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¿Cuándo y cómo se creó el Ejército Argentino?

 

La historia oficial responde que el Ejército Argentino fue creado el 29 de mayo

de 1810.

 

La historia completa comienza cuatro años antes, cuando una ciudad ocupada

decidió tomar las armas.

 

En junio de 1806, soldados británicos recorrían las calles de Buenos Aires

mientras miles de vecinos observaban con incredulidad una realidad que

parecía imposible. La bandera del Reino Unido flameaba sobre los edificios

públicos. Los centinelas vigilaban las esquinas. Los comerciantes abrían sus

negocios bajo nuevas autoridades y las conversaciones se apagaban cuando

una patrulla aparecía al final de la calle.

 

Durante más de dos siglos, Buenos Aires había vivido bajo la protección del

Imperio español. Sus habitantes podían discutir sobre impuestos, comercio o

política, pero daban por sentado que la Corona garantizaría la defensa del

territorio. Las invasiones inglesas destruyeron esa certeza en cuestión de días.

La ciudad contaba con cerca de cuarenta mil habitantes.

 

Era una comunidad de comerciantes, artesanos, marineros, esclavos, religiosos y funcionarios que llevaba generaciones viviendo bajo la autoridad de una monarquía lejana. Sin embargo, de pronto, el poder imperial que debía protegerla parecía incapaz de hacerlo.

 

Durante semanas, la ocupación británica pareció definitiva.

 

Muchos vecinos intentaron adaptarse a la nueva realidad. Otros aguardaban

noticias. Algunos comenzaron a preguntarse si el destino de la ciudad

dependería, en adelante, de sus propios habitantes.

 

Entre quienes observaban aquella crisis hubo un hombre que comprendió que

Buenos Aires estaba frente a una decisión histórica.

 

Era Santiago de Liniers.

 

Francés de nacimiento, marino de profesión y soldado por vocación. Mientras

la ciudad permanecía ocupada, organizó la resistencia desde Montevideo.

 

Reunió hombres, consiguió armas y preparó una operación que muchos

consideraban imposible.

 

En agosto de 1806 cruzó el Río de la Plata y recuperó Buenos Aires.

La victoria tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de lo militar.

 

Los habitantes del Río de la Plata descubrieron algo que transformaría su

manera de verse a sí mismos: podían organizarse, combatir y vencer.

 

Liniers comprendió inmediatamente el significado de aquella experiencia. Los

viejos regimientos coloniales resultaban insuficientes para enfrentar amenazas

semejantes. El futuro exigía una fuerza nacida de la propia sociedad.

 

Por eso, el 6 de septiembre de 1806 convocó a los vecinos a integrar cuerpos

militares permanentes.

 

La respuesta fue inmediata.

 

Comerciantes que abandonaban por unas horas sus negocios. Herreros que

cambiaban la fragua por el fusil. Aprendices que dejaban talleres e imprentas

para aprender ejercicios militares. Negros libres, libertos, criollos, españoles y

trabajadores de toda condición acudieron a la convocatoria.

 

Así surgieron los Patricios, los Arribeños, los Pardos y Morenos y los distintos

tercios españoles.

 

Buenos Aires comenzó a transformarse.

 

Los tambores resonaban en la Plaza Mayor. Los herreros trabajaban hasta

entrada la noche. En los patios se fundía plomo para fabricar municiones. Los

domingos se realizaban maniobras militares. Desde los balcones, las familias

observaban desfilar a quienes apenas unos meses antes habían sido simples

vecinos.

 

La ciudad estaba cambiando.

 

Los vecinos comenzaban a convertirse en soldados.

 

Entre aquellos oficiales que empezaban a ganar prestigio destacaba Cornelio

Saavedra, futuro jefe del Regimiento de Patricios. Su liderazgo crecería junto

con el de aquellas milicias que pronto serían puestas a prueba.

 

La prueba llegó en 1807.

 

El Imperio Británico regresó con más de nueve mil soldados veteranos

convencidos de que completarían la conquista iniciada el año anterior.

Lo que encontraron fue una ciudad completamente distinta.

