¿La bandera con Sol reemplazó a la bandera de Belgrano? Lo que dicen realmente las resoluciones del Congreso
- Roberto Arnaiz
- hace 23 horas
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La historia de la bandera argentina suele resumirse en tres momentos: Manuel Belgrano la creó en 1812, el Congreso de Tucumán la oficializó en 1816 y, dos años después, le agregó el Sol. Las fechas son correctas, pero esa explicación oculta un problema que aparece cuando se leen los documentos originales.
La resolución del 25 de febrero de 1818 no declaró que la bandera con Sol reemplazara a la enseña aprobada en 1816. Tampoco la llamó “bandera nacional mayor” ni afirmó que estuviera completando la disposición sancionada dos años antes. El texto mantuvo los colores blanco y azul para toda bandera nacional y estableció el Sol como distintivo particular de la bandera de guerra.
La identificación entre bandera de guerra, bandera nacional y bandera mayor se produjo posteriormente. Primero se desarrolló mediante reglamentaciones que reservaron la enseña con Sol al Estado y a las Fuerzas Armadas. Después, la historiografía ordenó retrospectivamente ese proceso e identificó la bandera de guerra de 1818 con la bandera nacional mayor anunciada en 1816.
Distinguir lo que dicen las fuentes, lo que puede inferirse de ellas y lo que agregaron las interpretaciones posteriores permite reconstruir una historia menos lineal, pero mucho más reveladora.
La bandera que Belgrano consideró necesaria
El 18 de febrero de 1812, el Primer Triunvirato reconoció oficialmente la escarapela blanca y azul celeste como distintivo de las Provincias Unidas. Nueve días más tarde, Manuel Belgrano comunicó al gobierno que había ordenado confeccionar una bandera con esos mismos colores:
“Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional”.
Los ejércitos revolucionarios no carecían materialmente de banderas, estandartes ni guiones. Conservaban enseñas militares heredadas de la tradición española. Lo que todavía no existía era un pabellón propio capaz de representar al nuevo poder nacido en 1810.
Belgrano comprendió que la revolución necesitaba diferenciarse simbólicamente del régimen contra el cual combatía. Por eso no creó una simple insignia para las baterías instaladas junto al Paraná: intentó cubrir un vacío político que las autoridades de Buenos Aires aún no estaban dispuestas a reconocer.
El gobierno rechazó su decisión porque temía que una bandera propia fuera interpretada como una declaración de independencia. Sin embargo, la orden que le exigía ocultarla no llegó antes de que partiera hacia el Norte. El 25 de mayo de 1812 hizo bendecir la enseña en Jujuy y volvió a presentarla ante sus tropas.
Cuando recibió la reprimenda, respondió el 18 de julio que había actuado convencido de que las Provincias debían contarse “como una de las naciones del globo”. Aseguró que guardaría la bandera y que la desharía para que no quedara memoria de ella.
El símbolo sobrevivió a la prohibición. El Ejército del Norte lo juró junto al río Pasaje el 13 de febrero de 1813 y siete días más tarde lo llevó a la batalla de Salta. Antes de obtener reconocimiento legal, la bandera de Belgrano ya se había convertido en la enseña de la revolución.
Julio de 1816: una bandera para la nueva Nación
La declaración de la Independencia del 9 de julio de 1816 transformó la situación. Las Provincias Unidas ya no podían continuar actuando bajo la ficción de gobernar en nombre de Fernando VII. Si se habían declarado una nación libre e independiente, necesitaban fijar oficialmente el símbolo que habría de representarlas.
La cuestión comenzó a tratarse formalmente en la sesión del 18 de julio. Juan José Paso, diputado por Buenos Aires y secretario del cuerpo, pidió “que se fijase, y se jurase la bandera nacional”. Esteban Gascón, también representante porteño, propuso que se ordenara “que no se usase otra, en los regimientos, buques, etc.”. La moción fue suficientemente apoyada, según informó El Redactor del Congreso Nacional.
Las palabras elegidas resultan importantes. Paso no pidió crear una bandera, sino fijar y jurar la que ya existía. Gascón tampoco presentó un diseño nuevo: buscó convertir su empleo en exclusivo y terminar con la coexistencia de otras enseñas.
