¿Cuándo y cómo se creó el Ejército Argentino?
- Roberto Arnaiz
- hace 7 horas
- 5 min de lectura
La historia oficial responde que el Ejército Argentino fue creado el 29 de mayo
de 1810.
La historia completa comienza cuatro años antes, cuando una ciudad ocupada
decidió tomar las armas.
En junio de 1806, soldados británicos recorrían las calles de Buenos Aires
mientras miles de vecinos observaban con incredulidad una realidad que
parecía imposible. La bandera del Reino Unido flameaba sobre los edificios
públicos. Los centinelas vigilaban las esquinas. Los comerciantes abrían sus
negocios bajo nuevas autoridades y las conversaciones se apagaban cuando
una patrulla aparecía al final de la calle.
Durante más de dos siglos, Buenos Aires había vivido bajo la protección del
Imperio español. Sus habitantes podían discutir sobre impuestos, comercio o
política, pero daban por sentado que la Corona garantizaría la defensa del
territorio. Las invasiones inglesas destruyeron esa certeza en cuestión de días.
La ciudad contaba con cerca de cuarenta mil habitantes.
Era una comunidad de comerciantes, artesanos, marineros, esclavos, religiosos y funcionarios que llevaba generaciones viviendo bajo la autoridad de una monarquía lejana. Sin embargo, de pronto, el poder imperial que debía protegerla parecía incapaz de hacerlo.
Durante semanas, la ocupación británica pareció definitiva.
Muchos vecinos intentaron adaptarse a la nueva realidad. Otros aguardaban
noticias. Algunos comenzaron a preguntarse si el destino de la ciudad
dependería, en adelante, de sus propios habitantes.
Entre quienes observaban aquella crisis hubo un hombre que comprendió que
Buenos Aires estaba frente a una decisión histórica.
Era Santiago de Liniers.
Francés de nacimiento, marino de profesión y soldado por vocación. Mientras
la ciudad permanecía ocupada, organizó la resistencia desde Montevideo.
Reunió hombres, consiguió armas y preparó una operación que muchos
consideraban imposible.
En agosto de 1806 cruzó el Río de la Plata y recuperó Buenos Aires.
La victoria tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de lo militar.
Los habitantes del Río de la Plata descubrieron algo que transformaría su
manera de verse a sí mismos: podían organizarse, combatir y vencer.
Liniers comprendió inmediatamente el significado de aquella experiencia. Los
viejos regimientos coloniales resultaban insuficientes para enfrentar amenazas
semejantes. El futuro exigía una fuerza nacida de la propia sociedad.
Por eso, el 6 de septiembre de 1806 convocó a los vecinos a integrar cuerpos
militares permanentes.
La respuesta fue inmediata.
Comerciantes que abandonaban por unas horas sus negocios. Herreros que
cambiaban la fragua por el fusil. Aprendices que dejaban talleres e imprentas
para aprender ejercicios militares. Negros libres, libertos, criollos, españoles y
trabajadores de toda condición acudieron a la convocatoria.
Así surgieron los Patricios, los Arribeños, los Pardos y Morenos y los distintos
tercios españoles.
Buenos Aires comenzó a transformarse.
Los tambores resonaban en la Plaza Mayor. Los herreros trabajaban hasta
entrada la noche. En los patios se fundía plomo para fabricar municiones. Los
domingos se realizaban maniobras militares. Desde los balcones, las familias
observaban desfilar a quienes apenas unos meses antes habían sido simples
vecinos.
La ciudad estaba cambiando.
Los vecinos comenzaban a convertirse en soldados.
Entre aquellos oficiales que empezaban a ganar prestigio destacaba Cornelio
Saavedra, futuro jefe del Regimiento de Patricios. Su liderazgo crecería junto
con el de aquellas milicias que pronto serían puestas a prueba.
La prueba llegó en 1807.
El Imperio Británico regresó con más de nueve mil soldados veteranos
convencidos de que completarían la conquista iniciada el año anterior.
