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El Congreso que declaró la Independencia... sin militares


"¿Jura vuestra voluntad que estas Provincias sean una Nación libre e independiente?"


Cuando esas palabras resonaron en la sala del Congreso de Tucumán, el 9 de julio de 1816, ocurrió algo que hoy sorprende incluso a muchos estudiosos.


Ningún diputado con formación militar participó de aquella sesión histórica.

Resulta paradójico.


Las Provincias Unidas atravesaban el momento más crítico de la guerra iniciada en 1810. El destino de la revolución parecía depender de los ejércitos. Sin embargo, la decisión política más trascendente de nuestra historia fue adoptada por un cuerpo integrado casi exclusivamente por abogados, sacerdotes y frailes.


Los ausentes


La ausencia de los militares no respondió al azar.

José Ignacio Gorriti permanecía incorporado al Ejército del Norte.

Juan José Feliciano Fernández Campero defendía la frontera del Alto Perú.


José Moldes, enfrentado con el Directorio, nunca llegó a incorporarse a las deliberaciones.

Juan Martín de Pueyrredón había dejado su banca apenas dos meses antes para asumir como Director Supremo de las Provincias Unidas.


Los principales conductores de la guerra también estaban lejos de Tucumán.

San Martín organizaba en Mendoza el Ejército de los Andes.

Güemes contenía el avance realista en la frontera salteña.


Belgrano, debilitado por años de campaña y por una salud cada vez más frágil, permanecía en la ciudad. Tres días antes había pronunciado, en sesión secreta, un discurso decisivo para convencer a los diputados de que el tiempo de las dudas había terminado.


Quienes sostenían la revolución con las armas no ocuparon un asiento en aquella sala. Su lugar estaba en otro frente.


Un Congreso de juristas


De los treinta y tres diputados elegidos, dieciocho eran abogados.

Nueve pertenecían al clero secular.

Dos eran frailes.


Apenas cuatro poseían formación militar.

La composición del cuerpo revela que la prioridad no era dirigir operaciones militares, sino resolver un problema mucho más complejo: crear un Estado.


Había que dotar de legitimidad al nuevo gobierno, establecer una autoridad soberana y demostrar ante el mundo que las Provincias Unidas dejaban de reconocer cualquier vínculo político con la monarquía española.


El momento más difícil


Existe otra circunstancia que vuelve extraordinaria aquella decisión.

Nada indicaba que la revolución estuviera cerca del triunfo.

La derrota de Sipe Sipe había cerrado el camino del Alto Perú.

Los ejércitos realistas conservaban una considerable

.

Fernando VII había recuperado el trono español.

Las potencias europeas, reunidas tras el Congreso de Viena, impulsaban la restauración de las monarquías y observaban con creciente desconfianza las revoluciones americanas.


Cualquier cálculo prudente aconsejaba esperar.

Ellos hicieron exactamente lo contrario.


Comprendieron que la legitimidad política también era un instrumento de combate.

Sin una declaración formal, los ejércitos continuarían luchando en nombre de un rey al que afirmaban combatir.


Dos frentes, un mismo objetivo


La revolución se sostenía sobre dos esfuerzos inseparables.

En las fronteras, los soldados resistían para impedir el avance español.


En Tucumán, los representantes de las provincias trabajaban para convertir esa lucha en una Nación jurídicamente independiente.


Pocos días después llegarían otras decisiones igualmente trascendentes: la oficialización de la bandera propuesta por Manuel Belgrano, la reorganización del Poder Ejecutivo y la restitución del mando del Ejército del Norte a su creador.


Cada resolución fortalecía la guerra.

Cada victoria militar protegía esas resoluciones.

Ambas tareas se complementaban.


La verdadera fotografía de 1816


Cuando imaginamos el nacimiento de la Argentina solemos pensar en un combate.

Tal vez la imagen más representativa sea otra.


En una modesta sala de Tucumán, un grupo de abogados, sacerdotes y hombres públicos debatía el futuro de una Nación que todavía no sabía si lograría sobrevivir.


A cientos de kilómetros, soldados exhaustos vigilaban las fronteras y San Martín preparaba el ejército que cruzaría los Andes.


Unos defendían la libertad con las armas.

Los otros le daban existencia política mediante las leyes.

Aquella complementariedad explica por qué la Argentina pudo nacer.


La Independencia no fue solamente el resultado de las victorias militares ni exclusivamente de una declaración solemne. Fue la convergencia de dos voluntades: la de quienes arriesgaban la vida en los campos de batalla y la de quienes comprendieron que ninguna espada podía reemplazar la fuerza de una decisión política convertida en ley.



 
 
 

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