En la documentación y en las reconstrucciones posteriores aparecen tres fechas vinculadas con el procedimiento: 18, 20 y 25 de julio. El 18 corresponde al debate registrado por El Redactor. El 20 quedó asociado a la aprobación inicial del proyecto y a la comunicación cursada al Director Supremo. El decreto definitivo aparece fechado el 25 de julio y fue aprobado por unanimidad.
Por lo tanto, el episodio no debe reducirse a una única jornada. El tratamiento comenzó el 18, avanzó durante los días siguientes y culminó formalmente el 25. El decreto, firmado por Francisco Narciso de Laprida como presidente y Juan José Paso como secretario, dispuso:
“Elevadas las Provincias Unidas en Sud América al rango de una nación, después de la declaración solemne de su independencia, será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca de que se ha usado hasta el presente, y se usará en lo sucesivo exclusivamente en los ejércitos, buques y fortalezas, en clase de bandera menor, ínterin, decretada al término de las presentes discusiones la forma de gobierno más conveniente al territorio, se fijen conforme a ella los jeroglíficos de la bandera nacional mayor”.
La expresión “de que se ha usado hasta el presente” demuestra que los diputados no consideraban que estuvieran creando una bandera. Reconocían una enseña anterior, conocida y empleada por los ejércitos revolucionarios.
Esa bandera no podía ser otra que la nacida de la iniciativa de Belgrano. El Congreso la convirtió en el “peculiar distintivo” de la nueva Nación y ordenó su uso exclusivo en ejércitos, buques y fortalezas.
¿Qué se entendía por bandera menor?
La resolución calificó a la enseña celeste y blanca como “bandera menor”, pero no explicó el significado preciso de esa denominación. La ausencia de una definición dio origen a distintas interpretaciones.
En el lenguaje vexilológico, político y ceremonial de la época, la expresión parece haber identificado una enseña constituida por los colores nacionales, pero desprovista de las armas o jeroglíficos que debían representar la forma definitiva del Estado. Su condición de “menor” no significaba necesariamente que tuviera menor dignidad nacional, sino que todavía carecía de aquellos emblemas institucionales.
No obstante, esta explicación no debe presentarse como una definición dejada por los diputados. El decreto no describió el diseño completo, no precisó la disposición de sus franjas ni explicó las diferencias de uso entre las categorías mencionadas. Solo declaró que la celeste y blanca utilizada hasta entonces sería el distintivo nacional mientras continuaran las discusiones sobre la forma de gobierno.
En consecuencia, la bandera menor de 1816 no fue provisoria en el sentido de carecer de carácter nacional. El Congreso la declaró expresamente distintivo de la Nación. Lo que permanecía pendiente era la fijación de los jeroglíficos de una futura bandera mayor.
La bandera nacional mayor que quedó pendiente
La bandera mayor no debía ser simplemente una versión más adornada. Sus jeroglíficos tendrían que expresar la soberanía, la autoridad y la organización política del nuevo Estado.
En julio de 1816, los diputados todavía discutían si las Provincias Unidas adoptarían una república, una monarquía constitucional o alguna fórmula vinculada con la restauración de la dinastía de los incas. Antes de definir los emblemas de una bandera mayor debían saber qué sistema representarían.
¿Debía llevar el escudo de las Provincias Unidas, las armas de un monarca, un emblema incaico o algún símbolo de la unión americana? La resolución no proporcionó una respuesta porque la organización definitiva todavía estaba en debate.
También puede plantearse la hipótesis de que la bandera menor representara a las Provincias Unidas en la etapa política existente, mientras la mayor quedaría reservada para una organización territorial futura. En 1816, las fronteras permanecían abiertas, continuaban las campañas continentales y la independencia era pensada dentro de un horizonte americano que excedía los límites de la Argentina posterior.
Esta posibilidad resulta coherente con el contexto, pero no está demostrada por una fuente concluyente. La documentación confirma que los jeroglíficos de la bandera mayor dependían de la forma de gobierno. No permite establecer con certeza qué alcance territorial o político imaginaron los diputados para ella.
El pedido de Juan Martín de Pueyrredón
La cuestión reapareció cuando el Congreso ya se había trasladado a Buenos Aires. El 9 de enero de 1818, el director supremo Juan Martín de Pueyrredón envió una nota para que se aclarara la diferencia entre las banderas nacionales.
