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"Juanita, la Guardiana de los Recuerdos".

 

Algunas almas no tienen alas, pero aun así saben volar. No se van, solo aprenden a quedarse de otra manera. Están en una risa, en la brisa que roza el rostro, en una sombra que se mueve cuando nadie mira.

Yo tuve una perra Weimaraner. No, miento. Tuve un ángel de cuatro patas.

Se llamaba Juanita.

Nació en Santa Fe, en un pueblo llamado Rincón, y a los pocos días llegó a nuestra casa en Santo Tomé. Creció entre risas, carreras y tardes interminables en una casa con un gran jardín, justo frente a una plaza llena de vida.

Esa plaza no era solo un espacio verde. Era el corazón del barrio, el punto de encuentro de los chicos del vecindario. Y Juanita era parte de ellos.

Cuando los chicos corrían, ella corría. Cuando se escondían, ella los encontraba. Cuando reían, ella saltaba con ellos, como si entendiera el idioma de la infancia mejor que nadie. Nunca fue solo una perra. Fue la hermana de cuatro patas que siempre decía sí a cualquier juego.

Llegó la hora de partir, Córdoba era el nuevo sueño.

El eco de los últimos pasos sobre el suelo de madera. Las maletas en la puerta, listas para un nuevo capítulo. Los chicos en la ventanilla, con los ojos brillantes, atrapados entre la emoción del viaje y la nostalgia de lo que quedaba atrás.

Y en el asiento trasero, Juanita, con la cabeza apoyada en sus piernas, con esa calma sabia de quien sabe que el hogar no es un lugar, sino las personas que amas.

En Córdoba, me acompañaba a correr al amanecer, bajo ese cielo inmenso que solo tiene la provincia. Siempre alerta, siempre fiel, como si entendiera que no se trataba solo de ejercicio, sino de compartir la ruta, el tiempo, la vida.

Las cuchillas entrerrianas nos esperaban, un nuevo desafío. Una nueva aventura, nuevos colegios, nuevas ilusiones. Y ella, feliz, ya instalada en el auto entre los chicos, como si entendiera que cada viaje era otra historia por escribir.

Luego llegó el turno de Brasil.

Corría junto a mí por la orilla, brincando sobre la espuma, como si el océano le hablara. Y cuando no estaba corriendo, caminaba junto a mis hijos, vigilante, con la paciencia y la entrega de un guardián que nunca descansa.

Más tarde, Buenos Aires.

Cruzaba las plazas a mi lado, con la misma energía de siempre, un poco perdida entre tanto cemento, extrañando el pasto, pero tranquila porque estábamos juntos.

Cada verano, cuando la familia viajaba a la costa argentina, ella venía con nosotros. Apenas llegábamos a la playa, ya estaba saltando, corriendo entre la gente, jugando con los niños, metiendo la nariz en los castillos de arena como si buscara un tesoro. No necesitaba correa, no necesitaba órdenes. Sabía que pertenecía ahí, con nosotros.

No era solo mi compañera.

Era la niñera sin uniforme, la guardiana sin sueldo, la amiga sin condiciones de la familia.

Si había un juego, ella era la primera en unirse. Si un niño lloraba, ella se acercaba en silencio, con la cabeza ladeada, como preguntando qué podía hacer para aliviar la pena. Si una carcajada llenaba la casa, su ladrido la seguía, porque la felicidad, para ella, era un idioma que entendía perfectamente.

No necesitaba hablar para estar en cada historia. Solo necesitaba estar.

Si salías a caminar, te acompañaba. Si te quedabas mirando el mar, se echaba a tu lado. Si estabas triste, ella lo sabía. Se acercaba en silencio, se acurrucaba junto a ti y, sin pedir nada, sin exigir caricias, te regalaba su calor, su lealtad, su amor infinito.

Y de alguna manera, solo con eso, te hacía sentir mejor.

Hasta que un día, la vida hizo lo que la vida hace siempre. Nos la quitó.

Era viejita ya. Había corrido demasiado, amado demasiado, acompañado demasiado. Había cumplido su misión.

Uno cree que está preparado para esas cosas. Que entiende cómo funciona la naturaleza. Que sabe que los perros viven menos que los hombres. Pero cuando llega el momento, todo el conocimiento se hace polvo, y lo único que queda es el vacío de lo que ya no está.

La casa se sintió más grande sin ella. Demasiado grande.

A veces, cuando mis hijos están haciendo algo en la mesa, juro que veo una sombra gris acostada junto a sus pies. O cuando salgo a correr en Buenos Aires, en algún momento, giro la cabeza esperando verla ahí, con la lengua afuera y esa mirada llena de vida.

O en la playa, cuando veo un perro saltando entre las olas, quiero creer que es ella.

A veces, cuando mis hijos ríen, creo que la escucho ladrar en algún rincón.

A veces, cuando el viento sopla en la playa, quiero creer que es ella, corriendo entre las olas, libre y eterna.

Porque hay presencias que el tiempo no borra.

Se convierten en viento que acaricia la piel. En arena que se pega a los pies en la orilla. En una sombra que nos sigue sin ruido.

Porque Juanita nunca se fue.

Solo aprendió a quedarse de otra manera.



 
 
 

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