Irán no es Venezuela.
- Roberto Arnaiz
- hace 1 día
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Y no lo es por una razón más profunda que la geografía, la religión o la ideología. No lo es porque el poder no habita en el mismo lugar. En Venezuela, el poder vive en hombres, cargos, nombres propios y estructuras visibles. En Irán, el poder vive en el tiempo. Y esa diferencia altera por completo cualquier cálculo.
Occidente —sobre todo Estados Unidos— suele explicar el derrumbe de los regímenes como si fueran estatuas: se empuja con fuerza, se quiebra la base y la figura cae. Es una lógica mecánica, casi escolar. La misma que creyó que derrocar a Saddam ordenaría Irak, que pensó que Siria se desarmaba con protestas, que imaginó que Libia podía reconstruirse con bombardeos quirúrgicos. Es la lógica del impacto inmediato, del resultado rápido, del titular triunfal.
Venezuela parecía encajar, al menos en parte, en ese esquema. Un régimen sostenido por renta petrolera, alianzas frágiles, lealtades compradas y corrupción estructural. Cuando Donald Trump presionó, el sistema no colapsó, pero se deformó. Maduro quedó políticamente cercado, el poder real se replegó hacia el aparato militar y de inteligencia, se negoció en silencio con los mismos hombres que antes eran señalados como enemigos, y el país entró en una mutación lenta, administrada, controlada. No hubo revolución. Hubo reorganización del dominio.
Pero incluso así, el cambio de régimen no ocurrió.
Y ese dato debería haber quedado grabado como advertencia.
Cuando ahora el foco se desplaza hacia Irán, la pregunta vuelve casi de manera automática: ¿puede caer el régimen?, ¿es posible un cambio de poder?, ¿puede Estados Unidos repetir una transición similar a la venezolana?
La pregunta nace equivocada.
Irán no es un régimen personalista. No se sostiene en un hombre ni en un pequeño círculo fácilmente reemplazable. Es un sistema. Una arquitectura compleja que entrelaza religión, Estado, fuerzas armadas, identidad nacional, memoria histórica y disciplina institucional. No se mantiene por carisma. Se mantiene por diseño.
En Irán en llamas hay una idea que atraviesa todo el análisis: Irán no corre. Irán espera. No es una licencia literaria, sino una lógica estratégica. Mientras Occidente piensa en ciclos electorales, encuestas, plazos de gestión y resultados visibles, Irán piensa en décadas, en desgaste prolongado, en acumulación paciente.
Por eso las protestas no lo quiebran automáticamente. No porque el régimen sea invulnerable, sino porque está concebido para absorber crisis, no para evitarlas. Desde el Movimiento Verde de 2009 hasta las protestas que siguieron a la muerte de Mahsa Amini en 2022, Irán fue sacudido una y otra vez. Y cada vez respondió del mismo modo: represión, control y reordenamiento interno. Brutal, crudo, moralmente indefendible. Pero funcional.
Occidente suele leer esas escenas como prólogos del derrumbe. Irán las entiende como etapas de un conflicto prolongado.
En Venezuela, cuando el flujo económico se corta, el poder se resiente porque el régimen depende de recursos, de renta y de distribución. En Irán, cuando el flujo se corta, el sistema se cierra. Se endurece. Se militariza. Se repliega. No se disuelve.
Ahí está la diferencia estructural.
La comparación entre ambos países falla porque parte de una ilusión persistente: creer que todos los regímenes autoritarios funcionan igual, que todos pueden ser asfixiados con las mismas herramientas, que todos responden a la misma presión externa.
Pero hay Estados que viven del dinero, y Estados que viven del tiempo.
Irán pertenece a la segunda categoría.
Ni siquiera la eliminación de Qassem Suleimani produjo un colapso. Fue un golpe estratégico y simbólico de enorme impacto. Y, sin embargo, el sistema absorbió la pérdida, reordenó mandos, ajustó jerarquías y continuó funcionando. Las figuras importan, pero no constituyen el sistema. El sistema es más grande que los hombres que lo encarnan circunstancialmente.
Por eso la idea de un cambio de régimen en Irán resulta peligrosa. No tanto por imposible, sino por impredecible. No hay un “día después” claro. No existe una oposición cohesionada con capacidad real de gobierno. No hay una transición preparada. El riesgo no es solo derribar el poder existente, sino el vacío que podría abrirse.
En Venezuela, el poder efectivo quedó en manos de quienes ya controlaban las armas. En Irán, las armas no están separadas del Estado: son parte constitutiva de él. La Guardia Revolucionaria no es un actor paralelo; es una columna vertebral del sistema. El Basij no es una milicia marginal; es un engranaje central del control social.
Eliminar dirigentes no equivale a desmontar estructuras. Y desmontar estructuras requiere algo más que presión externa o superioridad militar.
Por eso Estados Unidos vacila. Amenaza, sanciona, presiona, calcula. No porque ignore las diferencias, sino porque las conoce. Porque sabe que intervenir en Irán no sería aplicar un libreto conocido, sino abrir un conflicto de duración incierta, costos elevados y resultados imposibles de controlar plenamente.
El debilitamiento del eje regional iraní —los golpes a Hezbollah, la presión sobre Hamas, la caída del régimen sirio, el desgaste de los hutíes— reduce su capacidad de proyección externa. Pero no destruye su núcleo interno. Confundir debilitamiento con derrumbe es otro error recurrente.
Irán puede perder piezas sin perder la partida.
Su relación con Rusia y China no es ideológica, sino instrumental. Esa lógica le otorga flexibilidad. Cuando fue atacado, Moscú y Pekín evitaron comprometerse. Teherán no se sorprendió: lo incorporó al cálculo. La política iraní no se apoya en la confianza, sino en la utilidad.
En América Latina, la pérdida de Venezuela como eje antiestadounidense reduce la proyección simbólica de Irán, pero no compromete su estabilidad interna. No depende de Caracas para existir. Venezuela, en cambio, sí dependía del mundo.
El problema de fondo no es la comprensión, sino el tiempo. Occidente necesita cierres rápidos, resultados visibles y costos políticamente administrables. Irán opera en escalas largas, acepta la espera y convierte la paciencia en una forma de poder.
Por eso no todos los incendios anuncian derrumbes. Algunos fuegos no destruyen las estructuras: las templan.
Irán no es Venezuela.
No porque Estados Unidos ignore la diferencia, sino porque la conoce lo suficiente como para saber que este es un juego que no se define en meses, sino en décadas, y cuyo precio —político, estratégico y humano— quizá no esté dispuesto a pagar.
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