La consulta respondía a una necesidad concreta. El gobierno debía distinguir las enseñas utilizadas por sus buques de guerra de aquellas empleadas por las embarcaciones mercantes y otros organismos. El hecho de que Pueyrredón se refiriera a “las banderas nacionales”, en plural, indica que el problema consistía en ordenar sus funciones, no necesariamente en reemplazar una por otra.
En la misma comunicación pidió que se diferenciara la banda del director supremo de las utilizadas por los generales en campaña y por los grandes oficiales de la Legión de Mérito de Chile, cuyo uso había sido autorizado el 9 de diciembre de 1817.
El origen del expediente resulta decisivo. La resolución de 1818 no nació de una propuesta expresamente destinada a completar la bandera nacional mayor prevista dos años antes. Surgió de una consulta del Poder Ejecutivo sobre dos problemas prácticos: la diferencia entre las banderas nacionales y las divisas correspondientes a las autoridades políticas y militares.
El dictamen de Luis José Chorroarín
El Congreso encomendó el estudio a Luis José Chorroarín, sacerdote, educador y diputado por Buenos Aires. Su dictamen fue presentado en la sesión del 25 de febrero de 1818.
El Redactor del Congreso Nacional registró su exposición:
“El señor Chorroarín, comisionado para abrir dictamen sobre las notas del P. E. en orden a la diferencia de las banderas nacionales, y a la divisa de los generales en campaña, expuso sobre lo primero que era de parecer que, sirviendo para toda bandera nacional los dos colores blanco y azul en el modo y forma hasta ahora acostumbrada, fuese distintivo peculiar de la bandera de guerra un Sol pintado en medio de ella”.
Después de algunas reflexiones, el proyecto fue aprobado.
Chorroarín propuso además que quienes estuvieran autorizados a llevar bandas continuaran utilizándolas de la manera acostumbrada. La correspondiente al director supremo debía diferenciarse claramente de las demás. Para lograrlo, conservaría los colores blanco y azul y llevaría un Sol bordado en oro, ubicado de manera visible sobre el pecho.
Los dos proyectos respondían a una misma lógica. El Sol funcionaba como elemento de distinción: en la bandera identificaba la condición militar de la enseña; en la banda señalaba la autoridad particular del director supremo.
¿Qué era una bandera de guerra?
La expresión “bandera de guerra” describía una función concreta. Era la enseña destinada a identificar a las fuerzas y medios militares del Estado, especialmente sus unidades, fortalezas y buques armados. No tenía por qué ser una bandera opuesta a la nacional, sino una variante provista de un emblema que permitiera reconocer su carácter militar.
En la tradición hispánica existían diferentes clases de pabellones. Los buques de guerra utilizaban una bandera reservada a la Armada, distinta de la mercante. En los ejércitos, la bandera coronela representaba la autoridad del rey dentro del regimiento, mientras las unidades subordinadas empleaban otras enseñas.
La bandera de guerra argentina puede compararse funcionalmente con esas insignias, pero no debe identificarse automáticamente con una bandera coronela. Esta pertenecía a un regimiento, mientras la aprobada en 1818 poseía un alcance más amplio y también podía distinguir buques y otras dependencias militares.
Chorroarín no propuso abandonar los colores adoptados en 1816. Por el contrario, comenzó afirmando que el blanco y el azul continuarían sirviendo “para toda bandera nacional”. Solo después incorporó el Sol como “distintivo peculiar” de la destinada a la guerra.
La resolución no la llamó “bandera nacional mayor”, no mencionó la bandera menor ni declaró cumplida la previsión establecida en 1816. Identificar ambas categorías exige una interpretación que no aparece expresamente en el documento.
Un Sol todavía sin diseño
La resolución de 1818 tampoco estableció cómo debía ser el Sol. Chorroarín se limitó a proponer “un Sol pintado en medio de ella”, sin precisar su color, dimensiones, rostro, cantidad de rayos ni características gráficas.
El mismo día se dispuso que la banda del director supremo llevara un Sol bordado en oro, pero esa indicación correspondía a la divisa presidencial y no definía necesariamente el diseño del emblema colocado sobre la bandera de guerra.
