Hezbollah, o el cadáver que todavía fuma
- Roberto Arnaiz
- hace 17 horas
- 6 Min. de lectura
Hay palabras que los diarios dicen con guantes. “Humillado”, por ejemplo. Una palabra limpia, casi elegante, como si la derrota pudiera narrarse sin polvo en los pulmones ni sangre en los oídos. Pero Hezbollah —la milicia chií que durante cuatro décadas funcionó como brazo armado, partido político y mito religioso— no está simplemente humillada. Está herida, y las organizaciones heridas, como los animales grandes, no caen de inmediato: se arrastran, muerden, resisten.
En septiembre de 2024, bajo veintisiete metros de escombros en los suburbios del sur de Beirut, los rescatistas encontraron el cuerpo de Hassan Nasrallah. No importa demasiado si murió aplastado por el cemento o asfixiado en su búnker. El detalle técnico es irrelevante frente al símbolo: el hombre que durante décadas habló como si fuera la voz misma de la resistencia terminó reducido a un cadáver sin micrófono. Con él, Hezbollah perdió algo más que un líder: perdió la ilusión de autonomía.
El satélite y el centro
Para entender a Hezbollah no alcanza con mirar al Líbano. Hay que mirar hacia Teherán. Como se explica en Irán en llamas, el chiísmo político que estructura a la República Islámica no concibe el poder como algo estrictamente nacional. El mundo se divide entre centros y periferias, entre el núcleo sagrado de la revolución y sus extensiones. Hezbollah es eso: un satélite exterior, una órbita armada diseñada para proyectar la voluntad iraní más allá de sus fronteras sin exponer directamente al régimen.
La lógica chií que describe Irán en llamas no es improvisada ni meramente emocional. Es una teología del tiempo largo, del sacrificio diferido, de la paciencia estratégica. El martirio no es un final, sino una inversión. En ese esquema, Hezbollah fue durante años la inversión más rentable de Irán: disciplinado, armado hasta los dientes, profundamente ideologizado y dispuesto a pagar el precio humano de decisiones tomadas a miles de kilómetros.
Pero incluso los satélites más leales dependen de la energía que reciben del centro. Y el centro empezó a fallar.
Cuando el dinero deja de creer
Durante años, Hezbollah no fue solo una milicia: fue un Estado paralelo. Tenía hospitales, escuelas, bancos, sistemas de ayuda social y, por supuesto, un entramado criminal que financiaba todo lo anterior. Narcotráfico, contrabando, lavado de dinero. Venezuela funcionó como un nodo clave de ese circuito: petróleo ilegal, cocaína colombiana, capitales sin preguntas. Mientras el dinero fluía, la fe se sostenía.
Hoy ese circuito está cortado. Y cuando se corta el dinero, la ideología empieza a tartamudear. En el sur del Líbano, donde Hezbollah se jactaba de reconstruir más rápido que el propio Estado, los pueblos siguen en ruinas. Casas abiertas como bocas desdentadas. Familias esperando ayuda que no llega. Cheques que rebotan en instituciones financieras que antes eran sinónimo de solidez.
Irán sigue pagando salarios a los combatientes, pero ya no financia la reconstrucción ni el bienestar social. La prioridad del régimen es conservar la capacidad militar de Hezbollah como amenaza contra Israel, no la calidad de vida de los chiíes libaneses. Esa diferencia, pequeña en los despachos de Teherán, es enorme en los escombros de Tiro o Nabatieh.
El miedo cambia de dueño
Hubo un tiempo en que Hezbollah no se discutía. Se lo aceptaba o se lo temía. Hoy se lo debate en televisión. Mal, superficialmente, con panelistas mediocres, pero se lo debate. Y eso es grave. Porque cuando el miedo se vuelve conversación, pierde densidad.
El presidente libanés habló de las armas fuera del control del Estado como “una carga”. No dijo Hezbollah. No hacía falta. Hace una década, esa frase habría sido impensable. Hoy es apenas riesgosa. El tabú se evaporó.
Israel, mientras tanto, golpea con precisión quirúrgica. Ataques aéreos constantes. Comandantes asesinados uno por uno. Reuniones canceladas por temor a los drones. Líderes envejecidos, enfermos, escondidos. La imagen del guerrero invencible fue reemplazada por la del administrador paranoico.
Teherán toma el volante
Tras la muerte de Nasrallah, la autonomía de Hezbollah se redujo drásticamente. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica dejó de influir y empezó a ordenar. Estrategia, armas, escaladas: todo pasa por Teherán. Hezbollah ya no decide; ejecuta.