Lo que encontraron fue una ciudad completamente distinta.
Las calles se transformaron en posiciones defensivas. Las azoteas se llenaron
de combatientes. Las iglesias y conventos se prepararon para resistir. Cada
barrio organizó su propia defensa.
Cuando comenzó el combate, Buenos Aires se convirtió en un inmenso campo
de batalla urbano.
Los disparos resonaban entre las paredes de las calles angostas. El humo
cubría las esquinas. Las campanas sonaban sin descanso. Desde las ventanas
caían piedras, tejas, proyectiles y agua hirviendo. Las mujeres preparaban
cartuchos, organizaban provisiones, transportaban agua y asistían a los
heridos. Los esclavos combatían con la esperanza de conquistar la libertad.
Los comerciantes abandonaban sus negocios para ocupar posiciones
defensivas.
La lucha avanzó casa por casa.
Patio por patio.
Habitación por habitación.
En torno al convento de Santo Domingo y a numerosas posiciones estratégicas
se desarrollaron algunos de los combates más intensos. Los británicos
descubrieron que cada esquina podía convertirse en una emboscada y cada
vivienda en una fortaleza.
Finalmente llegó la rendición del general John Whitelocke.
La noticia recorrió Europa.
Una de las mayores potencias militares del mundo acababa de ser derrotada
por una ciudad que un año antes parecía indefensa.
En Londres, el ministro de Guerra William Windham intentó explicar lo ocurrido
ante el Parlamento:
“Son feroces y solo les falta disciplina para hacerlos formidables.”
Aquellas palabras describían una parte del espíritu que estaba naciendo en el
Río de la Plata.
Sin embargo, el cambio más profundo no había ocurrido en los campos de
batalla.
Había ocurrido en la mente de los habitantes de Buenos Aires.
Por primera vez, miles de criollos descubrieron que podían organizarse, elegir
líderes, combatir juntos y asumir responsabilidades que durante generaciones
habían pertenecido exclusivamente a las autoridades enviadas desde Europa.
Las invasiones inglesas se transformaron así en la gran escuela militar y
política de la Revolución.
Los hombres que aprendieron a manejar un fusil durante aquellas jornadas
serían los mismos que pocos años después sostendrían la Revolución de
Mayo, integrarían los primeros ejércitos patrios y marcharían bajo las banderas
de Manuel Belgrano y José de San Martín.
Cuando Martín de Álzaga intentó desplazar a Liniers en enero de 1809, fueron
aquellas milicias, encabezadas por Cornelio Saavedra, las que sostuvieron la
situación.
Cuando llegó Mayo de 1810, esos mismos hombres ya constituían una fuerza
experimentada, respetada y consciente de su propia importancia.
Por eso, cuando Mariano Moreno redactó el decreto del 29 de mayo de 1810,
no estaba creando una fuerza desde cero.
Estaba otorgando forma legal a una realidad nacida durante las invasiones
inglesas.
El documento organizó oficialmente el Ejército de las Provincias Unidas del Río
de la Plata y dio continuidad institucional a una fuerza que ya había
demostrado su capacidad en las calles de Buenos Aires.
Por esa razón, la historia del Ejército Argentino posee dos momentos
inseparables.
El primero ocurrió en 1806, cuando las milicias organizadas por Liniers
comenzaron a reunir a miles de vecinos dispuestos a defender su tierra.
El segundo llegó el 29 de mayo de 1810, cuando la Primera Junta transformó
aquella experiencia en una institución permanente.
Las invasiones inglesas cambiaron mucho más que la historia militar del Río de
la Plata.
Enseñaron a toda una generación que podía organizarse, resistir y decidir su
propio destino.
De aquellas milicias surgirían los hombres que sostendrían la Revolución de
Mayo, los oficiales que marcharían junto a Belgrano y San Martín y el ejército
que acompañaría el nacimiento de una nueva nación.
Porque antes de existir en los papeles, el Ejército Argentino ya existía en la
voluntad de un pueblo decidido a defender su libertad.
