libertad de imprenta, la libertad de comercio frente a los monopolios y la eliminación de muchos privilegios heredados del Antiguo Régimen. El gran debate no giraba alrededor de un Estado grande o pequeño, sino sobre cómo modernizar las instituciones y generar prosperidad.
Muchos de esos mismos liberales consideraban que el Estado debía construir caminos, abrir puertos, promover la educación, estimular la agricultura y favorecer el desarrollo de la industria. Es decir, no concebían un Estado ausente, sino un Estado capaz de impulsar el progreso.
Ese era el mundo intelectual en el que se formó Belgrano.
Durante sus años de estudio en Salamanca, Valladolid y Madrid conoció las obras de Adam Smith, François Quesnay, Campomanes y, especialmente, Gaspar Melchor de Jovellanos. De cada uno tomó ideas que luego adaptó a la realidad del Río de la Plata.
De Adam Smith incorporó la importancia del trabajo, la productividad y el comercio. De los fisiócratas aprendió el valor estratégico de la agricultura. De Jovellanos adoptó la convicción de que la educación, las obras públicas, la producción y el conocimiento constituían los pilares del desarrollo nacional.
Sin embargo, Belgrano nunca siguió una escuela económica de manera dogmática. Su preocupación no era defender una teoría, sino encontrar soluciones para los problemas concretos de su tierra.
Por eso criticó el monopolio comercial español, que impedía el crecimiento económico del Virreinato. Defendió una mayor libertad para producir y comerciar, impulsó la iniciativa privada y sostuvo que el trabajo era la verdadera fuente de la riqueza.
Hasta aquí, muchos podrían concluir que Belgrano era liberal.
Sin embargo, basta recorrer sus Memorias del Consulado para advertir que su pensamiento iba mucho más allá de esa definición.
Desde el Consulado propuso crear escuelas de agricultura, comercio, náutica y dibujo; fomentar la enseñanza técnica; mejorar la producción rural mediante nuevas herramientas y conocimientos; construir caminos, puentes, canales y puertos; promover las manufacturas locales y facilitar el desarrollo del comercio.
En su proyecto, el Estado tenía un papel activo. No debía reemplazar la iniciativa de los particulares, pero sí crear las condiciones necesarias para que la sociedad pudiera prosperar.
Belgrano tampoco concebía la economía separada de la educación o de la ética. Estaba convencido de que ninguna nación alcanzaría un desarrollo duradero sin ciudadanos instruidos y sin funcionarios honestos. Por eso repetía una idea que atraviesa toda su obra: la educación era el fundamento de la prosperidad y la moral pública era la garantía de su continuidad.
Su propuesta era integral. Comprendía que una buena cosecha servía de poco si no existían caminos para transportarla; que abrir el comercio resultaba insuficiente sin productores capacitados; que la industria no podía crecer sin educación técnica y que ninguna política económica tendría éxito sin instituciones sólidas.
Por esa razón, resulta difícil ubicarlo dentro de las categorías políticas actuales.
¿Era liberal según el significado que esa palabra tenía a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX? Sin duda, sí. Defendía la libertad frente al monopolio colonial, el gobierno sometido a las leyes, la igualdad jurídica y las reformas inspiradas por la Ilustración.
¿Era liberal según el significado que muchos atribuyen hoy al término? La respuesta exige más cautela. Su pensamiento otorgaba al Estado responsabilidades esenciales en la educación, la infraestructura, la promoción de la producción y el desarrollo nacional.
Más que un liberal en el sentido contemporáneo, Belgrano fue un reformista ilustrado. No escribió para sostener una ideología, sino para construir un proyecto de país. Tomó las ideas más avanzadas de su tiempo, las adaptó a las necesidades del Río de la Plata y las convirtió en un programa de gobierno basado en la educación, el trabajo, la producción y la moral pública.
Quizás, entonces, la pregunta correcta no sea si Belgrano era liberal. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a comprenderlo en el contexto de su tiempo o si seguiremos intentando encasillarlo dentro de debates políticos nacidos dos siglos después.
