El médico que el país no ve en Santa Victoria Este
- Roberto Arnaiz
- hace 6 horas
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En los años que viví en el Chaco conocí al doctor Freming.
Director del hospital de Santa Victoria Este, Salta.
El único médico.
No uno de varios.
No parte de un equipo.
El único.
Más de treinta comunidades originarias dependían de él.
De su presencia.
De su decisión de estar.
Pero decir “el único” todavía no alcanza. Porque no era ausencia lo que había alrededor. Era una presencia que sostenía todo.
Treinta comunidades.
Eso significa caminos. Significa tiempo. Significa distancia. Y en el centro de todo, un solo médico que no fragmentaba su vocación: la vivía entera.
Atendía más de treinta, cuarenta personas por día. Una detrás de otra. Sin pausa.
Cada consulta era una responsabilidad completa. Cada decisión tenía peso propio.
Enfermedades que en las grandes ciudades parecen parte del pasado, allí forman parte de la vida cotidiana. Cuadros intensos de conjuntivitis, casos de Chagas, tuberculosis, sífilis… y tantas otras que el tiempo mezcla en la memoria, pero que en ese momento eran urgencias concretas, nombres propios, rostros.
También estaban los partos. La vida abriéndose paso en condiciones exigentes, con lo disponible, con decisión y presencia.
Y los niños.Niños con desnutrición severa, que exigían algo más que atención médica: exigían compromiso, seguimiento, humanidad.
Todo pasaba por él.
El hospital funcionaba con lo esencial. Los medicamentos alcanzaban en la medida justa. Una sola ambulancia marcaba el ritmo de lo posible. Y el hospital regional estaba a 200 kilómetros.
Doscientos.
Esa distancia no era un número. Era tiempo. Era organización. Era responsabilidad.
Y en ese contexto, un solo médico.
Años después, al leer la historia de Esteban Laureano Maradona, entendí que lo que había visto no era una excepción. Era una tradición. Silenciosa. Profunda. Argentina.
Un tren que se detiene. Una urgencia. Una vida que se salva. Y una decisión que abre un destino.
Maradona eligió quedarse. Eligió aprender. Eligió caminar. Eligió atender sin preguntar. Eligió construir. Eligió estar.
Y en ese estar, se volvió referencia. Se volvió comunidad. Se volvió parte.
Cuando uno cruza estas historias, entiende algo simple y definitivo: no se trata de episodios extraordinarios. Se trata de una forma de vivir la medicina.
En el norte, la medicina es vínculo. Es continuidad. Es presencia.
También vi médicos que llegaban por unos días, con voluntad de aportar, con ganas de sumar. Cada gesto tenía valor. Cada acción dejaba huella.
Pero el tiempo revela otra dimensión.
La del que se queda.
El que transforma su profesión en una forma de vida. El que no pasa: se integra.
Ahí la medicina adquiere otra densidad. Cada decisión tiene historia. Cada paciente tiene nombre. Cada jornada se inscribe en una trama humana que se reconoce.
Eso no se enseña. Se elige.
El doctor Freming no explicaba su compromiso. Lo vivía.
Y en esa coherencia diaria aparece lo esencial: estar donde hace falta, todos los días, con lo que hay, sosteniendo vida.
Ahí comprendí que hay profesiones que alcanzan su verdadera dimensión cuando se vuelven destino.
Y que, en el corazón del monte, lejos de todo lo accesorio, esa verdad se vuelve nítida.
Porque no se trata solo de curar. Se trata de acompañar. De sostener. De permanecer.
Como aquel médico que conocí en Salta. Como aquel otro que, por perder un tren, encontró el sentido de toda una vida.
Distintos caminos. Una misma elección.
Con el tiempo perdí contacto con él. Ojalá estas líneas lleguen a sus manos.
Jamás lo olvidé.
Lo llevo como recuerdo.
Como ejemplo de hombría de bien.
Y de amor a la patria.
Ahí, donde el mapa se diluye, algunos hombres siguen sosteniendo la patria con sus manos.




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