 

Las calles se transformaron en posiciones defensivas. Las azoteas se llenaron

de combatientes. Las iglesias y conventos se prepararon para resistir. Cada

barrio organizó su propia defensa.

 

Cuando comenzó el combate, Buenos Aires se convirtió en un inmenso campo

de batalla urbano.

 

Los disparos resonaban entre las paredes de las calles angostas. El humo

cubría las esquinas. Las campanas sonaban sin descanso. Desde las ventanas

caían piedras, tejas, proyectiles y agua hirviendo. Las mujeres preparaban

cartuchos, organizaban provisiones, transportaban agua y asistían a los

heridos. Los esclavos combatían con la esperanza de conquistar la libertad.

Los comerciantes abandonaban sus negocios para ocupar posiciones

defensivas.

 

La lucha avanzó casa por casa.

Patio por patio.

Habitación por habitación.

 

En torno al convento de Santo Domingo y a numerosas posiciones estratégicas

se desarrollaron algunos de los combates más intensos. Los británicos

descubrieron que cada esquina podía convertirse en una emboscada y cada

vivienda en una fortaleza.

 

Finalmente llegó la rendición del general John Whitelocke.

La noticia recorrió Europa.

 

Una de las mayores potencias militares del mundo acababa de ser derrotada

por una ciudad que un año antes parecía indefensa.

 

En Londres, el ministro de Guerra William Windham intentó explicar lo ocurrido

ante el Parlamento:

“Son feroces y solo les falta disciplina para hacerlos formidables.”

 

Aquellas palabras describían una parte del espíritu que estaba naciendo en el

Río de la Plata.

Sin embargo, el cambio más profundo no había ocurrido en los campos de

batalla.

 

Había ocurrido en la mente de los habitantes de Buenos Aires.

 

Por primera vez, miles de criollos descubrieron que podían organizarse, elegir

líderes, combatir juntos y asumir responsabilidades que durante generaciones

habían pertenecido exclusivamente a las autoridades enviadas desde Europa.

Las invasiones inglesas se transformaron así en la gran escuela militar y

política de la Revolución.

 

Los hombres que aprendieron a manejar un fusil durante aquellas jornadas

serían los mismos que pocos años después sostendrían la Revolución de

Mayo, integrarían los primeros ejércitos patrios y marcharían bajo las banderas

de Manuel Belgrano y José de San Martín.

 

Cuando Martín de Álzaga intentó desplazar a Liniers en enero de 1809, fueron

aquellas milicias, encabezadas por Cornelio Saavedra, las que sostuvieron la

situación.

 

Cuando llegó Mayo de 1810, esos mismos hombres ya constituían una fuerza

experimentada, respetada y consciente de su propia importancia.

 

Por eso, cuando Mariano Moreno redactó el decreto del 29 de mayo de 1810,

no estaba creando una fuerza desde cero.

 

Estaba otorgando forma legal a una realidad nacida durante las invasiones

inglesas.

 

El documento organizó oficialmente el Ejército de las Provincias Unidas del Río

de la Plata y dio continuidad institucional a una fuerza que ya había

demostrado su capacidad en las calles de Buenos Aires.

 

Por esa razón, la historia del Ejército Argentino posee dos momentos

inseparables.

 

El primero ocurrió en 1806, cuando las milicias organizadas por Liniers

comenzaron a reunir a miles de vecinos dispuestos a defender su tierra.

El segundo llegó el 29 de mayo de 1810, cuando la Primera Junta transformó

aquella experiencia en una institución permanente.

 

Las invasiones inglesas cambiaron mucho más que la historia militar del Río de

la Plata.

 

Enseñaron a toda una generación que podía organizarse, resistir y decidir su

propio destino.

 

De aquellas milicias surgirían los hombres que sostendrían la Revolución de

Mayo, los oficiales que marcharían junto a Belgrano y San Martín y el ejército

que acompañaría el nacimiento de una nueva nación.

 

Porque antes de existir en los papeles, el Ejército Argentino ya existía en la

voluntad de un pueblo decidido a defender su libertad.



 
 
 

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