Esto tiene consecuencias profundas. Un movimiento que pierde autonomía deja de ser local. Se convierte en sucursal. Y las sucursales no generan lealtad: generan obediencia. Incluso entre los chiíes libaneses crece el resentimiento. No quieren guerras que no eligieron. No quieren morir por una causa que se formula en persa. Como dice un empresario del sur: “Los libaneses no están interesados en liberar Palestina. Que lo hagan los iraníes”.
El tiempo como arma
Aquí es donde el análisis occidental suele fallar de manera casi infantil. Se espera de Hezbollah una respuesta inmediata, una réplica proporcional, una derrota visible y mensurable. Se lo mide con el reloj de las democracias agotadas: ciclos electorales, encuestas, titulares de veinticuatro horas. Pero como se explica en Irán en llamas, la cosmovisión chií no concibe el tiempo como urgencia sino como reserva estratégica. El tiempo no es un enemigo que corre en contra: es un capital que se administra.
En la tradición chií, la paciencia (sabr) no es pasividad ni resignación. Es una virtud activa, una forma de disciplina. Esperar no significa detenerse, sino persistir sin exponerse, acumular sentido, permitir que el adversario se desgaste en su propia ansiedad. El martirio mismo responde a esta lógica: no importa cuándo llegue la victoria, importa que llegue cargada de significado histórico y religioso.
Esta visión está íntimamente ligada a la figura del Imam oculto, central en el chiísmo duodecimano. El líder legítimo no ha desaparecido: está ausente. Y esa ausencia no es derrota, sino promesa. El mundo vive en una espera activa, en una injusticia provisoria que será corregida en un tiempo que no pertenece a los hombres comunes. Gobernar, luchar y resistir bajo esta idea implica algo radical: no hay apuro. La verdad no necesita imponerse hoy.
Por eso Hezbollah no responde como se espera en Washington, en Bruselas o en Tel Aviv. No busca soluciones rápidas ni triunfos inmediatos. No mide el éxito en ciclos políticos ni en balances trimestrales. Mide en décadas. Puede perder hoy para ganar mañana. Puede retroceder ahora para reaparecer más adelante. En este esquema, la paciencia no es debilidad: es método, es fe aplicada a la estrategia.
Occidente interpreta el silencio como derrota. Hezbollah lo interpreta como incubación.
Volver a la sombra
Y sin embargo, Hezbollah no está acabado. Está mutando. Volviendo a los métodos que lo hicieron fuerte en los años ochenta: células pequeñas, descentralización, túneles, contrabando, guerra de guerrillas. Ha cedido territorio al sur del río Litani y permitió el despliegue del ejército libanés, pero se consolida en otros espacios. Recupera armas abandonadas en Siria. Reactiva rutas de contrabando. Revaloriza la red de túneles en el valle de la Bekaa.
Su fuerza política hoy reside en la ambigüedad. No se desarma, pero tampoco confronta abiertamente al Estado. No dispara, pero no entrega. Un choque frontal aceleraría su declive. Prefiere el desgaste, el tiempo, la espera. Como todo poder en decadencia, apuesta a que el mundo se canse antes que él.
Las armas como corazón
Un activista chií lo resumió con crudeza: “Las armas son el corazón de Hezbollah”. Sin armas, el movimiento pierde su razón de ser. Reducido a un partido político convencional, perdería la excepcionalidad que lo sostiene. Por eso no se desarmará mientras sobreviva el régimen iraní.
Irán en llamas lo deja claro: mientras la teocracia exista, sus satélites seguirán girando, aunque lo hagan con órbitas cada vez más inestables. Pero las convulsiones internas de Irán hacen que el futuro de Hezbollah sea, por primera vez en décadas, incierto.
El cadáver todavía fuma. Todavía se mueve. Todavía puede morder.
Pero ya no impone silencio ni compra futuro. Y, sin embargo, tampoco se precipita hacia su final. Hezbollah no corre porque no lo necesita. Su lógica no es la del desenlace inmediato, sino la de la espera organizada. Mientras el reloj occidental exige resultados, el chiísmo político acepta la demora como parte del orden del mundo.
Ahí reside la incomodidad que genera: no se deja cerrar, no ofrece una victoria clara ni una derrota definitiva. Vive en ese espacio intermedio donde el tiempo se estira y la historia parece suspendida.
Quizás por eso sigue siendo peligroso incluso debilitado. No porque sea invencible, sino porque sabe algo que sus enemigos suelen olvidar: que en ciertas guerras, las que se libran con fe y memoria, el que se apura pierde.
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