La identificación con el Sol de las monedas acuñadas en Potosí en 1813 y la fijación de sus treinta y dos rayos alternados fueron resultado de estudios y reglamentaciones posteriores, especialmente durante la década de 1940. La forma actual de la bandera, por lo tanto, no apareció completamente terminada en febrero de 1818.
De “bandera de guerra” a “bandera nacional de guerra”
La aproximación entre las distintas categorías comenzó a producirse mediante las reglamentaciones estatales del siglo XIX.
El 25 de abril de 1884, el presidente Julio Argentino Roca dictó un decreto que reservó la bandera con Sol para los edificios públicos de la Nación, las fortalezas, la Armada y el Ejército. Los particulares podían utilizar la enseña sin Sol durante las celebraciones patrióticas. La norma empleó la expresión “bandera nacional de guerra” para referirse a la reservada a los buques militares.
El 9 de agosto de 1895, durante la presidencia de José Evaristo Uriburu, otro decreto reglamentó la “bandera nacional de guerra” destinada a los cuerpos del Ejército de Línea y de la Guardia Nacional. Debía llevar un Sol de oro bordado en el paño central y las inscripciones correspondientes a cada unidad.
Estas normas no la denominaron todavía “bandera nacional mayor”. Sin embargo, unieron dos conceptos que en 1818 habían aparecido diferenciados. La bandera con Sol ya no era presentada solamente como una enseña de guerra, sino como la bandera nacional de guerra, reservada a las instituciones estatales y militares.
La intervención de la historiografía
Hacia fines del siglo XIX comenzó el estudio sistemático de los símbolos nacionales. José Manuel Eizaguirre publicó en 1900 La bandera argentina. Noticia sobre el origen de los colores nacionales y relación de los decretos y leyes sobre la bandera bicolor e insignias militares durante la época de la Independencia, 1810-1820. Su obra reunió documentos y reconstruyó la evolución de las enseñas, pero no formuló de manera inequívoca la equivalencia entre la bandera de guerra de 1818 y la bandera nacional mayor prevista en 1816.
El primer uso explícito localizado hasta ahora en esta investigación aparece en el proyecto impulsado en 1942 por Dardo Corvalán Mendilaharsu desde la Academia Nacional de la Historia. Su artículo primero utilizaba una fórmula reveladora:
“En la bandera mayor o de Guerra se reproduce en el centro de la faja blanca el sol de la moneda de ocho escudos y de ocho reales de 1813”.
El proyecto no fue sancionado como ley, pero influyó en la reglamentación de los símbolos patrios. En 1943, el gobierno nacional precisó las características de la Bandera Oficial de la Nación y del Sol. El proceso continuó con el Decreto 10.302 del 24 de abril de 1944, que reservó la bandera con Sol al Gobierno federal, las provincias y las gobernaciones, mientras los particulares debían utilizar los colores nacionales en forma de bandera sin Sol.
La equivalencia también penetró en las obras históricas. En 1956, Ricardo Levene hijo escribió en su Historia del Derecho Argentino que la “bandera nacional de guerra o Bandera Mayor” debía llevar el Sol para distinguirse de la “bandera mercante o Bandera Menor”.
Belisario Fernández profundizó esa interpretación en Guión de la Independencia, publicado en 1966. Al reproducir la resolución de 1818, la tituló “Bandera nacional mayor —o de guerra con Sol—”. La expresión no pertenecía al acta original, sino que fue incorporada por el autor.
La fórmula pasó luego a manuales, materiales escolares, artículos periodísticos y textos de divulgación. Con el tiempo comenzó a repetirse como si hubiera sido utilizada por los diputados en 1818.
La secuencia puede sintetizarse de esta manera:
· En 1818, Chorroarín y el Congreso hablaron de “bandera de guerra”.
· En 1884 y 1895, las reglamentaciones utilizaron “bandera nacional de guerra”.
· En 1942, el proyecto promovido por Corvalán Mendilaharsu empleó “bandera mayor
o de Guerra”.
· En 1956, Ricardo Levene hijo escribió “bandera nacional de guerra o Bandera Mayor”.
· En 1966, Belisario Fernández difundió la fórmula “bandera nacional mayor, o de
guerra con Sol”.
