GUERRA MULTIDOMINIO: EL PELIGRO DE VERLO TODO Y COMPRENDER POCO
Un comandante observa una pantalla. Recibe imágenes de drones, sigue vehículos enemigos y consulta un mapa que se actualiza constantemente. Todo parece anunciar un ataque. Ordena desplazar sus fuerzas. Sin embargo, el golpe llega por otro lugar. Las imágenes eran auténticas; la interpretación, equivocada. El adversario había mostrado aquello que quería que viera.
La escena es imaginaria, pero plantea un problema decisivo: disponer de más información no garantiza comprender mejor. La tecnología permite observar y responder con una rapidez extraordinaria. También puede ayudarnos a equivocarnos más rápido y a transmitir ese error a toda una organización.
Este desafío atraviesa la guerra multidominio, una expresión que remite a la integración de capacidades en tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio. Lo importante es comprender sus relaciones: una acción sobre una red informática puede afectar comunicaciones, dificultar movimientos y alterar una operación sin destruir un solo vehículo.
La coordinación entre fuerzas tiene una larga historia. Las nuevas tecnologías amplían la velocidad y las posibilidades de esa integración. Pero cada conexión también genera dependencias. Un avión necesita combustible, mantenimiento e información; un dron requiere energía y orientación; un servicio satelital depende de instalaciones y equipos terrestres.
El ataque informático contra la red KA-SAT, el 24 de febrero de 2022, lo demuestra. Según informó Viasat, los atacantes ingresaron en una red terrestre de gestión y afectaron numerosos módems. Miles de usuarios en Ucrania y otros países europeos perdieron conectividad. La empresa no encontró evidencia de que el satélite hubiera sido comprometido.
El satélite seguía en órbita, pero parte de sus usuarios había quedado desconectada. La enseñanza es clara: para neutralizar una capacidad puede bastar con afectar alguno de los componentes que la hacen funcionar. Evaluar un sistema exige conocer tanto sus prestaciones como sus dependencias.
La inteligencia artificial agrega nuevas posibilidades. Puede procesar grandes cantidades de datos, identificar patrones y señalar elementos que pasarían inadvertidos. Sin embargo, reconocer un vehículo no equivale a comprender qué pretende hacer quien lo conduce. Una imagen precisa puede alimentar una conclusión equivocada.
También debemos distinguir conectividad, inteligencia artificial y autonomía. La primera permite compartir información; la segunda ayuda a analizarla; la tercera permite ejecutar ciertas tareas sin intervención humana en cada paso. Un sistema puede desplazarse autónomamente y necesitar una autorización humana para emplear un arma. La pregunta indispensable es: ¿autónomo para hacer qué?
Algo semejante ocurre con el control humano. Una persona puede observar una operación y disponer de tan pocos segundos que resulte imposible intervenir. También puede aceptar una recomendación sin comprender sus fundamentos. Estar frente a una pantalla no asegura, por sí solo, que exista una evaluación efectiva.
La responsabilidad comienza antes de activar el sistema. Exige conocer sus límites, establecer condiciones de empleo y prever cómo detenerlo. La rapidez debe acompañarse con criterio profesional, porque las consecuencias de una decisión no desaparecen cuando una máquina participa en ella.
Sun Tzu permite reconocer la continuidad de un problema antiguo: el adversario buscará engañarnos. No necesita inventar todos los datos. Puede realizar un movimiento verdadero para distraer, mostrar una posición secundaria u ocultar su esfuerzo principal entre numerosas señales. La autenticidad de una imagen no garantiza que comprendamos su significado.
Clausewitz ayuda a pensar otra dificultad: la fricción, esa acumulación de obstáculos que complica la ejecución de cualquier plan. Las órdenes se demoran, los equipos fallan, el cansancio pesa y el enemigo sorprende. La tecnología reduce algunas dificultades y crea otras. La incertidumbre cambia de lugar.
Por eso, la preparación requiere aprender a cuestionar nuestras certezas. Karl Popper ofrece una pregunta útil: ¿qué tendría que ocurrir para que reconociéramos que estamos equivocados? Trasladada al entrenamiento militar, obliga a diseñar ejercicios que permitan descubrir fallas y revisar procedimientos.
Una red que funciona con enlaces estables todavía debe demostrar qué puede hacer bajo interferencias o pérdidas de equipos. Un ejercicio exigente incorpora información contradictoria, interrupciones y respuestas inesperadas. Su valor reside en descubrir problemas mientras existe la oportunidad de corregirlos.
Thomas Kuhn invita a examinar cómo nuestras ideas previas condicionan lo que consideramos posible. Una organización puede incorporar drones y utilizarlos únicamente para mejorar tareas conocidas. Otra puede advertir que permiten distribuir capacidades de observación y modificar responsabilidades. La misma herramienta puede producir resultados diferentes según la manera de emplearla.
La innovación exige conocimientos, entrenamiento y capacidad de adaptación. También necesita una conducción dispuesta a escuchar objeciones fundamentadas. Un subordinado que advierte una vulnerabilidad aporta información valiosa. Si calla por temor a incomodar, la organización pierde una oportunidad de aprender.
Existe, además, una disputa por interpretar lo ocurrido. Un video muestra una explosión, pero puede omitir los intentos fallidos, el costo del ataque y sus consecuencias. Un mapa presenta flechas ordenadas mientras sobre el terreno persisten demoras, problemas logísticos y posiciones inciertas.
Las reflexiones de Lyotard y Baudrillard ayudan a examinar la autoridad de los relatos y el poder de las imágenes. Una versión convincente necesita pruebas. Una representación útil conserva límites. La cantidad de videos difundidos sobre un arma no demuestra, por sí sola, su influencia en el resultado de una guerra.
Para la Argentina, estas cuestiones deben convertirse en prioridades concretas. La extensión territorial y los espacios marítimos obligan a considerar distancias, abastecimiento y comunicaciones. Necesitamos personal preparado para continuar una misión con datos incompletos, un propósito claro y responsabilidades comprendidas.
También debemos sostener las capacidades adquiridas: repuestos, mantenimiento, actualizaciones, protección de datos y formación. La soberanía tecnológica incluye comprender esas dependencias y conservar capacidad de decisión. La cooperación entre Fuerzas Armadas, universidades, organismos científicos y empresas debe orientarse a resolver problemas concretos y comprobar resultados.
Aprender de los conflictos contemporáneos es indispensable. Cada enseñanza requiere estudiar las condiciones que la hicieron posible y las respuestas del adversario. Una experiencia valiosa puede perder utilidad si se convierte en una receta aplicada sin reflexión.
La superioridad militar también se construye en la manera de pensar. Estaremos mejor preparados cuando sepamos por qué confiamos en una información, qué podría demostrar nuestro error y cómo continuar si una herramienta falla. La tecnología amplía nuestras posibilidades; comprender y decidir sigue siendo una responsabilidad humana.
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