Buenos Aires también es del interior
Distintas procedencias, una misma bandera
Yo llegué desde la Patagonia para estudiar. Me recibieron mis abuelos. En el colegio me abrieron las puertas. Mi encuentro con Buenos Aires empezó así: con personas que me hicieron lugar.
Por eso, cuando escucho despotricar contra “los porteños”, como si todos tuvieran la misma historia, pienso en cuántos habrán llegado alguna vez con una valija parecida a la mía.
Porque Buenos Aires está llena de gente que vino de otra parte.
Algunos conservan el acento. A otros se les escapa una palabra de su provincia cuando se entusiasman. Hay quienes llevan décadas viviendo acá y todavía dicen “voy para mis pagos” cuando preparan un viaje. Allá los espera un hermano, una casa o una calle por la que necesitan volver a caminar.
Uno les pregunta de dónde son y aparece el país entero.
La ciudad que llegó de todas partes
Desde distintos rincones de la Argentina se mira a Buenos Aires con curiosidad, fastidio y, a veces, desconfianza. Lo que dice el porteño, lo que hace el porteño, lo que se decide en la capital.
Esa mirada tiene razones históricas. La concentración de recursos y decisiones produjo desequilibrios que merecen discutirse. Pero cuando la crítica se convierte en un juicio sobre todos sus habitantes, dejamos de ver a las personas.
La médica que nos atiende puede ser salteña. El comerciante de la esquina puede haber llegado de Entre Ríos. Ese vecino que conoce cada combinación de colectivos quizá pasó su infancia en un pueblo patagónico.
Ahora saben moverse. Alguna vez también tuvieron que preguntar.
Buenos Aires recibió sus esfuerzos y sus costumbres. Y ellos fueron haciéndola propia, sin necesidad de renunciar al lugar del que venían.
Antes de los nombres famosos
Eva Duarte llegó en 1935, después de su infancia y adolescencia en Los Toldos y Junín. Buscaba abrirse camino como actriz. Antes de convertirse en Evita, fue una muchacha provinciana intentando encontrar su lugar en la ciudad.
Alberto Olmedo vino desde Rosario en 1954 para probar suerte en el ambiente artístico. Poco después comenzó a trabajar en Canal 7. Su humor se volvería parte de la vida cotidiana de millones de argentinos, sin borrar su pertenencia rosarina.
René Favaloro tuvo otro recorrido. Nació en La Plata, ejerció durante doce años como médico rural en Jacinto Aráuz, La Pampa, y después trabajó en Estados Unidos. En 1971 regresó para desarrollar en Buenos Aires un centro de excelencia médica. Traía conocimientos y una experiencia humana que había crecido también lejos de la capital.
Junto a esas figuras están miles de personas cuyos nombres nunca aparecieron en una marquesina. Obreros, docentes, estudiantes y enfermeros que encontraron aquí una oportunidad y aportaron su trabajo.
La ciudad también les debe lo que es.
“¿De dónde sos?”
Hay una pregunta que puede resumir esa experiencia.
—¿De dónde sos?
A veces la despierta el acento. Otras, una referencia que alguien reconoce. La respuesta abre una conversación: un familiar que vive allá, una ruta recorrida hace años, un compañero de escuela.
La ciudad enorme se vuelve, por un momento, bastante más pequeña.
También existen los prejuicios y la discriminación. Mi experiencia, sin embargo, me permite contar esa otra Buenos Aires que recibe, orienta y acompaña. La de quien recuerda cuánto le costó empezar y procura que el recién llegado encuentre un camino más sencillo.
Mis abuelos me recibieron en su casa. El colegio me abrió las puertas. Conservo esos hechos porque fueron el comienzo de una etapa de mi vida.
Con los años uno aprende los recorridos y deja de sentirse recién llegado. Entonces aparece otra persona que necesita una explicación, un contacto o alguien dispuesto a escucharla. Ayudarla puede ser una manera de devolver lo que recibimos.
Un porteño que pensó en todos
Cuando hablamos de lo que nos une, aparece nuestra bandera. Y detrás de ella, Manuel Belgrano.
Belgrano nació en Buenos Aires. Fue un porteño cuya vida de servicio se extendió por buena parte del territorio de la Revolución. Su condición de hijo de esta ciudad convivió con una responsabilidad mucho más amplia: pensar y actuar por una patria que todavía estaba construyéndose.
Sus campañas lo llevaron al Paraguay, al litoral y al norte. En Jujuy, Tucumán y Salta asumió decisiones y sacrificios que comprometieron su salud, su tranquilidad y su porvenir. Su trayectoria lo coloca entre quienes más entregaron por la causa común.
En él encontramos un ejemplo de honestidad y responsabilidad. También una enseñanza sobre la manera de ejercer una función pública: hacerse cargo, estudiar los problemas y anteponer el deber a la conveniencia personal.
La grandeza de aquel porteño estuvo en comprender que su responsabilidad alcanzaba a quienes vivían mucho más allá de su ciudad natal.
La bandera que creó terminó reuniéndonos a todos. Hoy la llevan alumnos de escuelas rurales, deportistas, científicos y soldados. La vemos en pueblos cordilleranos, ciudades del litoral y barrios de Buenos Aires. Cada uno puede reconocer en ella algo propio.
Un país que se hizo recibiendo
La Argentina se construyó con muchas procedencias. A las comunidades originarias y a las familias establecidas desde generaciones anteriores se sumaron personas que cruzaron océanos y fronteras buscando una oportunidad.
Ese crisol vive en nuestros apellidos, nuestras comidas y nuestras mesas familiares. Muchos argentinos reúnen en su propia historia varios lugares del mundo.
Tenemos motivos para sentir orgullo por esa tradición de puertas abiertas. Debemos cuidarla y hacerla real cada vez que recibimos con respeto a quien llega para vivir y trabajar entre nosotros.
La hospitalidad empieza en gestos concretos. Una silla ofrecida, una orientación, una puerta que se abre. Así, alguien que hasta ayer era un desconocido comienza a formar parte de nuestra vida.
Todos somos importantes en esa construcción. Quien se quedó en su pueblo y quien tuvo que partir. Quien nació aquí y quien eligió este país para criar a sus hijos. Cada uno puede aportar algo que los demás necesitan.
Podemos reclamar una Argentina más equilibrada y discutir nuestras diferencias. También podemos alegrarnos por lo que otro consigue y comprender que su esfuerzo abre oportunidades para muchos más.
Mirarnos permanentemente con recelo, atentos al origen del otro y dispuestos a atribuirle defectos colectivos, nos impide reconocer cuánto compartimos.
Yo vine desde la Patagonia y encontré aquí personas que me hicieron lugar. Otros podrían contar la misma historia desde una escuela de Córdoba, un hospital de Tucumán o una casa de Santa Cruz.
Belgrano nos dejó una bandera capaz de reunir todas esas historias. Honrarla también consiste en reconocernos como compatriotas, recibir al que llega y ayudarnos a crecer. La Argentina se hace más grande cuando cada uno entiende que el futuro del otro también forma parte del suyo.
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