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"El colador y el río: ¿Por qué leemos?"

 

En un aula iluminada por el sol de la tarde, el murmullo de los estudiantes se detenía de vez en cuando con preguntas que iban más allá de los libros y los exámenes. Una de esas preguntas, aparentemente sencilla, fue lanzada por un joven con la curiosidad dibujada en el rostro:

—Maestro, ¿de qué sirve leer tanto si al final uno olvida la mayoría de lo que ha leído?

La clase entera quedó en silencio. No porque la pregunta fuera difícil, sino porque todos, en algún momento, habían pensado lo mismo. El maestro, un hombre que hablaba más con sus gestos que con sus palabras, lo miró detenidamente y dijo con calma:

—Es una excelente pregunta, pero no es el momento mejor para responderla.

Los días pasaron y la vida en el aula siguió su curso. Sin embargo, el maestro, fiel a su costumbre de dar respuestas en el momento menos esperado, decidió que era hora de que su joven alumno entendiera algo más allá de los libros. Una tarde, en un rincón tranquilo junto al río, lejos del ruido del aula y de las paredes llenas de pizarrones, la verdadera lección comenzó.

Estaban sentados junto al río cuando el maestro, casi de manera casual, señaló un colador viejo que descansaba en el suelo. El objeto tenía una tristeza propia: oxidado, abollado, con un mango que parecía a punto de romperse.—Traéme agua con eso —dijo, con una sonrisa leve en los labios.

El joven se quedó en silencio. Quiso objetar, pero algo en la voz del maestro le dejó claro que no valía la pena discutir. Se levantó, tomó el colador y fue al río.

El primer intento fue un fracaso. El agua se escapó entre los agujeros apenas sacó el colador del agua. Lo intentó de nuevo, y otra vez. Cada vez corría más rápido hacia el maestro, como si la velocidad pudiera salvar lo inevitable, pero siempre llegaba con las manos vacías.

La frustración empezó a crecer. Cada intento era una derrota más. Por momentos, se preguntaba si el maestro estaba jugando con él. ¿Era esto una lección o simplemente un capricho de un hombre viejo? Finalmente, exhausto y con el pecho agitado, dejó caer el colador y se sentó.

—No se puede, maestro. Es inútil.

El viejo no dijo nada al principio. Sólo recogió el colador y lo levantó hacia la luz.

—Mirá.

El joven lo observó. Algo había cambiado. El óxido había desaparecido, las manchas que ennegrecían el metal ya no estaban. Ahora el colador brillaba, limpio, como si hubiera renacido.

—¿Ves? —dijo el maestro, acomodándose el sombrero con calma mientras observaba el brillo del colador—. Los libros son como el agua, y vos sos como este colador. Puede que no retengas cada palabra, pero igual te limpian por dentro. Con cada página que leés, aunque no lo notes, se lleva algo de la mugre que a veces se acumula: prejuicios, temores, ideas inútiles. Y en su lugar, te dejan algo más importante: espacio. Espacio para pensar mejor, para sentir más, para mirar el mundo con otros ojos.

Hizo una pausa y sostuvo el colador frente a la luz.

—Mirá cómo brilla ahora. Así es la mente cuando la dejamos atravesar por las ideas. Aunque no retengas todo, algo siempre queda. Una palabra que te hace reflexionar, una emoción que no sabías que podías sentir, un pensamiento que te empuja a cambiar. No se trata de almacenar todo, sino de dejarte transformar. De eso se trata la lectura. De eso se trata la vida.

El joven, sin decir una palabra, bajó la mirada al colador y al río que seguía fluyendo. Algo en el aire parecía más claro, como si el río mismo le estuviera contando una verdad que hasta entonces no había entendido.



 
 
 

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