No puede asegurarse que estos sean los primeros usos absolutos de cada expresión sin revisar toda la producción impresa de los siglos XIX y XX. Sí puede sostenerse que constituyen los primeros testimonios normativos e historiográficos identificados hasta ahora en esta investigación.
La unificación de 1985
Durante buena parte de los siglos XIX y XX coexistieron dos versiones. La bandera con Sol quedó reservada al Estado y a las Fuerzas Armadas, mientras los particulares utilizaban la enseña sin ese emblema.
La Ley 23.208, sancionada el 25 de julio de 1985 y promulgada el 16 de agosto, reconoció a los particulares el derecho a utilizar la Bandera Oficial de la Nación. Desde entonces, la enseña celeste y blanca con el Sol dejó de estar reservada a las instituciones estatales y pudo ser empleada por todos los argentinos.
En cierto sentido, la bandera con Sol se convirtió plenamente en la bandera de todos recién en 1985. Lo que suele atribuirse directamente a la resolución de 1818 fue, en realidad, el resultado de una prolongada evolución normativa e historiográfica.
¿La bandera con Sol reemplazó a la de Belgrano?
Los documentos no permiten afirmar que la bandera con Sol reemplazara jurídicamente a la creada por Manuel Belgrano.
En 1816, el Congreso reconoció como distintivo nacional la enseña celeste y blanca utilizada hasta entonces. En 1818 confirmó esos colores para toda bandera nacional y estableció el Sol como signo particular de la bandera de guerra. No derogó la norma anterior, no eliminó la enseña sin Sol ni llamó “bandera nacional mayor” a la nueva variante.
La identificación entre bandera de guerra y bandera mayor surgió posteriormente. Primero se desarrolló mediante normas que reservaron la enseña con Sol a las fuerzas militares y a las instituciones del Estado. Después, los historiadores organizaron el proceso mediante una clasificación sencilla: bandera menor o mercante sin Sol; bandera mayor o de guerra con Sol.
Esa explicación permite comprender la evolución posterior, pero no debe proyectarse automáticamente sobre las palabras del Congreso. Las fuentes muestran que la bandera nacional, la menor, la futura mayor y la de guerra respondieron originalmente a problemas diferentes, aunque sus significados terminaran aproximándose.
La bandera con Sol no nació para reemplazar la enseña de Belgrano, sino para distinguir a las fuerzas y medios militares de la Nación. Con el tiempo, las normas reservaron esa versión al Estado y la historiografía la identificó con la bandera mayor anunciada en 1816.
La diferencia es decisiva: una cosa es lo que resolvió el Congreso y otra, la interpretación que construimos después. En el origen de todo el proceso permaneció la misma bandera blanca y celeste concebida por Manuel Belgrano, reconocida por la Nación en 1816 y transformada paulatinamente hasta adquirir la forma con la que hoy representa a todos los argentinos.
Fuentes principales
· El Redactor del Congreso Nacional, sesiones del 18 y 25 de julio de 1816.
· Decreto del Congreso de las Provincias Unidas sobre la bandera nacional, 25 de julio de 1816.
· Nota del director supremo Juan Martín de Pueyrredón, 9 de enero de 1818.
· El Redactor del Congreso Nacional, sesión del 25 de febrero de 1818.
· Decreto del Poder Ejecutivo Nacional, 25 de abril de 1884.
· Decreto sobre la Bandera Nacional de Guerra, 9 de agosto de 1895.
· Eizaguirre, José Manuel. La bandera argentina. Noticia sobre el origen de los colores nacionales y relación de los decretos y leyes sobre la bandera bicolor e insignias militares durante la época de la Independencia, 1810-1820. Buenos Aires, 1900.
· Corvalán Mendilaharsu, Dardo. Proyecto sobre los símbolos nacionales presentado por la Academia Nacional de la Historia, 1942.
· Decreto 10.302, 24 de abril de 1944.
· Levene, Ricardo (h.). Historia del Derecho Argentino. Buenos Aires, 1956.
· Fernández, Belisario. Guión de la Independencia. Buenos Aires: Ediciones La Obra, 1966.
· Ley 23.208, sancionada el 25 de julio de 1985.




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