La Fuerza Quds: cuando el poder responde desde las sombras
- Roberto Arnaiz
- 18 ene
- 3 Min. de lectura
Hay decisiones que no se toman para quedar bien. Se toman para marcar una frontera. La decisión de la Argentina de declarar terrorista a la Fuerza Quds no fue un gesto diplomático ni una jugada simbólica: fue una señal estratégica. Y como toda señal real en el mundo del poder, tuvo respuesta.
Desde Teherán no tardaron en hablar. El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní calificó la medida como “inaceptable desde el punto de vista del derecho internacional” y “peligrosa desde el punto de vista político”. Pero lo verdaderamente importante no fue el argumento jurídico, sino la advertencia final: habrá respuesta. No dijo cuándo. No dijo cómo. No hacía falta. La Fuerza Quds nunca anuncia. Ejecuta.
Porque Quds no es un ejército convencional al que se le declara la guerra. Es otra cosa. Es una forma de poder. Un instrumento diseñado para operar en la penumbra, donde la diplomacia se mezcla con la inteligencia, el financiamiento, la violencia indirecta y la construcción política. Es la guerra sin uniforme.
Creada dentro de la Guardia Revolucionaria Islámica tras la Revolución de 1979, la Fuerza Quds no nació para defender territorio nacional, sino para proyectar influencia más allá de las fronteras. Donde Irán no puede —o no quiere— actuar de manera abierta, aparece Quds. No invade países: los habita. No toma capitales: condiciona decisiones. No busca victorias rápidas: trabaja en plazos largos.
La decisión argentina de catalogarla como organización terrorista no se explica solo por su accionar en Medio Oriente. Tiene raíces locales, profundas y dolorosas. El Estado argentino responsabiliza a la Fuerza Quds por los atentados contra la Embajada de Israel en 1992 y contra la AMIA en 1994. Dos ataques que marcaron a fuego a la sociedad argentina. Dos causas sin justicia. Dos heridas que siguen abiertas.
Incorporar a la Fuerza Quds al Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento no es un trámite administrativo. Implica sanciones financieras, restricciones operativas y un mensaje claro: el sistema argentino no será un terreno neutral para la guerra encubierta. Para Irán, esto no es una cuestión técnica. Es un desafío político directo.
Por eso Teherán reaccionó con dureza. Desde su lógica, etiquetar como terrorista a una unidad de las fuerzas armadas oficiales de un Estado soberano es inadmisible. Pero el argumento legal encubre otra verdad: Quds no funciona como un ejército regular. Su lógica es la de la guerra indirecta, prolongada y asimétrica. La de las milicias aliadas, las redes locales, el financiamiento opaco y la negación plausible.
El comunicado argentino fue más lejos y puso nombre propio sobre la mesa. Ahmad Vahidi, excomandante de la Fuerza Quds, está acusado por el atentado a la AMIA y pesa sobre él una alerta roja de Interpol. Lejos de colaborar con la justicia, el régimen iraní lo ascendió. Ese gesto dice más que cualquier discurso: dentro del sistema iraní, la lealtad estratégica vale más que cualquier tribunal.
La Fuerza Quds no opera sola ni improvisa. Es el arquitecto de redes que permiten a Irán estar presente sin exponerse directamente. En Líbano, Siria, Irak, Yemen y otros escenarios, entrenó milicias, fortaleció actores locales, coordinó estrategias y construyó equilibrios favorables. No gobierna países, pero influye sobre su estabilidad. No ocupa territorios, pero condiciona futuros.
Su mayor fortaleza no es el armamento, sino la paciencia. Quds piensa en décadas, no en titulares. Espera errores del adversario, explota vacíos de poder y transforma conflictos locales en plataformas estratégicas. Es la expresión militar de una concepción profundamente iraní del tiempo: larga, densa, resistente.
La reacción internacional mostró que la Argentina no quedó sola. Estados Unidos respaldó la medida y recordó que ya había designado a la Fuerza Quds como organización terrorista. Israel celebró la decisión como un acto de memoria y coherencia frente al terrorismo. No es casual. Para ambos países, Quds no es una hipótesis académica: es experiencia directa.
El gobierno argentino decidió inscribir esta resolución dentro de una política más amplia: llamar terroristas a los terroristas, sin eufemismos. Hamás, redes criminales transnacionales, organizaciones que operan bajo la lógica de la violencia política. La Fuerza Quds entra en esa categoría no por ideología, sino por método.
Irán advierte que habrá respuesta. Y probablemente la haya. No en forma de comunicado ni de enfrentamiento abierto, sino en ese terreno gris donde Quds se mueve con comodidad: presiones indirectas, advertencias veladas, operaciones silenciosas. Así funciona su poder.
La resolución argentina no inaugura un conflicto. Lo expone. Hace visible una guerra que ya existía, pero que durante años muchos prefirieron no nombrar. Porque mientras el mundo discute discursos y protocolos, la guerra del siglo XXI se libra en otro lado: en redes, en finanzas, en sombras.
Y cuando alguien se atreve a encender la luz, desde la oscuridad siempre llega la misma promesa: habrá respuesta.






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