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Cuando Buenos Aires soñaba con París y un italiano construyó un palacio para Dante

hace 4 minutos
3 min de lectura

La transformación de la capital, el lujo de las grandes fortunas y la ambición de dos inmigrantes confluyeron en una obra extraordinaria: el Palacio Barolo, construido entre 1919 y 1923.



Buenos Aires quería parecerse a París. Abría avenidas, levantaba palacios y transformaba sus espacios públicos. Para una parte de su dirigencia, la capital debía mostrar el futuro de una nación que crecía y buscaba un lugar en el mundo. Sus edificios podían expresar esa ambición antes de que alguien necesitara explicarla.


Desde la década de 1880, Torcuato de Alvear impulsó una renovación inspirada en las reformas que el barón Haussmann había realizado en París. La ciudad todavía conservaba buena parte de su fisonomía colonial. Alvear quería abrir perspectivas, mejorar la circulación y transformar su centro. La demolición de la Recova, en 1884, fue una de las intervenciones más visibles de aquel proceso.


La Avenida de Mayo nació de ese impulso. Concebida durante su gestión e inaugurada en 1894, abrió una nueva perspectiva sobre Buenos Aires. Con el tiempo se convirtió en el eje cívico que une la Casa de Gobierno con el Congreso. Hoteles, comercios y edificios fueron dando forma a una avenida que exhibía las aspiraciones de una capital moderna.


París ejercía una fascinación especial sobre las familias acomodadas. Viajar a Europa, adoptar sus modas y adquirir objetos para las residencias porteñas podía convertirse en una manera de afirmar una posición social. La influencia francesa encontraba expresión en la arquitectura, los paseos y las costumbres.


La Belle Époque quedó asociada a ese universo de elegancia y confianza en el progreso. En Europa, la Primera Guerra Mundial puso fin a aquella etapa en 1914. Sin embargo, sus gustos y aspiraciones continuaron influyendo en Buenos Aires. El Barolo, construido después de la guerra, recogió parte de esa ambición y la llevó por un camino singular.


El lujo también dejó anécdotas. Una de las más conocidas atribuye a Martín Máximo de Álzaga Unzué, “Macoco”, y sus amigos la costumbre de lanzar trozos de manteca hacia el techo de un establecimiento parisino. De allí habría surgido la expresión “tirar manteca al techo”, convertida en sinónimo de derroche. Las versiones difieren en sus detalles, pero la historia perduró como una imagen de riqueza ostentosa.


Aquella prosperidad convivía con desigualdades y conflictos. La vida de los trabajadores y de muchas familias inmigrantes estaba lejos de los salones elegantes. Buenos Aires reunía experiencias muy diferentes: fortunas que buscaban prestigio, personas que procuraban un empleo y emprendedores que encontraban oportunidades para desarrollar sus proyectos.


Luis Barolo perteneció a este último mundo. Llegó desde Italia en 1890 y desarrolló actividades vinculadas con los tejidos y la producción textil. Su fortuna hizo posible levantar un edificio destinado al alquiler de oficinas. Pero, junto con el arquitecto italiano Mario Palanti, convirtió aquel propósito comercial en una obra excepcional.


La construcción comenzó en 1919 y concluyó en 1923. Sus cien metros de altura alteraron la escala de la Avenida de Mayo. Para alcanzar esa dimensión necesitó una autorización especial del intendente Luis Cantilo, concedida en 1921. El empleo del hormigón armado acompañó una audacia que también se manifestaba en su silueta.


La singularidad del palacio iba más allá de la altura. Su diseño quedó asociado a Dante Alighieri y a la Divina Comedia. La interpretación simbólica del edificio propone un recorrido por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, hasta llegar al faro que corona la torre.


Los cien metros se relacionan con los cien cantos del poema. Las nueve bóvedas del pasaje evocan los nueve círculos infernales. Entrar y ascender permiten imaginar el viaje de Dante convertido en arquitectura. Entre oficinas y escaleras, la literatura encuentra una presencia inesperada en el corazón porteño.


También circula una historia fascinante: Barolo y Palanti habrían pensado el edificio como un lugar destinado a recibir las cenizas del poeta, ante el temor de que los conflictos europeos amenazaran sus restos. Esa versión forma parte de la memoria del palacio, aunque debe distinguirse de un traslado que nunca ocurrió.


El Barolo permite reconocer una ciudad que incorporaba influencias extranjeras y les daba formas propias. En sus calles, la tradición francesa convivía con iniciativas italianas y otras expresiones culturales. De ese encuentro surgieron edificios que hoy identificamos inmediatamente con Buenos Aires.


En la Avenida de Mayo, el Barolo sigue imponiendo su presencia. Abajo transcurre la ciudad: oficinas, cafés, colectivos y apuros. Arriba, el faro corona el viaje que Palanti imaginó desde el Infierno hasta el Paraíso.


Buenos Aires quiso parecerse a París. Con el Barolo, terminó albergando algo que París no tenía: un homenaje a Dante de cien metros de altura.

 

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